“MAMÁ, SOY DE ESTRATO 6 Y AHORA SOY VÁNDALA”

Dos estudiantes de una de las universidades de élite de Medellín, miembros de la clase alta y más afortunada, reflexionan sobre su presencia y acción para ayudar a cambiar el país y las inequidades que padecen millones de colombianos.

 

Escriben / Juana M. Hernández y Andrea Herrera – Portada / Stella Maris

La protesta es algo que no se comprende hasta que se está ahí: el olor a marihuana expulsada por los mismos que gritan y golpean ollas con la esperanza de ser escuchados; el caminar junto a desconocidos que por horas sientes como hermanos; saltar, aunque duelan las rodillas porque “el que no salta es un tombo”; sentir el miedo cuando se escuchan golpes fuertes o se divisan a lo lejos, como sombras, los uniformes negros del Esmad. Todo eso es la base de una experiencia que todos deberían vivir.

¡Estoy indignada! Vivir en el sector más adinerado de la ciudad no me impide soñar con un país mejor en el que la rabia y la indignación que hoy sentimos se convierta en equidad. Soy una joven que tiene la oportunidad de ir a la finca en vacaciones, de tener un carro disponible para recogerme con tan solo una llamada, comer en los mejores restaurantes de El Poblado y pasar las tardes en el club social jugando tenis o nadando en la piscina. Aun así, esta vida llena de privilegios no me complace tanto como gritar “Uribe paraco, el pueblo está berraco”.

Fui ciega por mucho tiempo. No sentía la frustración de “el pueblo”, aquel que no logra comer a diario trabajando de sol a sol, recibiendo apenas un salario mínimo, ni el dolor de los campesinos frustrados al perderlo todo por no poder aprovechar su tierra. Me creí el discurso de que aquel que se queja y quiere un cambio social es “un comunista ignorante”, que confía en el cuento de Petro. Bastó una chispa de curiosidad para quitarme la venda, animarme a probar la mierda que comen los más oprimidos y desengañados. Al caer aquel trapo, mi perspectiva cambió, ya no era indolente, era una marchante.

Contrario al estereotipo de mamertos, los privilegiados tendemos a olvidar que no todos los colombianos vivimos de la misma forma; ignoran –o desean ignorar- que hay personas que no tienen cómo sobrevivir día a día. Millones deben elegir entre comer una vez o pagar el pasaje del bus. Otras tienen que escoger entre estudiar para buscar un mejor futuro o trabajar para sostener un mísero presente. En nuestras burbujas, miles como yo lo tenemos todo, pero eso no nos puede hacer ajenos al dolor. La empatía debería movernos a buscar un bienestar general.

Fotografía / Santiago Ramírez

 

Mi primera marcha

No sé qué me motivó, pero aquel 4 de mayo de 2021 sentí la necesidad de salir. La noticia de mi decisión no agradó mucho a mi madre, a pesar de eso, por primera vez en mis 18 años, estaba tan convencida que me rebelé contra la autoridad materna. Tras varios gritos, nuestra pelea finalizó al decirle “es posible que me pase algo, pero habrá sido luchando por mis convicciones”, salí por la puerta del apartamento con mis datos de emergencia escritos en mi brazo derecho con marcador permanente, ahí me di cuenta que, como dirían los llamados envidiosos “Ni por el más, ni por el menos, ni por el putas retrocedemos”.

Llegué al parque de La Resistencia (antes llamado de Los Deseos) con mis amigas de la universidad para incluirnos en el tumulto y seguir una ruta que desconocíamos. Al inicio fue extraño; sin embargo, con cada canción me iba sintiendo más parte del pueblo y esos tabús que por mucho tiempo me metieron se fueron disipando. Me sentía a salvo, como en casa.

Justo en esta marcha decidí enviarle mi ubicación a mi mamá. Intentaba darle algo de calma. Fue lo peor que pude haber hecho, ya que subimos a Manrique y Santo Domingo, barrios que tanto ella como yo les tenemos mucho respeto y miedo. A pesar de eso, la euforia del momento no me dejaba pensar en nada más (ni siquiera en la angustia de mi madre). No era consciente de prejuicios, ni de ideales, yo estaba en otro mundo.

Cuando cayó la noche, llegó un nuevo temor, porque todos sabemos lo que pasa en la oscuridad gracias al “matrimonio” (los policías y el Esmad). Empezamos a bajar de esas lomas para buscar el Metro cuando al final de la calle vimos que llegó la policía y cerró las vías más rápidas y cercanas a la estación Tricentenario, dejándonos un único camino, huir para llegar a la estación Universidad primero que los demás manifestantes y así poder estar en casa antes del toque de queda.

Esa experiencia está lejos de ser como muestran las marchas en televisión. No creo haber visto a nadie compararlas con el sentimiento de estar en casa. Lo único que he visto es información a medias y opiniones sesgadas. Hay quienes aseguran que todas las marchas son peligrosas y que entre más lejos estemos, más seguro será para nosotros; otros, un poco mejor enterados o tal vez más vagos (así sea de clóset) intentan conocer testimonios como éste para entender cómo es realmente marchar y evitar caer en estigmatizaciones creadas por quienes buscan sembrar el miedo como medio de control. El pánico es poderoso, y ellos saben usarlo.

“Desde casa sentimos pavor de salir, de que quienes marchan sean heridos o no vuelvan, aunque lo que realmente nos aterra son las ideas que nos han dicho sobre la violencia en las protestas y como daña las ciudades”, esto afirma Valeria Ferreira, una de tantas jóvenes que lucha desde casa.

Hay un temor compartido de que la lucha no sea suficiente y una vez más logren reprimir los gritos del pueblo, todo permanezca igual o peor, que los ríos de sangre e indiferencia sigan bañando el país.

Fotografía /Infobae

La sangre que derramaste

Yo estoy ahí, veo desde adentro las manifestaciones: jóvenes que, mediante el arte, sus cantos alegres de denuncia y sus carteles buscan ser por fin escuchados. Un espacio donde todos somos aliados, el aura es positiva, se perciben las ganas de cambio y se sostiene la resistencia. Es como si camináramos sobre las líneas, no de las noticias que llenan los noticieros con su mirada sesgada, sino protagonistas de los relatos que configuran la Historia. A pesar de eso, lo único que sigue viendo mi madre son los vidrios rotos que dejaron algunos infiltrados porque “¿Quiénes piensan que van a pagar por los daños? Pues nosotros con más impuestos”.

La percepción del mundo me cambió. Cuando andaba en la calle solía saludar a los policías, admiraba su labor, pero ahora tiemblo cada vez que veo a uno, ruego para que no suceda nada; ya no confío en ellos, mi verdadera seguridad pública son los jóvenes de la primera línea: muchachos dispuestos a dar sus vidas para que el resto podamos llegar a salvo a nuestras casas.

Desde el 28 de abril circulan fotos hermosas donde se les ve con sus rostros cubiertos, cascos protegiéndoles la cabeza, gafas para evitar los gases y trozos de canecas pintadas con mensajes o héroes del pasado a modo de escudos. Todos sabemos que todo ese “uniforme” poco sirve ante un balazo o tiro de pistola lanza gases, pero algo más los protegen: la dignidad que representan, la valentía que encarnan y la esperanza de un futuro mejor por el que pelean.

Ahora que hago parte de los marchantes me duele más ver las cifras de muertes, violaciones y maltrato ocurridas en lo que va del paro, porque sé que las víctimas caminaron junto a mí, así sea en distintos lugares del país. Yo pude ser ese nuevo caso que muestran en las noticias, expuesta como un criminal que la policía atrapó. Ahí es cuando el canto “yo no quiero ser un falso positivo pa’ darle vacaciones a un tombo malparido”, que tanto repetíamos, cobra sentido.

Al oír decir a mi mamá “Esos jóvenes que vandalizan, deben aceptar como consecuencia la violencia” a veces pienso: “ojalá la próxima vez que las autoridades abusen de su poder sea conmigo para que comprenda la indignación que siente toda mi generación al ver que nos están matando”. Me sorprende lo que el dolor me puede llevar a pensar.

Fotografía / Santiago Ramírez

Indolencia

Han pasado últimamente por mí cabeza reflexiones sobre lo que está sucediendo: ¿cómo es posible que le hagan daño a alguien por estar defendiendo nuestras libertades y luchando por un futuro? No comprendo que puedan existir personas capaces de excusar un atropello a los derechos que debemos tener todos, con frases como: “era mal estudiante”, “se le atravesó a la bala”, “qué hacía a los 37 años estudiando”, “debía estar en su casa” … parece ser que cualquier motivo es válido para justificar abusos, violaciones, maltrato e incluso la muerte del que no piensa como un grupo en particular. “A quién le importa que fuera una marcha pacífica, igual ellos se lo buscaron” …

Las personas capaces de sacrificarse de la forma en que lo hace la primera línea, merecen el respeto y la admiración de todos nosotros que no tenemos idea de cómo se puede sentir salir dispuesto a no volver por defender a un grupo de personas que nunca antes habían visto y es probable que no vuelvan a ver, pero están seguros de que valen más que su propia vida; incluso hay grupos de mamás que decidieron organizarse para proteger a los jóvenes en la primera línea. Aún después de 30 días, el grupo solo parece crecer, a pesar de los que ya no están, siempre aparecen nuevas personas, no pierden la energía ni la creatividad y surgen otras ideas de como manifestarse cada día, más allá del cansancio, del miedo, de la incertidumbre.

En Bogotá, un grupo de mujeres cabeza de hogar se organizaron en las marchas para, como le dijeron al diario El País de España, “hacer un trabajo social bien, en la primera línea poniendo el cuerpo para defender a los manifestantes”, ellas rebuscaron en la basura del barrio Kennedy materiales resistentes para defenderse en los enfrentamientos con la policía, al no encontrar nada, rompieron sus alcancías y con los pocos ahorros que tenían mandaron a hacer los escudos negros que las protegen e identifican, un grupo de estudiantes universitarios les regalaron gafas de protección para los ojos.

Para los que no salimos lo único que parece crecer sin medidas es la impotencia, ser bombardeados por información, no saber que hacer, sentir confusión, vivos y muertos aparecen y desaparecen, historias angustiantes que los medios se esfuerzan en ocultar, estallidos de indignación e incapacidad, ¿cómo puedo aportar desde mi burbuja?, ¿por qué me siento culpable de mis privilegios?

Mis amigos salen e intentan contarme lo que pasa en las calles de sus ciudades, pero las noticias y las redes muestran otras cosas. Ellos hablan de marchas pacíficas, cantos y bailes, mientras yo solo veo daños, heridos, caos, acciones fuera de contexto y videos de desmanes viejos reciclados. Llegó un punto en el que no sabemos en qué creer, no sabemos si seguir viendo redes sociales, aun sabiendo que no todo lo que muestran es veraz o dejar de verlas y estresarme porque no sé qué está ocurriendo.

Fotografía / Santiago Ramírez

Generación de cristal blindado

Somos los delicados, los que se ofenden por todo, pero los que luchamos por nuestros ideales y derechos, nos decían jóvenes de cristal porque nos rompíamos muy fácil, nos tocaban y nos quebrábamos, pero también somos la generación de la resistencia, una generación consciente de la realidad; nos resentimos, claro, no podemos estar tolerando injusticias y soportando que nos quieran cegar para pasarnos por encima, con nosotros no se va a repetir, ya despertamos, llevamos mucho tiempo oprimidos y con cristal oprimido se forman los diamantes.

Estamos viviendo el comienzo de una nueva historia, creando nuestra propia revolución, dispuestos a ir más allá de los tabúes, a cuestionar lo que nos enseñaron, terminar con la opresión y buscar algo distinto y mejor, porque no nos conformamos con estar “bien”, estamos cansados de aspirar a sobrevivir, nosotros queremos estar mejor, poder vivir y que los que vengan después no tengan que preocuparse por lo mismo, o trabajar para pagar la deuda que les dejó estudiar, que puedan vivir todo lo que quisiéramos darles a nuestros papás y a todos los que se rompieron la espalda trabajando antes que ellos para sobrevivir y evitar morir en medio de un conflicto que hasta ahora empezamos a entender, porque la violencia que vemos hoy en las marchas, es de la que nos han hablado en el campo por muchos años y nunca llegamos a dimensionar.

Querida madre, no tengo quejas de mi vida, tengo todo lo que puedo pedir; soy una persona con valores, educación, bienestar y oportunidades de un buen futuro; gracias a esas herramientas que me diste para superarme me di cuenta de que algo en mi país estaba mal, la mayoría de mis compatriotas luchan por sobrevivir, las necesidades básicas son un privilegio, los derechos humanos son violados, la corrupción abunda y nuestro gobierno –al igual que nosotros– se hace el ciego. El pueblo vulnerado está en las calles pidiendo a gritos un cambio, ¿quién somos nosotros para ignorarlos? ¿Qué tanto nos vamos a dejar nublar por el temor al “comunismo”? El problema no lo representan ellos por cerrar calles, los culpables son los poderosos que los ahorcaron hasta la desesperación.

Hoy no puedo seguir siendo indiferente, me duele mi patria y la falta de solidaridad, por eso sin importar las consecuencias quiero gritar: “familia, ¡soy una vándala!”.