Ella nació en 1985. Se llama Elena y su apellido es Medel.  Es española. Se dice que es poeta, que es una poeta joven, muy joven.  La poeta dice que las mujeres no son inferiores ni superiores a los hombres: son iguales. Y no le gusta cuando se le asegura que hay un “evidente dominio masculino en nuestra sociedad”: “no me gusta la expresión «evidente dominio masculino», porque implica que existe una evidente inferioridad femenina” 

 Por: Jhonwi Hurtado

Fotografías: Santhiago Ramírez 

La poeta española también cree que ser mujer en la sociedad actual significa caminar con miedo cuando se regresa a casa  sola de noche, desayunar cada día con la noticia de un nombre añadido al feminicidio, soportar la normalización del maltrato físico o psicológico por el hecho del sexo; de una forma más sutil, más cotidiana, ser víctima de micromachismos que incluyen ganar menos —mucho menos— que un hombre con el mismo puesto de trabajo, o padecer actitudes paternalistas como el mansplaining. “En cuanto a ser poeta, nunca he considerado que se trate de algo especial, que me sitúe en un plano diferente a quienes ejercen otra actividad: escribo, lo que para mí es importante, pero para muchos otros no”

¿A qué le escribe?

—No escribo a nada; en ese sentido, quisiera despojar mi escritura de destinatarios, porque conllevan personalismos. Desde mi segundo libro intento transformar la primera persona del singular en una primera persona del plural; partir quizá de la propia experiencia, más que de la autobiografía, para intervenir en las circunstancias que me rodean. Concibo la escritura como ese intento de diálogo con mi presente, que incluye lo que sucede pero también a quienes lo habitan. En todo caso, escribo a eso que ocurre, y a aquellos a quienes les ocurre.

Usted dice que el feminismo es “igualdad”. ¿Cómo se expresa el feminismo en la poesía?

—Yo no digo que el feminismo sea igualdad: es que el feminismo es igualdad, reclama los mismos derechos para las mujeres que para los hombres. No existe una forma única de entender el feminismo, sino que comprende muchas interpretaciones distintas: tantas como mujeres que lo piensen, que lo defiendan y que lo necesiten, según sus experiencias y según sus circunstancias. Por lo tanto, en cuanto a la expresión del feminismo en la poesía, existen tantas posibilidades como autoras que lo reflejen en sus textos. En mi caso, he intentado abordarlo de tres formas diferentes, siempre desde la posibilidad de un discurso universal con una voz marcadamente femenina: en mi libro Tara, con una reflexión sobre el papel del matriarcado; en Chatterton, desde el intento de subversión de los tópicos asignados a la literatura escrita por mujeres; y en los poemas en los que trabajo ahora, planteándome de qué manera el discurso histórico de las mujeres ha decantado nuestro discurso actual.

 

Háblenos un poco sobre la labor de su sello editorial de La bella Varsovia.

—La editorial La Bella Varsovia se funda en 2004; tiene su sede en Madrid, y yo la dirijo desde su nacimiento. Retomando esa intención del diálogo de la escritura, busco también propiciar un diálogo desde la edición: planteando temas que me interesan desde los libros que publico en ella. Se centra en la poesía, aunque existe también una colección de prosa para obras híbridas entre géneros, y el discurso temático de la editorial se guía por tres líneas transversales: el trabajo riguroso con el lenguaje, en sentidos diversos que abarcan desde el diálogo con nuevas formas de comunicación a la búsqueda de espacios distintos para las expresiones de siempre; la mirada alternativa a la realidad, vinculada a la redefinición de la llamada poesía social; y la literatura escrita por mujeres, entendida no como etiqueta excluyente sino como circunstancia escritural. En su catálogo —que supera los ochenta títulos— hay espacio para autores y autoras de todas las generaciones, tanto español como latinoamericano, con la incorporación reciente de traducciones.

 

¿Cuál ha sido el papel de su madre en su obra, ya que la menciona en diferentes poemas?

—Ninguno, igual que el de cualquier otro elemento autobiográfico: la madre de mi poesía —las madres de mi poesía— ocupan y provienen de un plano simbólico, no real. Cuando me refiero a la madre en mis poemas no posee nombre y apellidos, sino que se enmarca en la tradición del matriarcado y en un discurso feminista explícito y militante. Te contaba que me interesa subvertir ese concepto de la autobiografía en la poesía, que se vincula de forma errónea a la honestidad y a la coherencia del poema, a su verosimilitud; intento partir de la experiencia propia, despojarla de individualidad, y elaborarla —literaturizarla— en un discurso común. De hecho, una de las intenciones que sustentan mi libro Chatterton es esa tensión entre la realidad y la ficción, y su lugar en la poesía.

¿Es la sensibilidad de cómo ve el mundo lo que la lleva a escribir o qué es?

—No, no escribo por sensibilidad. Como te decía, me interesa esa propuesta de diálogo que se realiza desde la poesía, esa posibilidad de intervenir en el entorno y en las circunstancias mediante el lenguaje; esa reflexión sobre lo que ocurre, los motivos que lo suscitan y las consecuencias que se originan, y que cabe en el poema. Para mí toda poesía —toda literatura, toda expresión artística— es social, y toda poesía es política. Incluso aquella que elude un posicionamiento lo es, desde su negación.