Son las ocho y media de la mañana y el sol ya golpea fuertemente sobre los tejados y las cabezas de los habitantes del corregimiento de Puerto Caldas.

Por: Nicolás Narval

La casa parece una palomera, un lugar donde se elevan los sueños. Está lejos de toda arquitectura moderna; más bien, la minúscula edificación le rinde tributo a nuestros antepasados quienes construían sus casas con guaduas. Apenas provista de algunos cartones y tres hojas de zinc, se resguarda de las lluvias que en invierno atemorizan a sus habitantes, quienes a veces quieren salir corriendo, huir de los vientos huracanados que amenazan con mandarlos al abismo.

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Puerto Caldas es una población donde la mayoría de sus habitantes son desplazados por la violencia.

La casa está dividida en una cocina y una pieza donde escasamente caben una cama y una mesita de noche (el baño queda afuera); lo suficiente para subsistir, para llevar la vida, o para que la vida se los lleve a ellos: a Don Omar de Jesús Montoya, su esposa doña Rosa María Cardona y a sus tres nietos: Angie Paola, Uriel Ricardo y Heidi Karime. Las cinco personas que habitan esta casita, este pedacito de tierra en el que intentan vivir dignamente.

¿Pedacito de tierra? Decir que viven en la tierra es algo irónico, absurdo. Esta familia, con los mismos derechos de todo colombiano, vive encima de un puente, de un puentecito que dejaron las ferroviarias que antiguamente transitaban por este olvidado y alienado lugar: Puerto Caldas, un corregimiento que también hace parte de “La querendona”, y al que algunos llaman el patio trasero de Pereira, el rinconcito al que solo visitan los políticos en tiempos de votaciones, en tiempos de predicar progreso y desarrollo para sus gentes; esa verborrea que durante décadas ha llenado de ilusiones a este Macondo.

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La casa está ubicada en el barrio El Progreso.

Doña Rosa acaba de alimentar a sus gallinas, a su perro “Mocho” y a su gata “Niña”, y termina por contarme todo el calvario por el que ha pasado su familia: “aquí llevamos siete años, desde que un derrumbe nos tumbó la casa donde vivíamos. El alcalde de ese entonces nos dio para que pagáramos tres meses de arriendo, dizque mientras nos reubicaban, pero los tres meses pasaron y nada. Entonces, mi marido no vio otra que ubicarnos en este lugar, en este puente; además, estas guaduas y cartoncitos que usted ve acá, son los restos que quedaron del derrumbe”.

Sus palabras guardan profunda desesperanza, como si nada ni nadie pudiera aliviarle de la desazón que la acongoja, como si la resignación hubiese eliminado de su espíritu las esperanzas. Pero cómo no, si son siete años los que llevan viviendo en estas condiciones: entre el olvido y el desamparo, la corrupción y la muerte que, según cuenta la gente y según muestran los altos índices de violencia en el transcurrir del presente año, ha hecho de este lugar su casa, su banquete. Asimismo, son siete años en los que la espera por la prometida reubicación empezó a ser una utopía; la misma que los alienta a vivir el día a día.

Don Omar cuenta que años atrás les llegó una carta de una oficina que no recuerda, donde les informaban que tenían que desalojar el terreno en el que se autoreubicaron, porque era una zona de alto riesgo y porque, simplemente, no era de ellos. El puente era del Estado, del mismo Gobierno que en siete años no les ha prestado atención ni brindado el auxilio que tanto necesitan.

Sin embargo, después de intermitentes peticiones por la reubicación, les llegó una carta de “Control físico”, pero esta vez no era para que desalojaran, sino que, por el contrario, les informaban que podían quedarse allí; mientras tanto; mientras el tiempo pasa y luego nada; mientras ni tun ni tan, es decir, ese caso hace parte del olvido.

Para finalizar nuestra conversación, y después de conocer de cerca sus dramas y tristezas, doña Rosa me expresa una frase que les escuchó decir a las personas en la última visita que tuvieron por parte de las entidades públicas; esas palabras terminaron por sepultar su sueño de volver a vivir en una casa de verdad. “Esa gente no nos estorba, dejémoslos ahí”. La frase terminó enfriándome por completo, haciendo que olvidara por un instante el insoportable calor del mediodía (el sol en esta zona, vecina de Cartago, Valle, es una cosa tremenda). Estas palabras, dolorosas y discriminantes para esta familia que vive un exilio en su propia tierra, es un claro ejemplo de la impunidad que padece el país. Un clarísimo ejemplo de la incertidumbre con la que ha caminado y con la que transita nuestra agazapada nación.