Fidel Castro con José Pardo Llada cuando recién empezaba el nuevo gobierno castrista.

El avión sin hangar

Desde la esquina nororiental de la Avenida segunda norte con calle treinta y cuatro hasta el Cerro de las Tres cruces hay tres kilómetros de distancia en línea recta. La trompa de un avión ubicado en esa esquina hace cuarenta años mira directamente al cerro.

Fidel Castro con José Pardo Llada cuando recién empezaba el nuevo gobierno castrista. Marty Ledenhandler/AP

 

Por: Giussepe Ramírez

El 5 de marzo de 1978, a las cuatro y siete de la madrugada, una aeronave Douglas DC-6 con matrícula panameña HP-641 inició un viaje por tierra de apenas veinticinco kilómetros que se extendería por más de siete horas. Los baños, las sillas, los motores, la cola, la trompa y parte de las alas habían sido removidas previamente para facilitar su traslado. Antes, se realizaron tres simulacros en las noches para comprobar la resistencia de los elementos que la transportarían: la tensión de los cables, las grúas y los winches.

Esa madrugada del 5 de marzo, después de la orden de inicio del ingeniero Óscar Latorre, jefe de la operación, el traslado a través del terreno embarrado entre la zona de parqueo y la puerta adyacente a la zona de combustibles del aeropuerto Palmaseca tardó solo nueve minutos. Aún faltaba girar en la glorieta en sentido occidente, tomar la carretera a Yumbo, pasar por el río Fraile; tras sortearlo, pasar el Cauca, entrar a Cali y atravesar la glorieta de Sameco, enrumbar por la calle setenta hasta la Avenida segunda norte, donde debía girar a la derecha hasta alcanzar la calle treinta y cuatro: su última morada. Para el recorrido fue necesario talar cincuenta árboles, remover cuarenta postes de energía y treinta y dos transformadores. A bordo viajaban veinte hombres gordos que pesaban entre cien y ciento veinte kilos: diez a cada lado.

El Douglas DC-6 había realizado su último vuelo desde el aeropuerto de Tocumen, en Ciudad de Panamá, hasta un corregimiento del Valle ubicado en el corazón del triángulo conformado por Cali, Palmira y Yumbo: Palmaseca. Estuvo parqueado desde enero a la espera del último y difícil viaje que emprendería la madrugada del 5 de marzo. Durante los dos meses que transcurrieron entre su llegada y el arribo a su último destino, los ingenieros idearon y organizaron la complicada logística del traslado. El nueve de febrero fue presentado ante el Concejo Municipal; el 16, aprobado. Los demás obstáculos burocráticos postergaron por casi un mes su último y definitivo viaje por carretera.

El reportaje que realizó Alejandro Jaramillo B. para el Diario Occidente sobre la travesía desde Palmaseca hasta el parque iniciaba así: «Más que la voluntad de un hombre, pudo su inmenso espíritu cívico para poder movilizar treinta toneladas de peso durante 25 kilómetros de recorrido, venciendo obstáculos técnicos y materiales. Fue una labor de titanes trasladar un avión sin medios de locomoción propia y sin embargo la inmensa mole recorrió la tremenda distancia hasta llegar a su meta final, después de haber sobrevolado muchas millas cruzando el firmamento internacional».

El hombre de aquel inmenso espíritu cívico fue José Pardo Llada.

Para entender cómo un avión de fabricación norteamericana y matrícula panameña terminó sembrado en tres montículos de cemento en un parque de Cali —primero como sala de proyección de películas; después abandonado y saqueado—, es necesario hurgar en la vida del periodista cubano detrás de la quimera, interesarse por su relación con el poder y el trajín itinerante que realizó antes de establecerse definitivamente en Cali en 1962.

Una quijotada fue lo que logró Pardo Llada al trasladar un inmenso avión desde el aeropuerto Palmaseca hasta el norte de Cali. Foto El País.

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El 11 de octubre de 1944 los habitantes de La Habana vistieron, de manera inhabitual, sus abrigos refundidos en armarios: un frente frío avanzaba anunciando lo que ocurriría una semana después. El 18 de octubre los vientos superaron los 200 Km/h. Hubo vientos de huracán por cerca de catorce horas y más de trescientas víctimas mortales. José Pardo Llada transmitió por la estación de radio CMK, de manera ininterrumpida y por tres días, el paso del huracán y la posterior devastación. Sería el periodista con mayor audiencia de la isla. En 1950 alcanzó la mayor votación histórica para el congreso. Subió a Sierra Maestra en 1958, se unió a la causa revolucionaria y, tras la toma del poder, se convirtió en su portavoz. Pero en 1961, después de visitar junto al Che Guevara a la antigua Unión Soviética, pensó que ese no era el camino, que el modelo que sus jefes querían imponer fallaba en algo. El comunismo no sabía bien. El 18 de marzo viajó a México en calidad de periodista. Antes de su partida, acudió al Banco Nacional para retirar los viáticos: la exigua suma de dólares que le habían aprobado. En el edificio se encontró con el presidente de la institución, que firmaba los documentos oficiales con un mote: Che. El comandante Che Guevara, al momento de la despedida, le soltó un presentimiento.

—Pardito, tengo la impresión de que vas a levantar vuelo.

Y a Pardito le entró un frío de miedo que le congeló el bigote.

De todas formas, y como pudo, se acomodó las gafas y reunió el coraje. Partió. Se largó. Retornaría cuarenta y tres años después a su patria para hacerse un examen de los ojos.

México no era un lugar seguro para un tibio de la revolución y un anticomunista que, de alguna manera, se había unido a la causa y había ocupado puestos de prestigio en un régimen que se ha extendido por más de cinco décadas. Sabía que veinte años antes habían llegado hasta allí los tentáculos de una nación comunista para clavarle a un partidario arrepentido un piolet en la cabeza. Ahora, con el adiós perspicaz del comandante Che Guevara, dirigentes del partido oficial de Cuba lo esperaban a él para ser entrevistados. Brasil parecía ser su próximo destino para huir del régimen.

Los tiempos de Sierra Maestra, con los camaradas de la revolucion cubana, quedaron solo en fotografías para Pardo Llada (en el centro, con gafas oscuras). Foto Latinamerican Studies.

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Ahora estaba en México.

De esa tierra tan cercana a Fidel Castro y ligada a la revolución de su país —del puerto de Tuxpan había zarpado el Granma con la plana mayor del Partido Revolucionario Comunista—, pensaba dar el salto al Brasil, hasta que lo visitó un periodista del ABC de Sevilla con la inesperada sugerencia de irse para España a conocer la realidad del régimen franquista que él había criticado de manera vehemente. Y Pardo Llada, sin sospechar lo que pasaría un día de verano madrileño, le hizo caso a su colega. El origen español de su mujer lo impulsó a tomar la decisión.

Cuarenta y cinco días después de aterrizar en Madrid recibió una llamada. Un hombre que decía ser representante diplomático de Estados Unidos en España lo invitaba a intercambiar puntos de vista sobre el periodismo cubano, específicamente la línea leal a Fidel Castro y la que no lo era. En dos semanas hubo seis llamadas del mismo hombre, quien decía responder al nombre Mr. Williamson.

Mr. Williamson lo recibió en el despacho de la embajada, aunque el embajador todavía no firmaba credenciales. Las visitas transcurrieron en aparente normalidad, excepto por la ocasión en que tropezó en la puerta del despacho con dos comunistas españoles exiliados en Cuba, entre ellos el principal artífice de la política educativa de la isla.

Solo cuando estuvo en Cali, y tras haberse encontrado en el bar del hotel Alférez Real con el embajador español en Colombia, Pardo Llada conoció la verdadera identidad de Mr. Williamson.

La mañana de verano en que su mujer aterrizó en Barajas, Pardo Llada recibió una llamada urgente. Vicente Reguengo, comisario jefe de la Brigada Político Social española, le ordenaba presentarse cuanto antes en la Dirección Nacional de Seguridad. Mientras su mujer se instalaba en la casa de la Avenida del Generalísimo, Pardo Llada se dirigía con afán a la Puerta del Sol, donde estaba ubicado el despacho de Reguengo.

Al llegar, Reguengo lo retuvo por dos horas. Fue liberado con una orden clara.

Desestimó regresar a su casa. De la Puerta del Sol se dirigió a una enorme quinta de tres pisos en el barrio Puerta de hierro, casa 6 de la calle Navalmanzano, buscando respuestas. A los días volaría a París y de allí a Cali. Adentro de la quinta de la calle Navalmanzano lo esperaba el general Juan Domingo Perón, también exiliado. Pardo Llada le dijo al general que no entendía los motivos para que Reguengo lo pusiera en semejante contingencia.

—Se tiene que ir de España mañana mismo y no me pregunte por qué; no se lo puedo decir —le dijo Pardo Llada a Perón que le había soltado, horas antes, Reguengo en la oficina.

El general, con apoyo de otras personas, le indicó las razones: existían informes de inteligencia que lo relacionaban de manera muy cercana al presidente Jhon F. Kennedy. Y, sobre todo, sabría después que desde Washington se tramaba algo contra Franco.

Fidel Castro, el premier soviético Nikita Kruschev y Pardo Llada. Foto cortesía.

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—Y les voy a rogar con el mayor cariño a la junta directiva y a Felipe López que busquen un sustituto porque ya yo me cansé. Les agradezco mucho, pero me cansé —decía Pardo Llada con voz alta y el gesto de tijeras de las manos durante la emisión del Noticiero de las Siete del 19 de abril de 1986. Así renunciaba. Así se volvía a largar, esta vez de un noticiero colombiano, en vivo y en directo. Ocho años antes había cumplido la promesa delirante de traer un avión a Cali para que los niños pobres por fin jugaran con uno de verdad y vieran películas de vaqueros en el interior de la aeronave.

Desde 1974 tenía derechos políticos como colombiano por decreto de Alfonso López Michelsen. Dirigió un movimiento cívico que obtuvo varios escaños en el Congreso. Escribía una columna en el Diario Occidente y tenía un programa radial. Durante el gobierno de Belisario Betancourt fue embajador de Colombia en Noruega y República Dominicana. Aspiró a ser alcalde de Cali, pero tuvo que conformarse con la alcaldía cívica del río y un parque que lleva su nombre.

 

—Y tú, ¿qué haces aquí en Cali? — le preguntó el embajador de España en Colombia a Pardo Llada.

—El que debe saber la razón eres tú, porque de tu país me echaron.

Pardo Llada bebía algo para el calor en el bar del hotel Alférez Real. Las gotitas de lo que bebía se le pegaban al bigote mientras esperaba la réplica de un hombre al que hacía mucho no veía. Y a través de Sánchez Bella, el embajador, le llegó la respuesta que esperaba desde que salió de la oficina de Reguengo: Que había que elegir mejor las amistades; que cómo no lo iban a echar si andaba de muy amigo con Mr. Williamson, el jefe de la CIA en Europa que alistaba el golpe contra Franco por órdenes de Kennedy. Que, en fin, era un elemento peligroso, y que ese fue el motivo por el que debió huir de Madrid a París, y luego volver a atravesar el océano para terminar en Cali y conocer la verdadera identidad del misterioso Mr. Williamson.

 

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Pardo Llada planeó su obra populista un año antes de hacerla realidad. Para traer el Douglas DC-6 se comunicó con un ejecutivo de Inair Panama que le informó sobre la posibilidad de obsequiar un avión de la flota que ya les estorbaba, y con Omar Torrijos, presidente de Panamá, quien autorizó la operación y le prometió a Pardo Llada que aún volaba, al menos para llegar a Palmaseca. Omar Torrijos habría de morir después en un accidente aéreo.

Como una sirena varada, así luce este avión DC-6 aparcado en el norte de Cali desde hace cuatro décadas. Foto El País

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Son casi las seis de la mañana. Es domingo de ir a río. La caravana que acompaña al Douglas DC-6 a su última morada avanza por la Cali-Yumbo. Faltarían las cintas lilas y la música de entierro, niños cariacontecidos que por primera vez se acercan a la muerte o mujeres con pañuelos que transen unas lágrimas. Pero los que acompañan el cortejo son ingenieros, policías, conductores de grúas, agentes de tránsito y el servicio secreto. Adentro van veinte gordos. El sol sale por detrás de montañas muy lejos y deja ver los cañaduzales al lado de la vía. Ventea. Siempre ventea. El río Fraile corre suave; es chiquito. En ese punto la caravana detiene la marcha. El puente Guachal es muy estrecho para el paso de la máquina y no resistirá las toneladas. A cincuenta metros donde la quimera de Pardo Llada puede fracasar. A alguien se le ocurre pasarla por el aire, ponerla a volar bajito para superar la contingencia. Dos grúas, adelante y atrás, la elevan con cuidado. Amaga un accidente donde pueden morir veinte pasajeros. A alguien le baja una gota de sudor por la espalda. El Fraile pasa tranquilo por debajo del Guachal, pero si el cadáver de ese pájaro cae en sus aguas, no lo devolverá fácilmente. Alguien rezará o mirará al cielo y se persignará tres veces para conjurar la desgracia. El avión se inclina peligrosamente hacia la izquierda. El reflejo del ala en el Fraile se hace más grande y más negro. La ventanilla de emergencia se abre. Adentro respiran. Los gordos salen de a uno y empiezan a pararse en el ala derecha. Balancean el Douglas DC-6 y le devuelven el equilibrio. Salvan a Pardo Llada del ridículo. Superado el Guachal, se escuchan suspiros de “por-poquito-se-va-todo-al-carajo”.

La carretera es monótona, sin curvas. Ahora van sobre el puente Jorge Isaacs. Deben pasar por encima de un río bravo que es más grande que el Douglas DC-6 y lo tragaría ávido. Pero ya hay experiencia con el Fraile. Otra vez las grúas, los winches y los cables tensionados, la apertura de la ventanilla de emergencia y los gordos sobre una de las alas. Superan el Cauca. Ya no hay más puentes estrechos.

El cortejo continúa a 40 Km/h. Los ingenieros, policías, conductores de grúas, agentes de tránsito y el servicio secreto no han desayunado. Es necesaria una parada. El viaje es largo. Son las ocho y treinta. Se detienen. Pasan diez minutos de refrigerio: devoran trescientos sándwiches y quinientas coca-colas. Deben seguir para que no los coja mucho el sol en pleno valle.

El cadáver de la nave avanza por la Cali-Yumbo tirado por una grúa. Se empieza a ver el cerro… las tres cruces.

El cortejo gira hacia el oriente al llegar a la glorieta de Sameco. Continúa hasta un campo despoblado sobre la calle setenta con avenida segunda norte. Son las nueve y diez de la mañana. Lo más complicado ha sido superado. Hay personas con banderas blancas, gentes que nunca han visto un avión de ese tamaño y vitorean. El cadáver avanza entre gritos y aplausos. La inclinación del terreno en ese punto de la ruta ayuda a movilizar más rápido la nave. Restan veintiséis cuadras hasta la última morada.

El río Cali corre paralelo y más rápido que el avión. Los gallinazos observan desde el cielo una carroña que flota o está varada en la ribera. Un grupo de garzas beben, posadas sobre una piedra. La gente reunida a lado y lado retarda la maniobra. El cortejo supera la cincuenta y dos. Casi una hora después atraviesa la cuarenta y cuatro donde construyen un puente. Faltan diez cuadras, nada más. En el vivero municipal hay más gente, quizá sesenta mil. Alguno de esa masa tropical se pregunta por qué hay tanto bochinche por una máquina que dejará de hacer lo que hacía antes y para lo que fue construida; un niño ve por primera vez un avión de verdad y le parece un ovni. Las grúas lo elevan. Los gordos emergen otra vez del interior de la nave. La equilibran con cuidado.

Restan trescientos metros.

Son las once y cuarenta y cinco de la mañana. El Douglas DC-6 toca el suelo del parque. Hace un carreteo lento hasta la esquina de la avenida segunda norte con calle treinta y cuatro. La trompa chata y desarmada empieza a girar hasta apuntar directamente, tres kilómetros más allá, al cerro de las tres cruces. De ahí no volverá a moverse.

El cadáver está en su última morada, rodeado por gente curiosa. Un bombero toma su trompeta y, en un gesto cursi, ataca las notas el himno nacional. Algunos lo entonan con la mano derecha sobre el pecho. A otros les corren lágrimas de emoción.