Esta podría ser la historia de un boxeador que nació entre Apartadó y Currulao. También podría ser la historia de un hombre que gracias a la ganadería o la agricultura pudo dar estudio a sus hijos y viajar por todo Colombia como un desconocido. Incluso pudo no ser una historia para contar.  Pero lo es: esta es la historia de un exguerrillero que cargó fusil y pistola durante 40 años.  

Mediante un sistema educativo del ahora partido político FARC, Curruco termina su educación primaria.

Por: Jhonwi Hurtado / Fotografías: Santiago Ramírez

Son las 11 de la mañana de un día de noviembre, es invierno en La Guajira, Colombia, pero no llueve. Por el contrario, un fuerte sol se posa sobre Pondores, zona transitoria de reintegración a la vida civil de los exguerrilleros de las Farc, ubicada en el corregimiento de Conejo, a 17 kilómetros de la zona urbana del municipio Fonseca, “la patria hermosa del Chema Gómez”, ese juglar vallenato que tanto recuerdan en la costa atlántica colombiana.  

En un campamento –que ahora se asemeja a un barrio de cualquier ciudad colombiana, con casas con nomenclatura, una tienda (en la que la cerveza vale 1.000 pesos), un salón para eventos o conferencias y hasta una cancha de fútbol– conviven más de 200 exguerrilleros y exguerrilleras que hasta hace poco más de un año cargaban fusiles y caminaban en el mayor silencio posible. No están solos: a un par de kilómetros antes de ingresar a la zona, personal del Ejército colombiano (el mismo que antes atacaban y los atacaba) les brinda seguridad.   

Entre los guerrilleros hay un hombre que fue parte activa del conflicto armado colombiano durante 40 años. Ahora la carpa en la que se resguardaba en las montañas colombianas le sirve de toldillo. En su maletín no lleva armería, lleva cuadernos en los que aprende sobre fraccionarios y reglas ortográfica porque está terminando la primaria mediante un sistema educativo de las Farc.    

“Camina lento, como perdonando el tiempo”, le cantaría Piero. Su cabeza es blanca, muy blanca, casi como las palomas que el gobierno colombiano ha lanzado al aire como símbolo de paz. La piel es negra, sus ojos también son negros. Siempre lleva una toalla en el hombro izquierdo, con ella se seca el sudor de la frente, quizá un recuerdo de su fallecido comandante Manuel Marulanda Vélez, mejor conocido como Tirofijo.  

 Su padre, Eusebio Zambrano; su madre, San Diego Palencia Rivas. Ellos le dieron el nombre de Plinio. La guerra lo llamó Argemiro Tamayo: pocos lo reconocen por estos nombres. Ni Argemiro ni Plinio se hace llamar, fueron sus amigos de infancia quienes lo perpetuaron como “Curruco”. Como ese pájaro veloz que tiene cabeza negra, aunque ahora él la tenga blanca.  

Los habitantes de las calles de Río Grande, un pueblo ubicado a mitad de camino entre Currulao y Apartadó, veían cómo un niño corría y jugaba a ser boxeador en el pueblo, años después, ese niño aparecería en la prensa, no como campeón, Plinio aparecería en los principales diarios del país con esposas en las manos y mirando al frente.

Caen 7 presuntos guerrilleros de los Frentes 35 y 37 de las Farc… los guerrilleros conformaban la comisión de alias Curruco, de la cuadrilla 35” anunciaba la prensa nacional el 4 de marzo del 2008. Después de 30 años de combate, Curruco era capturado. Seis años después, tras recibir un permiso temporal de salida, se escapa para regresar a la lucha armada.  

“Entonces yo pensaba, si me quedo aquí me matan. Es que ya llegaba el Ejército y me amarraban en la corraleja y yo ya tenía doscientas cabezas de ganado en esa época. Y me dejaban todo un día ahí amarrado, ni me soltaban para comer, y me decían “Guerrillero hijueputa”, explica mientras su mirada se pierde en la cancha de fútbol que se ubica a pocos metros. 

En el pueblo las fuerzas militares abusaban del poder, aunque el resto del Estado brillaba por su ausencia…

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“Pliniooooo, ¿ya estás peleando otra vez?”, gritaba la señora San Diego por allá en la década del 50 en las calles de Río Grande. Su hijo corría en círculo por un ring de boxeo improvisado y se reía al ver cómo la indumentaria le quedaba grande y al ver que, por mandar un golpe, se le salía el guante y volaba rumbo a la cara del oponente. Plinio solo corría en círculo, veloz como el Curruco. Se reía, jugaba, vivía. Mientras tanto, liberales y conservadores se enfrentaban en lo que sería el inicio de una guerra de más de 50 años. 

Siendo adolescente ganó un diploma departamental en Antioquia, el pugilista quería levantar las manos y sonreír en el cuadrilátero, pero sus padres le prohibieron seguir con esa carrera de golpes; no obstante, el destino es caprichoso, y en otro rin, uno de tierra y selva, uno sin juez, o como dicen por ahí, sin dios ni ley, Curruco pasaría años entre más golpes y más sangre, mucha sangre.  

Tuvo 11 hermanos: seis mujeres y cinco hombres, algunos asesinados años después por los paramilitares.   

—Con un amigo que le decíamos Pedro Brinco y con mis hermanos, armábamos fusiles de palo y jugábamos a que unos eran del ejército y otros éramos de la guerrilla, casualmente siempre ganábamos los que jugábamos a ser de la guerrilla, y yo les decía: ¡sí ven que la guerrilla es buena! Aunque para esa época solo decíamos lo que escuchábamos, porque no entendíamos mucho del tema”. Recuerda.  

Curruco cumplía 17 años de edad y en esos deseos de hacerse hombre, dice que “consiguió” mujer y se la llevó para la casa a vivir con él. Petronia sería el nombre de la madre de sus hijos. En una finca cultivaban cacao, plátano, sembraban arroz, maíz, yuca, ñame; también tenían una novilla que un tío le quiso regalar, pero él se empeñó en pagársela con dos días de trabajo, no le gustaba nada regalado. No podían quejarse de la situación económica, aunque sí podían hacerlo de la violencia que cubría de sangre el país.  

En el pueblo las fuerzas militares abusaban del poder, aunque el resto del Estado brillaba por su ausencia; amigos de Curruco aparecían muertos y nadie respondía por ello, al mismo tiempo se escuchaba de un tal Manuel Marulanda Vélez y de una guerrilla que se había formado.  Eso  despertó en él  curiosidad que lo llevó a entablar contacto con las Farc: empezó haciendo mandados, llevando encomiendas, pero pronto sus movimientos se hicieron notorios, por lo que el ejército en busca de encontrar algo, llegó a amarrarlo en su propia corraleja, mientras le apuntaban con fusiles y le gritaban, guerrillero hijueputa, hable. Él guardaba silencio. 

 Para el año 1978 Curruco no aguantó la situación y decide alzarse en armas, a pesar de que ya era padre de tres hijos pequeños. Por medio de los contactos con dos guerrilleros, Ramiro y Otoniel, a quien apodaban La Vaca, llega a actuar bajo las órdenes de los comandantes Isaías Trujillo y Efraín Guzmán, del frente 34 en el Urabá Antioqueño.   

—Recuerdo que el día que salí de la casa, salí temprano. Entonces me dijo el hijo mayorcito: ¿Papi, te vas? Yo le dije: sí mijo, me voy para la guerra, me voy a luchar por el pueblo. Ahí les dejo de qué vivir, ahí les queda para la educación a ustedes. Les dejo doscientas cabezas de ganado, con eso van a estudiar y se van a convertir en lo que ustedes quieran. Fueron las palabras de Curruco a Clodoaldo Zambrano, su hijo mayor. Ambos pensaban que no volverían a encontrarse. Pensaban. 

 La guerra no tiene rostro  

Hacia el año 1984 -mientras Pablo Escobar inundaba con atentados el país, asesinaba políticos, policías y civiles, y Belisario Betancur se la jugaba con “los acuerdos de la Uribe”- Curruco avanzaba en la organización y se hacía comandante al mando de una escuadra guerrillera. Llegaría a estar en la dirección del frente 35. Años de muertes de enemigos y camaradas. Años en que esa serenidad que aprendió del boxeo jugaba a su favor.  

—A mí lado vi morir un guerrillero. Un amigo. Estábamos peleando con el Ejército, tendidos en el suelo y él me dice: apóyame que voy a cubrir, cuando él se para y arrancó a correr, yo vi que “prumm” cayó y yo “paj, paj, paj”  disparaba, y veo que él no se mueve y corro y le veo ese sangrero y le veo ese hueco, y veo que ya se acercaba el “chulo” para venir a coger el fusil y matarme. Antes de eso lo cogí yo y “prammm” disparé una ráfaga, porque tocaba, sino me mataba y también se llevaba el fusil.   

La guerrilla de las FARC se hacía cada vez más grande y nacían las generaciones de colombianos que no tenían un pasado sin guerra. También nacían niños y niñas de guerrilleros que por reglas de la guerrilla, eran entregados a familias campesinas para que se hicieran cargo de la crianza. También la política se iba haciendo alrededor de una paz y un conflicto que se acrecentaba en la selva, que se escuchaba a punta de bombas y bala en las ciudades y del que algunos sacaban provecho. Algunos siguen sacando provecho.  

—En el año 90 yo estaba en el Bajo Cauca y cuando llegué a Urabá, me dicen: ahí está su hijo haciendo el entrenamiento militar, es que habían llevado un poco de muchachos que habían pedido el ingreso, llegué temprano, como a las 9 de la mañana y estaban trotando en un pantanero el verraco. Cuando llegó el instructor militar y le dijo: Fabián (ese era el nombre de guerra de mi hijo), haga el favor y salga de la formación. Y él preguntó por qué, entonces le repitieron más fuerte: ¡haga el favor y salga de la formación para que vaya y se le presente al camarada allá!”. Cuando me vio le dije: “Qué hubo, mano”. Y dijo: ¡Ay, mi papá!, y le pregunté: ¿y usted por qué se vino de la casa?, me dijo: terminé el bachillerato y me vine. -Pero esto es duro- le señalé, y respondió: yo creo que así como usted ha aguantado yo también puedo aguantar. Usted está sirviéndole al pueblo, yo también quiero servirle al pueblo. -Eso está lindo y bello- le dije. Cuenta  mientras sus ojos siguen de lejos a los policías que se encuentran a varios metros.  

Fabián no correría con la misma suerte de Curruco, tras terminar su entrenamiento militar, pasó a ser un radista, “un buen radista” asegura su padre, poco tiempo después ingresó a las Fuerzas Especiales de las Farc (conocidos también como Pisasuaves). Allí fue asesinado durante un combate con el ejército el 14 de noviembre del año 2000, 10 años después de su ingreso, en pleno auge del Plan Colombia.  

—Lo mataron en Sincelejo, Sucre, en combate. En enero de ese año yo había recibido tres tiros, casi me quedo sin sangre. De eso me quedó la osteoporosis. Pero ese noviembre yo ya estaba en combate nuevamente y fui a ver si lo podía rescatar y no pude. Eso fue una pelea brava, pero brava. Lo llevaron a una casa y escuchábamos cómo  lo torturaban, con un alicate le arrancaban las uñas,y él les decía: mátenme que soy hijo de un hombre. Y lo mataron. Pero no les dijo nada.  

Mientras recuerda la muerte de su hijo, se quita la gorra y pasa su mano derecha sobre sus canas; a su izquierda más de 20 exguerrilleros disputan un partido de fútbol en compañía de algunos estudiantes universitarios; a su derecha, otros exguerrilleros y exguerrilleras hacen aseo a los baños para los visitantes.

Pondores parece uno de esos pueblos narrados por Gabriel García Márquez, ahora todos esos hombres y mujeres que tenían casas ambulantes viven en espacios estáticos construidos por el gobierno. También se destacan nombres de guerrilleros conocidos como Joaquín Gómez  y Bertulfo Álvarez, quienes son los responsables del campamento. 

 Curruco no pierde su astucia, aunque lleva el hilo de la conversación, sabe quién está y quién falta en el campamento, sabe cuántos policías hay y a cuántos metros se encuentran; ahora saluda como un vecino más, ellos responden el saludo. De enemigos pasaron a cuidar la integridad de quienes antes combatían. Sobre el punto donde se encuentran los uniformados, amarrada de la parte alta de dos árboles, se encuentra una valla con los rostros de Manuel Marulanda Vélez, Alfonso Cano y Raúl Reyes.  

Pasa nuevamente la mano izquierda por sus cabellos blancos, tiene buena memoria, muy buena memoria. Acepta que no era un “santo”, pero también asevera que guerra era guerra y no podía dejar que lo mataran:  

—Cierto día yo estaba en Sucre, venía con tres compañeros y de frente nos encontramos varios policías, el primer man que me sale me dice: quieto. Yo miro a los de atrás y pienso: me disparan o no me disparan, me matan o los mato. Entonces levanté las manos, pero bajé la mano derecha y llevaba la pistola en la parte izquierda, la pasé para la otra mano y me dicen: la larga o se la hago largar. Antes que terminara de hablar yo ya estaba disparándoles. Le pegué tres tiros a uno de ellos y cuando corrí a cogerle el fusil, ya venían los otros y no lo alcancé a coger. Me volé por un barranco. Es que yo no era cualquier cosita. Pero era la guerra.   

Si nosotros nos unimos, pueblo con pueblo, porque es que ya somos pueblo: yo ya no tengo revólver, no tengo la carabina; ya hablamos es de pueblo a pueblo.

Los acuerdos de La Habana   

Curruco dice que sintió nostalgia al dejar su arma, hace énfasis que fue una dejación y no una entrega, pero que sí se sintió desprotegido pues ese artefacto era su vida. 

Hay una frase que dice ‘Un pueblo unido, jamás será vencido’. Si nosotros nos unimos, pueblo con pueblo, porque es que ya somos pueblo: yo ya no tengo revólver, no tengo la carabina; ya hablamos es de pueblo a pueblo. Y vamos es a pensar a sacar adelante esto, a hacer cumplir estos acuerdos que hicieron allá y que no podemos dejar en el papel, ahí sí podremos haber dicho que somos un nuevo país . 

Dicho eso, mira el reloj en su mano izquierda, sabe que debe estudiar para el siguiente día de clase, en su cuaderno se ven fraccionarios y figuras geométricas pintadas con colores, a pocos metros el partido de fútbol continúa, los dos equipos son una mezcla de exguerrilleros y civiles que han llegado a conocer el campamento.   

Media hora después, Curruco llega con un poema que quiso regalar a  algunos visitantes al campamento. “La mejor forma de adoctrinamiento, es mostrar por las vías del ejemplo, el camino del cumplimiento del saber…”, lo entrega y regresa a su casa. Afuera se sigue hablando de guerra y de paz.