(La poesía de Merardo Aristizábal, lo carnavalesco y lo telúrico en la bohemia pereirana)

 

Por / Omar García Ramírez

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La moneda lírica se lanzaba al aire…

La moneda giraba, caía sobre la otra cara…

La otra cara era solar… la vitalidad del día; tardes de caminatas al rio Otún; excursiones urbanas a los tanques de los acueductos en donde había un pequeño relicto de árboles de guayaba y mandarinos. A las canchas de basquetbol de Kennedy, Cuba o El Jardín. Las tertulias en el lago Uribe, donde dimos nuestra primera vuelta de sueños. Las dos cosas, si lo miramos bien, estaban equilibradas; lo lunar y lo solar.

Y a pesar de la violencia que cada día tendía a acentuarse casi sin que nadie se diera cuenta, nosotros caminamos la ciudad de Pereira; esa Urbana Geografía Fraterna era nuestro espacio en comunión, que mantenía el equilibrio entre los sueños de halconeros adolescentes y la realidad de nuestro país; salvados por esa luz dorada y cobriza. Ese aire azul que convocaba las bandadas de aves de las montañas, hoy ya perdido y contaminado.

Las jornadas de natación en las riberas del rio Otún; la caminata de iniciación, inmersos en brumas de frailejones verdes en las nieves del nevado (el rayo a un costado sobre el lago, fugaz metálico, venusino). Esa búsqueda de naturaleza total en el retiro. Nos mantuvo con energías suficientes para afrontar la noche. Tal vez, estábamos preparados para esas maratones, después de caminar bajo el sol horas enteras buscando donde refugiarnos del mundo, y encontrarnos con los misterios de Eleusis.

Soteria… salvación y Epopteia… contemplación, en las playas solares de nuestra adolescencia, después de beber el kikeon; la cebada en cornezuelo; lisérgica cerveza de la iniciación; honguisa mística del Lophopora williamssi diluida en la caña de panela; sagrada melaza Psilocibe de la exploración interior. La poesía, por lo tanto, tenía ese componente de soma vital, que nos permitía un derrotero de sueños en medio de la incertidumbre.

Luego, algunos, decidían tomar las autopistas de velocidad con temeraria actitud, salirse de los mapas en solitario, encontrar las vías de escape a la locura. Era la norma, nada fuera de lo común; hoy no aconsejaría ese modus vivendi a los nuevos poetas adscritos al ministerio de cultura. Los que hacen la abominable carrera del funcionariado; los adscritos a los gabinetes municipales.

Ya que, si en el día solar, la mística del poeta en preparación es forja de guerrero para la existencia; en la noche, es entrar en el territorio de la incertidumbre. El horror y la insania pueden aparecer en cualquier momento detrás de esas mascaradas lunares. No era una pose para salir en una fotito y repartirla en los medios; el cuadro era: un poeta inclinado sobre su copa iluminada de ajenjo, con una mujer de ojeras azules y mejillas empolvadas de luna, esperando en un bar olvidado del mundo.

La banda sonora de nuestra juventud, la salsa de Héctor Lavoe bajo el humo ácido de los bailongos de arrabal. Stairway to Heaven de los Led Zeeeppelin y The Dark Side Of The Moon de  Pink Floyd en los botellones psiconautas del lago Uribe; los tambores afro caribes de Santana en las cabañas del nevado; el musical barroco, esotérico y extático de  In A Gadda Da Vida de los Butterfly en el taller de un Darío Rodas (ilustre maestro de la acracia ya fallecido) en compañía de César Ramírez “Mateo”, el místico trotamundos más sincero y grande que haya conocido en vida (a quien muchos años después lo reencontré en la salida Atocha en el metro de Madrid; pero esa es otra historia).

Merardo, lo recuerdo bien, era el que creaba el puenting de aquellas veladas; flashmobs que se daban a razón de dos y tres por semana. Gestor cultural sin que se hubiese aun inventado el término, creador de crowfoundings, antes de que ese anglicismo entrara en el diccionario del yuppie contemporáneo. El performance de clara filiación alcohólica era hasta que el cuerpo aguantaba y terminaba cuando los caballos de las hordas orientales habían galopado hasta reventar, dejando las praderas secas en las fronteras del amanecer.

Teníamos cuerpo y aguante, y a esa ceremonia tenías que entrar preparado para caminar; como en la obra de Ferdinand de Celine, hasta el fin de las noches. No sé si era escapismo; no puedo discernir si era locura; solo sé que quienes vivimos esas Seasons en l’enfer, lo hicimos como quienes pagan una cuota alta de libertad, arriesgando en la experimentación, con elementales vegetales en las fronteras de la poesía. Una incursión en los cotos salvajes de los paraísos artificiales. Algunos logramos salir un poco tocados, con las heridas apenas restañadas; otros pagaron con su salud y hasta su vida.

Esa poesía de existencia o de experiencia, como la denominarían algunos críticos y poetas españoles como García Montero (denostada por unos, valorada por otros); de alguna manera esbozó ideas literarias que años más tarde fueron material de fragua para poemas, cuentos y novelas. También fuimos sensibles a las experiencias surrealistas e informalistas; a los planteamientos futuristas de la acción literaria; los nadaistas colombianos y los anarquistas catalanes. Todo eso, de alguna manera, se expresó aquí, en nuestro Cabaret Voltaire pereirano.

En el caso de Merardoera esa experiencia matizada en la paleta impresionista de un pintor de la Rive gauche y macerada con especias fuertes; la que creaba el paisaje y agregaba sal gruesa para el banquete proletario. La boutade elevada a la condición de arte; lo burlesco trasformado en broma de infinita claridad. Puesta en escena del teatro de la crueldad artaudiano. Meditación existencial de impacto lírico; monólogo en las fronteras de un mundo en donde el poeta es un paria, un apestado, un hombre molesto para la sociedad.

Una sociedad que eleva a la categoría de embajadores culturales a regueatoneros de medio pelo y se les publicita ad nauseam, mientras escritores de probado talento caminan bajo la sombra de la muerte con un clavel sangrante en las gastadas solapas de sus sacos negros. Una sociedad que eleva a la cumbre de su santoral a un mutante goyesco para afirmar la violencia genética diluida en su sangre como Treponema pallidum, mientras mueren de hambre y frío genios en la oscuridad, sin que nadie se entere de sus obras, como en la canción de Duncan Dhu. Un país en donde se mata a guardabosques y líderes campesinos, y se lanzan las dragas de la minería para acabar con los páramos en donde los recursos del agua de las futuras generaciones son esquilmados. Un país en donde se mata al jaguar, la bestia mítica y sagrada para extender la ganadería de la muerte.

Merardo está lejos de las maneras del artista funcionario, que teje redes de amistades operacionales para los dividendos; aquellos, estructuran su accionar bajo el mandato del político mediocre al servicio de una estética del poder; círculos cubiertos de velada hipocresía en donde se veta al talento inconforme, al extraño rebelde, al iconoclasta de raza. Burócratas y “curadores” de carrera, que se han preparado con esmero para conformar su camarilla con la que acceden sin barreras a las arcas del estado, mientras entonan el mantra naranja azafrán de la cultura.

Viene de otra escuela, de otra academia, en donde se marchaba por la libre y cada uno iba a su aire. Otro tiempo en donde los artistas tenían que agenciarse su laburo; la creatividad era obligatoria para quienes rompían lazos con la normatividad social. El código era abierto y los fronterizos eran bien venidos; se les trataba con aprecio fraterno, y a los poetas cachorros les ofrecía una buena mesa, la palabra y una copa de vino. A los mayores, se les respetaba, pero no se les temía; se les daba su espacio y se aprendía de ellos.

Merardo ha sido, a su manera, un poeta partisano que marcha en una delgada línea de confrontación literaria y poética. Fotografía / Cortesía

No levantamos un altar para el sacrificio, ni cruzamos la montaña subrepticiamente empuñando el hacha para derrocar al rey del bosque, ese que meditaba senil bajo la rama dorada. Lo dejamos solo en su reino para que la vida lo pusiera en su sitial. Eso sí, el acartonado cubierto de medallas oficiales y protector del Ancien régimen, recibía toda la carga de nuestras ballestas. Teníamos modales; exquisitos modales; pero, llegada la ocasión y en justa causa, podíamos desatar una tormenta.

Merardo ha sido, a su manera, un poeta partisano que marcha en una delgada línea de confrontación literaria y poética. Su figura de fauno asilvestrado; grifo goliardo escapado de una piedra de Notre Dame, sátiro burlesco que va en contravía de la Political Correctness. Siempre ha mantenido la posición; y si alguna vez ha sido convocado,; si alguna vez ha sido sacado de su barricada poética, es porque de no hubo forma de anularlo.

La generación de la que hablo, tiene algo del alma punk; nuestro manifiesto está adscrito a cierta sangre de bronca urbana, herencia de los Sex Pistols y más tarde el aire grunge de un Nirvana. Nosotros bailamos el Blitzkrieg Bop de Los Ramones, con las chaquetas negras, los pitillos azules y las zapatillas de lona. La censura velada de la academia opera con sutileza, pero casi siempre se queda corta, cuando da con huesos duros de roer. Cuando no pueden matar a la bestia, tratarán de confundirla; por último, tratarán de domesticarla.

Más cercano a la emboscadura del lobo estepario hesseano, Merardo toma un camino alternativo que rodea la periferia de la ciudad sitiada, evita las trampas, pero no huye de la peste.  Medardo es el poeta-actor que hace estallar su verbo de francotirador en medio de la noche; a veces sana en catártica performance con su risa; cuando no, escupe sal sobre la herida. Su estilo breve, sentencioso. El poema adquiere la forma estética de  un haikú de vuelo libre, que pareciera ser expresado por uno de los  desclasados samuráis de Kurosawa.

Sus versos no siempre cierran, no encabalgan, se rompe el ritmo muchas veces, no danzan en la línea de cadencia las palabras. No le apuesta al preciosismo de joya gastada ni ofrece sus verso para que los pulimenten los poetas consagrados. No le jala al chaqueteo. Va con su diamante en bruto de luz fría, golpeando las frases; cuervo negro que picotea en la puerta bajo la ventisca.

Casi siempre, sus poemas dejan una pregunta en el aire, el eco de otra voz, el ruido de una ventana que se cierra mientras arrecia la tormenta. “Un simbolismo que invoca la idea de un boletín viajando por el mar de la existencia, y al mismo tiempo de fe en el universo que es donde habita el bálsamo poderoso de la poesía” como lo entiende el escritor e historiador Julián Chica Cardona, en el prólogo de su Botella al mar.

 

SODADE

Para que no entres en mi casa

He llenado mi jardín de quiebrapatas

Y sembré de estacas el camino,

Los techos de francotiradores,

dispuestos a reventarte el corazón

y la sangre.

Para que no entres en mi casa

Me he convertido en un chacal asesino.

Para que salgas de mi corazón

¿Qué arma utilizo?

 

Viajero, inquieto de una tribu de poetas y actores que con su vida nos proporciona risas, pero que también aporta un poco dolor y peligro. Mantengo distancia frente a sus gustos heterodoxos en materia de carne trémula; pero reconozco una cercanía de intención con su poesía de teatro pánico. Ya que la poesía en países como Colombia no está para enternecer damas piadosas o para cantar lullabys a los bebés de Rosemary, que en pocos años serán adoctrinados por la propaganda de RCN y Caracol. La poesía en Colombia debe cuestionar y si no al menos provocar una erupción en las nervaduras del alma.

Participó activamente en la fundación de La editorial “Griffos de nneonn”, en conjunto con Alex Rendón y Didier Arenas. Fotografía / Cortesía

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Pero no se equivoquen señores y señoras…

A esas alturas es necesario una aclaración: no todo era bohemia y brumas etílicas.

Se trabajaba y se creaba.

Merardo participó como actor secundario, y más tarde como actor principal, en obras montadas por media docena de grupos regionales y nacionales. Desde Shakespeare a Ionesco, desde clásicos del teatro español hasta performances surrealistas, presentados en salones nacionales de arte. Grupos de teatro como el de Antonieta Mércuri, Blanco y Negro, Nueva Escena, contaron con su participación de actor de talento. Luego, pasados los años, con su trabajo viajó a escenarios de  Alemania y recorrió mundo.

Participó activamente en la fundación de La editorial “Griffos de nneonn”, en conjunto con Alex Rendón y Didier Arenas; la revista “Arte siete” con Alejandro Taborda (editorial de arte independiente, con la que se hicieron tirajes limitados de bella factura). Mi novela gráfica poética, La dama de los cabellos ardientes (una de las primeras de su tipo en Colombia, según algunos investigadores) fue publicada artesanalmente con este colectivo; Más tarde, publicada por Germán Ossa, en estado de gracia, al frente de un fondo cultural ya desaparecido.

Hicimos las primeras exposiciones eróticas de formato mínimo, en la caseta cultural  del lago Uribe, e inauguramos la galería de la taberna “Vara de caña” en donde se colgó la primera muestra de las “Teratologías Urbanas”, patrocinada en su totalidad, por el recién llegado de la legión extranjera: Jaime Roxas; poeta-empresario, que venía de hacer sus reales en Centro América y estaba decidido invertirlos en bohemia y musas de renombre; lo demás, como él mismo lo dice años después: fue dilapidado. Y por supuesto, los memorables festivales de poesía regional, orientados por Jairo Henao que lograron la asistencia de centenares de personas, en teatros como el Santiago Londoño, el teatro de la universidad libre, la Universidad del Área Andina, la universidad Católica de Pereira y el teatro Confamiliar.

En alguna oportunidad, Medardo, experto en conseguir patrocinios de quienes tenían en buena consideración la embriaguez de los poetas, pues la consideraban un acto sagrado de estirpe báquica, se agenció un par de docenas de cajas de wiski Old Parr, de tal manera que irrigamos nuestro sistema hepático con los caldos escoceses. Cuando se terminó aquella dotación, que parecía sacada de las bodegas de un Capone en la época de la prohibición, fuimos a su atelier mansarda que por aquel entonces compartía con Rendón (pintor de gran talento, hoy viviendo en Alemania).

Me mostró, para mi asombro, una nueva serie de cajas que acababa de conseguir y que tenía reservadas para las jornadas que se avecinaban. Así que en los recitales de aquellos días organizados en tabernas innombrables, la comunidad de los poetas sedientos, que bebían como cosacos sin resaca, tenían sobre sus mesas hermosas botellas ambarinas.

Hoy día, a los escritores en estas provincias cafeteras, ni agua de beber se les da; y eso, en mi opinión; constituye una falta de etiqueta y sobre todo una muestra más de la porca miseria y tacañería de quienes se ocupan de gerenciar juegos florales, festivales líricos, conferencias de tres al cuatro y otros eventos literarios al uso.

Lo cierto es que, como teníamos más cajas del preciado licor, que aparecían como por arte de magia, ya que nuestro benefactor (un importador que tenía relaciones comerciales con más de 12 países) recibía pinturas originales de los artistas de mi generación en forma de pago. Y como éramos alcohólicos sociales, mas no dipsómanos irredentos, estábamos en una bohemia cuyos rubros son de amplio espectro, y también comíamos, buscamos a quien vendérselas.

Por aquellos días, abrió una discoteca un nouveau entrepreneur en un centro comercial muy prestigioso de la ciudad. Le vendimos aquella dotación británica del viejo Parr; también al bucanero de Buchanans, con sus perritos, el blanco y el negro. Y de paso la idea de hacer una inauguración fuera de lo común que decidimos bautizar: “Los poetas bailan salsa”. El emprendedor (hombre que frisaba los cincuenta por aquel entonces) y quien en su prima juventud había sido amigo personal de Héctor Lavoe; me dijo en esos días que había estado dudando entre fundar una revista o montar un café galería, pero terminó creando una discoteca, por una sencilla razón: la mujer que le inspiraba y alegraba la vida era danzarina del Trópico de Alquimia. En aquellos días, los Gatsbys circulaban y crecían dentro del espectro urbano, y sus Daysis del Tropicana, recibían merecidas atenciones y eran complacidas en todos sus caprichos.

Mantengo distancia frente a sus gustos heterodoxos en materia de carne trémula; pero reconozco una cercanía de intención con su poesía de teatro pánico. Fotografía / Cortesía.

Toda la cofradía bohemia, que por aquellos días ya sumaba a Hugo Montoya, se preparó para la rumba. Días previos a ese bailongo, Montoya había pergeñado su famosísimo “Clasificado” que comenzaba con la frase: Se necesita musa con urgencia… Poema que había publicado en un diario de circulación regional y había logrado el feedback de cien respuestas. Después de una difícil deliberación en solitario retiro, y que duró 15 minutos y medio, según él, había escogido a su pantera de Sumatra: una mulata barranquillera de uno ochenta, sin zapatos.

Llegó la noche.

La fiebre de un viernes en la noche hacia subir la temperatura. Todos habían hecho un esfuerzo para que sus trajes y modas de la época fueran una forma corporal de expresión. Se mezclaba el clasicismo tropical y el expresionismo montañero; lo carnestoléndico y lo tribal, lo newyorkino y lo sureño, lo oscuro y lo luminoso.

Yo llegué sobre las nueve; recuerdo ingresar en ese antro psicodélico como un personaje de Piñera el cubano… extraño lugar, donde las almas flotaban livianas cantando en la oscuridad. (No recuerdo el nombre del cuento, en estos días lo busqué para este texto, pero no lo encontré; las cursivas hacen parte de un poema mío de hace muchos años, que de alguna manera expresan lo que en aquel instante sentía. En el fondo soy un poeta impresionista, qué le voy a hacer).

Me acomodé, para disfrutar de la barra libre que había destinado el nuevo empresario en exclusiva para esa fiesta. La coctelera multicolor atendida con diligencia por conejitas azules de corbatines rojos, estallaba bajo luces de espejos facetados, mientras la lluvia de la orquesta Mondragón sonaba lenta y sincopada. La danza colectiva de la cueva nocturna comenzó; el cardumen pulsaba bajo la música. La gente no terminaba de llegar: Juanita Salomé, Amparito Zuluaga y Patricia Larralde, Pedro Juan Maltes y Carlos Pedraza. En la pista se azotaba baldosa sobre, lluvia y nieve… lluvia con nieve. ¿Cómo no rememorar esa página del escritor caleño?…Lluvia…nieve. Lluvia con nieve

Montoya, de guayabera y zapatillas blancas, estilo caribeño, se magreaba en danza con la mulata de uno ochenta sin zapatos; afinaban coreografías importadas de la Sultana del Valle, florituras de entrepierna y agarrón de caderas, bajo una bola espejo disco que giraba e iluminaba las pieles de los bailarines; sobre la fiesta pagana florecían vitrales cinéticos de erotismo ochentero. Este no era el parque Caicedo; era el centro comercial de la ciudad sin puertas.

Al fondo, en los espaciosos baños, los olores montunos de la dama de los cabellos ardientes (la mata siguaraya de Oscar de León) se irradiaban y extendían a todo el centro comercial. Leonardo F. Marín, con un saco de hilo blanco iridiscente, se mantenía extasiado en un baile apasionado con una gringa hermosa de cabellera dorada de visita por el eje. Danza al clavel, que incluía besos de minuto y medio; apneas de características zombie, mordidas antropófagas en el centro de la pista; todo el conjunto conformaba un agujero negro giratorio que nos mantenían bajo efecto de caída.

Nelly sauvage-rosa bailaba ataviada con vestido de terciopelo rojo; impartía cátedra corporal mientras acentuaba con movimientos orientales lo rotundo de sus curvas. Merardo, estático, miraba detrás de unos cristales semiopacos, sentado en el sillón de una esquina. Brillaba con un aire baphomético. Fauno en ceremonia del bosque de cristal. La fiesta negra, la rumba brava, su  místico aquelarre.

En la consola sonaba Hay fuego en el 23 y la pista ardía. Seguía llegando más pipol del colectivo under de la ciudad. Los alternativos y los punketos; los grunguies y los místicos; los anarquistas y los del ghetto; los del norte y del Soweto (la noticia de barra libre había corrido como pólvora).

Después de varias horas y agotadas las existencias de licor; estalla una pelea brutal entre dos muchachas ataviadas de cuero negro de la tendencia LGTB /SMB/XXL. El colectivo poético, que ya era minoría entre las tribus reunidas, intervino, puso orden; atendió a los heridos y a las heridas y a los trans… (para que no me tilden de misógino, homofóbico, transfóbico)… a los trans de la riña, como les decía; también se los llevaron. Se los llevaron a los Seguros Sociales que quedaban a tres cuadras (esa es la gran ventaja de las ciudades de provincia; que todo nos queda cerca, hasta la morgue).  

En la pista semidesierta, el empresario, elegante en vestido negro y ya borracho, bailaba con su musa, una señora estilizada, que inclinaba un poco el peso de su grácil cuerpo sobre su pierna derecha (Sarah Bernhardt otoñal, con brillo de oro Klimt de 24 kilates).

Bailaban…bailaban…bailaban.

Algo de rock-blues; después, algo lento de Mecano; algún disco de Bonie M. El empresario y Ma Baker dorada bailaban.  Algo pesado y licantrópico de la Unión. Pero después… él se apersona del equipo de sonido.

Para la música.

El hombre saca dinero de su chaqueta y despacha a los meseros, a las conejitas, a las cortesanas, a los saltimbanquis urbanos, a los mimos de las sombras, a los dealers de Madame Blanche, a los corsarios de Marye Jane; y dice:

––Me quedaré solo bailando con mi prometida. Muchas gracias por su asistencia.

Así que todos decidimos salir.

En ese momento, en el equipo de sonido de la discoteca, suena algo nostálgico y lleno de poder…  “My Way” de Sinatra. Vimos por unos instantes, la pareja, sus movimientos lentos, su cadencia pesada a través de las grandes puertas de cristal. En la pista, el empresario y su novia bailaban… allí estaban ellos, en la penumbra solitaria que susurraba la última balada del verano.

La gente salió poco a poco; caravana nocturna hacia el lago Uribe Uribe. La mañana y su lucero estaban por delante; las calles solitarias de Pereira destilaban aires dulces de mandarinas y limones, de flores de café y caña, de vino, whiskey y aguardiente… y todavía quedaban algunos canutos por quemar.

La discoteca cerró esa noche y nunca volvió a abrir sus puertas.

Nunca más supimos del empresario y de su enamorada. Jamás.

 

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6

 

Merardo fue al sur; Ariadna, la hermosa leona, regresó de las Pléiades a este jardín de las delicias terrenales.

Yo estaba en otra dimensión. Y por aquel tiempo marché al norte.

Años después, encuentro de nuevo a Merardo en la ciudad. El tiempo ha golpeado un poco su cara, pero su ironía se mantiene fresca con una mueca de  optimismo crítico.  Está vital y en su labor. Esperamos que su poesía y su teatro sigan haciendo su función.

Cincelo en la roca

un silencio.

Pero un golpe seco y agudo

se ha vuelto sombra

se ha vuelto 

eco.

Sombra y eco…

Piedra tejida en negro mineral para mi capa

con la que cubro mi voz, en las fronteras del misterio

M.A.