Castillo es padre de una docena de hijos y padrino de por lo menos otras tres docenas en Santa Cecilia, su pueblo. Redactor de artículos periodísticos y boletines culturales; se considera un apasionado aprendiz de la lengua de los indios emberas y hasta una vez salvó a los policías de la guerrilla cuando esta llegó a tomarse la población.

 

Jesús Castillo

Por: Camilo Alzate. Fotos: Rodrigo Grajales

A Jesús Castillo le dicen Chucho o “El Profe”. Además de maestro de inglés, el mulato Castillo ha sido de todo: coleccionista de las orquídeas que nacen silvestres en sus montañas, a un paso del Chocó, domador de unas boas enormes que amanecen enroscadas en el patio de su casa, de espaldas al río San Juan, director de núcleos educativos, funcionario oficial y líder comunitario. Dice que cuando era muchachito cierto brujo chocoano lo eligió para heredarle sus secretos, aquellos brebajes que conjuran la malaria, el mal de ojo, las fiebres y las asfixias, pero él perdió el cuaderno donde había anotado las fórmulas.

Castillo es padre de una docena de hijos y padrino de por lo menos otras tres docenas en Santa Cecilia, su pueblo. Redactor de artículos periodísticos y boletines culturales; se considera un apasionado aprendiz de la lengua de los indios emberas y hasta una vez salvó a los policías de la guerrilla cuando esta llegó a tomarse la población.

Castillo ha sido de todo, pero sé que en el fondo quiere que lo recuerden por sus libros, porque Chucho, el Profe, es también escritor.

Mitología, tradiciones y leyendas de las etnias es uno de ellos, un libro que recopila en breves capítulos los relatos que Chucho Castillo viene escuchando desde que su abuela María Emiliana, “Machucita”, lo acostaba sobre una estera, cada noche a luz de lámpara de aceite, para narrarle los misterios de la selva. Cuentos de arrieros paisas que posaron en su casa y temían al duende tanto como a las mulas endemoniadas, cuentos de jaibanás que él conoció en sus caminatas por la montaña cuando era encargado de la educación en aquellos parajes remotos de la cordillera occidental, cuentos de negros que atribuían las borrascas del San Juan a los fuetazos de alguna serpiente gigantesca revolcando las cabeceras del río, leyendas indígenas que explican el origen del oro en los excrementos de armadillos mágicos, narraciones que referían tesoros ocultos y entierros en los recodos de cierta quebrada, de cierto monte, de alguna peña.

Un libro que recupera parte de la oralidad de la región de Santa Cecilia, entre otras tareas que emprende.

Uno de los capítulos más peculiares es la biografía de José Mosquera, el “Negro Chema”, reconocido curandero de mordeduras de serpiente, quien hizo su vida y fama en el caserío de Ágüita, hasta que falleció en 1998. Dicen que cuando al hospital de Pueblo Rico llegaba algún paciente mordido por una mapaná o una coral, los médicos lo remitían para Santa Cecilia, adonde el curandero que había salvado más de 300 personas “ofendidas” por las culebras.

Hay, además, interesantes explicaciones sobre la toponimia de la región, los vocablos indígenas y sobre el origen de mitos y tradiciones que se confunden de una etnia a otra. En Santa Cecilia confluyen, quizá como en ningún otro punto del eje cafetero, la cultura indígena, afro y mestiza. En fin, un libro para disfrutar la esencia de aquella humedad profunda y boscosa, con la intención de registrar, de fijarse, como dice en alguna página el negro Manuelito Lloreda:

 –En el monte uno tiene que fijarse muy bien. Y saber andar.

(Mitología, leyendas y tradiciones de las etnias, Jesús Castillo, Empresa de Energía de Pereira, 2015.)