Luego, aparece en las fotografías un salón de clases: Ramón hablando, un par de jóvenes sentados y muchas sillas vacías. Le preguntan que dónde fue eso, responde que una conferencia que dictó. Ganador del primer lugar en el Primer Concurso de Crónica Joven Luis Tejada Cano.

 

Texto / Ever José Mejía González – Fotografías / Jesús Álvarez

Se hace de noche en Barranquilla. Se sabe que es viernes porque los bares y las tiendas se entusiasman. Ramón Illán Bacca Linares atraviesa por una particularmente llena. Alguien lo saluda: “Maestro, tómese una”. Ramón ríe, pero se rehúsa. Al ritmo de sus piernas cortas y ágiles avanza por las calles maltrechas de la ciudad. Cuando está cerca de su casa se tropieza, pero no cae.

—¿Estás bien?

—Sí ­—se ríe y agrega—: Definitivamente Barranquilla es como la vida.

­—¿Cómo?

—Llena de obstáculos.

Ramón Illán Bacca es escritor. Octogenario. Tenía un año cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y habían trascurrido diez de la masacre de las Bananeras en Ciénaga, a escasos kilómetros de Santa Marta, donde nació. Desde niño padece estrabismo, es decir, es bizco, pero como en su vida y en su literatura, transforma la tragedia en humor­ —más si se trata de sí mismo—. Puntos de Bizca se titula la columna cultural que escribe en El Heraldo. La columna y las clases que dicta en la Universidad del Norte son sus principales fuentes de dinero. Siempre se queja del dinero, o mejor, de la ausencia de este. A pesar de los reconocimientos a su obra, escribir no le ha dado plata porque sus libros no se venden, por eso se define como un autor minoritario y afirma que su obra es “más estudiada que leída”. Sin embargo, no se resigna, está escribiendo una nueva novela.

—La novela es sobre los anarquistas en Barranquilla. ¿Sabías que había periódicos anarquistas en Barranquilla?

—Ni idea.

—Un amigo me los envió del Museo de Rotterdam. Había dos: Vía libre y Organización.

Ramón es un obsesivo del dato. Lo busca con la insistencia del poeta a la palabra, con la fascinación del perro a la comida. Si en su novela cita una marca de cigarrillos egipcios es porque ha buscado su nombre en decenas de archivos. Sin embargo, el detonante de su investigación suele ser el chisme: su novela Deborah Kruel surgió de los rumores que circulaban en Santa Marta sobre submarinos nazis que transportaban mercancías por la costa Atlántica y los dirigibles que iban desde Panamá hasta el Cabo de la Vela para ver las manchas de los submarinos y avisarle a la armada norteamericana.

No obstante, para Ramón la investigación solo es un punto de partida. Sus pretensiones no son históricas, sino literarias. Él suele parafrasear las noticas de los periódicos viejos, inventarse lo que pudo haber dicho la revista que no encontró, alterar los hechos y los personajes. Siempre apelando a los recuerdos de infancia.

 

Ay, Moncho

Ay, Moncho. Te tocó difícil. Tu madre murió a los seis días de nacido y tu padre te abandonó al poco tiempo. Ay, Moncho. La crianza estuvo a cargo de tus tías solteronas, ricas y conservadoras. Ay, qué travieso Moncho. Leías a escondidas los libros prohibidos y te volabas la paredilla para ver cine mexicano. Estuviste en el seminario, pero más que rezar, hacías travesuras y leías. En tu tiempo no podías ni soñar con estudiar literatura o filosofía, sugeriste psicología y te impidieron, que eso era enfermería de vanguardia. Ay, Moncho, te tocó estudiar Derecho en Medellín. Pero te expulsaron por manzana podrida, dizque por nadaísta. Ay, Moncho, regresaste a Santa Marta derrotado, hasta sin zapatos, dizque porque de esa ciudad no querías ni el polvo. Desorientado, perdido. Un día, por fin, te graduaste. Qué dificultad todo, Moncho. Tú por un lado y la vida por otro. En qué pensabas cuando iniciaste la maestría en Economía. Otra derrota Moncho, era inminente. Entonces, tú pa’ qué servías.

¿Colgar la sotana?

Ramón decidió que iba a ser escritor cuando se estableció en Barranquilla. Después de intentos frustrados en el mundo de los negocios y del martirio de la abogacía, comenzó a alternar la docencia con la publicación de columnas y la escritura. Una disnea fue el detonante para que se decidiera, así lo describe en su autobiografía académica:

“Llegó un momento, sin embargo, en que a la angustia de no tener ingresos para una congrua subsistencia se añadió una profunda disnea que no me dejaba respirar. Me hice unos exámenes y en lo físico estaba muy bien, la cosa era mental. Me recomendaron un psicólogo. Fui donde un psiquiatra amigo mío y me dijo: ‘Tú piensas que te estás ahogando y lo somatizaste, de verdad, físicamente te estás ahogando, tienes que cerrar esa oficina’. Y añadió: ‘¿Qué otras cosas sabes hacer?’ Le dije: ‘Podría dictar clases y me gusta escribir, pero de eso no se puede vivir’. Entonces me dijo: ‘Cierra la oficina, ponte a dictar clases y a escribir, no te asfixiarás, pero te morirás lentamente de hambre’”.

Después de algunos inconvenientes en la Universidad del Atlántico, Ramón empezó a dictar clases de derecho laboral en la Universidad del Norte. Al poco tiempo la siguiente reflexión lo invadió: “¿Por qué dicto materias de derecho? Es como si un cura que cuelga la sotana se pone a dar clases de religión”. Entonces cambió de clase, se dedicó de lleno a la literatura en las clases y en el oficio. Publicó su primer libro a los 41 años. Aún sobrevive.

Ay, Moncho

Ay, Moncho. Es que escribir era como lo tuyo. Sí, es cierto que te echaron del Incora porque tu lenguaje era complejo para el campesino. Y que si bien te entusiasmaste escribiendo sobre búfalos de agua y los cultivos de la ipecacuana en Manatí; a tu jefa no le entusiasmo tanto, te lo dejó claro en la carta despido, tú no tienes ni vocación agrícola ni redacción simplificada, aléjate del puesto. Ay, Moncho, pero si no era la escritura qué podía ser. Acuérdate de las cartas que enviabas a la casa pidiendo más mesada, las leían tus tías y las compartían en familia, se hicieron muy populares y despertaron risotadas; aunque es cierto, no dieron sus frutos, seguiste pasando penurias en Medellín. Pero eso no importa, lo importante es la vocación. Recuerda el día que llegaste emocionado del colegio porque sacaste cinco en Preceptiva Literaria, te pidieron escribir un texto, y tú que leías a Homero, pusiste a Zeus y a Venus al lado del morro de Santa Marta.

Los minidiscursos

Es jueves. La Universidad del Norte le rinde homenaje a Ramón Bacca por sus años de vida académica. El Distrito de Barranquilla también le entregará el premio Vida y Obra. El auditorio está repleto de profesores, estudiantes y, en definitiva, amigos de Ramón. Llega al auditorio, sonriente. A Ramón le gustan los reconocimientos, más si van de la mano de estímulos económicos. En alguna entrevista Ramón dijo que su novela favorita es Maracas en la ópera porque con ella ganó un premio. A la contra pregunta de Fabián Buelvas de “¿Hay otra razón?”, Ramón respondió: “¿Te parece poco la economía?”.

Ramón es pequeño, con la vejez, diminuto. Usa pantalón clásico y camisa azul formal. Sus brazos son enjutos y su pelo es blanco. Hoy, por la ocasión, está rasurado al ras. Avanza por el auditorio, rápidamente encuentra conversación, intercambia palabras con un par de asistentes, se ríen. Se esboza una sonrisa en el resto del auditorio, ver a Ramón, encontrarse con él, es tener la carcajada al alcance de la mano.

Empieza el conversatorio, moderan la docente Zoila Sotomayor y el investigador Ariel Castillo. Pasarán una serie de fotografías que Ramón conserva: es un recorrido por su vida, que es parte de la vida cultural en Barranquilla. Ramón tiene el micrófono en sus manos, los asistentes saben que no faltará el humor.

En el proyector hay una imagen de una reina. Es del año 1969, en Santa Marta. El secretario de Gobierno del Magdalena, Alfonso Carrás, le pide a su ahijado Ramón que corone a la reina Josefina Noguera. Así fue la conversación:

—Vaya pelao, tienes que coronar a la reina que va a ir al concurso en Cartagena —le informó el padrino.

—Yo no quiero ir, ¿por qué no mandan al poeta Barreneche?, él sí sabe de eso: tus dientes son de perlas, tu boca de corales; y esas cosas —sugirió Ramón.

—Él está enfermo, tienes que ir tú —le ordenó el padrino.

Ramón cuenta que lo obligaron a dar el discurso, que todos estaban pendientes de lo que diría, cincuenta años después otra multitud espera sus palabras, él aún recuerda con precisión las palabras que leyó aquel día: “Josefina, en esta época de guitarras electrónicas y minifaldas, se imponen los minidiscursos, te declaro la mujer más bella del Magdalena”.

Luego, aparece en las fotografías un salón de clases: Ramón hablando, un par de jóvenes sentados y muchas sillas vacías. Le preguntan que dónde fue eso, responde que una conferencia que dictó. Hay un silencio en el auditorio, Ramón frunce el ceño, sus ojos lucen confusos, extraviados, vuelve a mirar la fotografía y concluye: “Fue poca gente”.

Como se preveía, las risas no han faltado. Es el momento de las palabras finales. A Ramón se lo ve entusiasmado. Parece que es el turno de su discurso, su momento favorito. Con sus manos sostiene las hojas que leerá, se levanta sonriente, como si por fin le tocara hacer su travesura. Sin embargo, la moderadora lo interrumpe cuando se dirige al atril, en realidad le toca al secretario de Cultura. Ramón recibe sus palabras con agradecimiento, pero ansioso, agitando sus piernas, queriendo que llegue su momento. Recibe la medalla de la Alcaldía de Barranquilla y ahora sí, su turno.

Las palabras que lee Ramón ya las había leído antes, están registradas en el estupendo perfil que Fabián Buelvas le hizo y que publicó en la revista ElMalpensante. No por eso causan menos gracia, las risas en el auditorio así lo confirman: “Hace unos diez años aproximadamente debido a unas encuestas hechas a los profesores de la Universidad, que nos preguntaban cuáles eran nuestros proyectos para el venidero quinquenio, en el formato de respuesta yo contesté: Estar vivo. Esta actividad la he realizado, pues he llegado a una edad mayor a la del promedio nacional (…) señores asistentes: hoy puedo decirles satisfecho que les he cumplido a todos”.

El antimacondo

—¿Cuándo te tomaste esa foto con García Márquez?

—Me lo presentó Jaime Abello. Yo había escrito un artículo en ElMalpensante que se titulaba De cómo no he conocido a García Márquez.

—¿Qué te dijo Gabo?

—Te jodiste—. Ramón se ríe y sigue comiendo su crema de ahuyama.

Ramón asiste religiosamente a este restaurante. Siempre pide lo mismo. Ya los meseros no le preguntan qué quiere. Tan solo lo saludan. Ahora le recuerda a la mesera que le faltan los panes y prosigue:

—Yo le pregunté a García Márquez sobre el cortocircuito que había tenido la casa de su hermano Enrique —mientras se ríe de la irrelevante conversación, agrega—: Así es que hablan los amigos.

Ramón admira a García Márquez. Admite que es un genio, pero lo frustra que a él y a sus contemporáneos la inmensidad de Gabo los devoró. Nadie quería leer otra cosa sino realismo mágico, todo lo acaparaba su talento. En el evento Gabo y el cuento, de la Feria del Libro de Bogotá, Ramón Bacca dijo indignado: “Lo que uno escribía no tenía ninguna salida, ninguna importancia, nadie lo iba a leer, qué hacíamos. Qué podíamos hacer. La primera novela que yo escribí se llamaba Deborah Kruel porque era una espía nazi en Santa Marta, yo escribí sobre el Berlín de los años 20, quería distanciarme de Macondo, y publiqué después de miles de tropezones. Naturalmente lo primero que dijo la crítica fue ‘un discípulo de García Márquez ha escrito una novela’”, Ramón cerró los ojos e hizo una parodia de llanto, “no había salida”, agregó, y se rio de su fracaso.

Intentos (fallidos) de comprar la fama

La nueva novela de Ramón ya fue rechazada por dos editoriales, por eso la está reescribiendo. A esta altura de su vida los tropezones no le sorprenden, se ha acostumbrado a ellos.

Su primer libro Marihuana para Göering, una recopilación de sus cuentos publicados en el Suplemento del Caribe, fue una propuesta del librero Otto Lalleman. El mismo día que publicó su libro, la librería de Otto fue embargada. Solo se salvaron algunos ejemplares. Según Ramón, se enteró que un empleado del juzgado saqueaba y lograba vender Marihuana para Göering en los puestos de libros usados del Paseo Bolívar.

Ramón dice que cuando veía uno de sus ejemplares en el Paseo Bolívar se sentaba cerca a que le embolaran los zapatos para espiar quiénes eran sus compradores. Al final, resignado, terminaba comprándolos él y los regalaba “en un intento frustrado de comprar la fama”.

A pesar del reconocimiento que ha recibido la obra de Ramón —hay tesis sobre su obra, hay dos documentales sobre su vida, tiene su espacio en el Museo del Caribe, en 1999 la revista Semana mencionó su novela Maracas en la ópera entre las mejores del siglo y la biblioteca pública de Washington la recomienda junto con otras grandes voces de la literatura latinoamericana— sus libros son poco vendidos y difíciles de conseguir.

En Bogotá un lector costeño conversó con Ana María Aragón, dueña y fundadora de la librería independiente Casa Tomada, una de las más reconocidas del país.

—¿Conoces a Ramón?

—Sí, he hablado con él, incluso esta librería estuvo a punto de llamarse La mujer barbuda, como su novela —respondió y agregó—: Me lo sugirió mi librero, pero no lo he leído.

—¿Tienes algún libro de él disponible?

—No. Está descatalogado, no se vende.

No sé hacer otra cosa

—¿Cómo vas con tu novela?

—Lento, pero escribiéndola —responde, optimista.

Ramón se ríe, levanta los hombros como diciendo qué más puedo hacer. Bebe un sorbo de agua, aprieta los ojos como intentando enfocar y sigue:

—Hace como cinco años empecé a escribirla, dos veces me la han rechazado, pero estoy rescribiéndola. Tengo fe en ella —dice con el entusiasmo de un escritor principiante.

—Dijiste que has estado muy mal con la vista, que tienes dificultades para leer, ¿cómo haces?

—Tengo que estar esperando que venga una secretaria dos veces a la semana porque es ella quien me lee. Por eso tan lenta la novela.

—Bien dijo Juan José Millás que el escritor no puede retirarse.

—Sí. Un día me encontré con un señor que ya murió… este tipo —Ramón frunce el ceño, cierra los ojos— era un señor que ponía a leer el Ministerio de Educación.

Ramón se resigna, no lo recuerda. Me dice que tenía como 84 años cuando se lo encontró en una feria del libro y tuvieron el siguiente diálogo:

—¿Qué hace maestro?  —le preguntó Ramón.

—Escribir —respondió.

—¿Hay alguna editorial interesada?

—Ninguna.

—¿Entonces por qué escribe?

—No sé hacer otra cosa.

Hay un silencio, Ramón luce pensativo y dice: “Cuando se escribe a los ochenta años la gente no tiene expectativas en uno”.

—¿Y tú qué piensas?

—Me he divertido reescribiéndola —sonríe.

—¿Va a gustar?

—Bueno, a esta edad la novela puede ser mi canto de cisne o mi graznido de pato.