Después de hablar con ellas me quedó la sensación de que en la guerrilla estas mujeres encuentran con el fusil el respeto que en la vida civil no logran tener de ninguna manera. Resulta además evidente que dentro del grupo se sienten valoradas y, de alguna manera, resguardadas de la violencia de género que tanto azota la vida de las mujeres.

A Jesica no le gustaría un acuerdo con el gobierno porque “ya no sería lo mismo. Los paramilitares pueden entrar, masacrar los civiles. Mi idea, mi pensamiento, es que no haya paz”.

Texto: Gloria Inés Escobar. Fotografías: Rodrigo Grajales

Tratar de explicar y entender la guerra en la que llevamos tantos años sumidos, no es fácil, y no lo es porque son muchos los actores, las causas y las circunstancias que confluyen en ella. De igual manera, abundan los prejuicios y la desinformación, lo que dificulta aún más cualquier acercamiento objetivo a una situación de carácter tan complejo.

Aunque parezca un disco rayado o una frase de cajón, la justificación que da la guerrilla para permanecer en armas es incuestionable: hasta que no haya justicia social no podrá haber paz. Sin embargo, no es menos cierto que la guerra se convierte, en muchos casos, en una forma de vida, en un motor que mantiene una maquinaria en funcionamiento y la justicia social se relega a un segundo plano o se queda en mero discurso, en un pretexto para perpetuarla.

Eso es al menos lo que me quedó claro durante la entrevista que tuvimos la oportunidad de hacerle a “Julio”, uno de los comandantes del ELN del Frente de Guerra Occidental – Omar Gómez, en Juntas de Tamaná, el pasado 28 de diciembre.

 

El viaje

Con el ánimo de conseguir información de primera mano sobre el sentir y pensar del Ejército de Liberación Nacional, ELN, tres compañeros y yo decidimos emprender un viaje hasta una región del Chocó en la que opera este frente.

Muy temprano en la mañana del 27 de diciembre salimos de Pereira. Después de aproximadamente dos horas de camino por una carretera estrecha pero pavimentada que lleva de Cartago a Ansermanuevo vía El Cairo (Valle), tomamos la ruta al Chocó. Esta ruta resulta realmente escabrosa no solo por lo sinuosa, estrecha y destapada, sino por lo fangosa, la neblina que la cubre en gran parte y la amenaza real de caída de lodo y roca.

Después de una hora de travesía por esta vía intimidante llegamos sin contratiempo a San José del Palmar, un pueblo chocoano pequeño, pero con una historia de sangre grande, como todos aquellos que albergan algún interés para las mafias y sus aliados los paras, y la guerrilla.

La sangre no solo ha brotado entre los bandos en disputa por el control del territorio: los hombres de don Diego y Macaco, combatientes de las Farc y el ELN, también de campesinos del lugar, raspachines provenientes de otras regiones y prostitutas atraídas por el dinero de la coca que corría en abundancia.

Hoy todo este sector está bajo el control del ELN después de la retirada de las Farc; sin embargo, la zona sigue asediada por paramilitares que intentan retomar el control de un territorio vital para el negocio de la coca y la minería.

Para llegar a nuestro destino final continuamos por una vía en condiciones similares que nos condujo hacia el corregimiento La Italia, al que pertenecen las veredas Suramita, El Alto del Oso y Curundú. Suelos abonados también con sangre y sacudidos por el terror que fueron sembrando las bandas criminales del narcotráfico entre 2005 y 2006, los años duros de guerra con los grupos insurgentes.

Hoy todo este sector está bajo el control del ELN después de la retirada de las Farc; sin embargo, la zona sigue asediada por paramilitares que intentan retomar el control de un territorio vital para el negocio de la coca y la minería.

En La Italia esperamos unas horas hasta que con nuestros contactos decidimos continuar en el transporte, a pesar de que la carretera se anunciaba en el mismo o peor estado que las anteriores, hasta un lugar llamado La Punta, la última parada a la que se puede llegar en vehículo. De ahí nuestro recorrido sería a pie por una trocha en la que el barro resultó ser el enemigo de la marcha.

Cultivos de coca, retroexcavadoras (algunas de ellas quemadas por el ejército), campesinos, gallinas, niños jugando, algunas mulas, casuchas, una que otra casa grande, campamentos mineros (de las riberas de los ríos se extrae oro), selva. Todo eso adornaba el paisaje que por ratos estuvo acompañado de una llovizna leve hasta llegar a un embarcadero del río Tamaná. Fueron dos horas de camino al paso de mi lento andar. Los compañeros y los contactos llegaron tal vez media hora antes.

A partir de allí y por aproximadamente 40 minutos, en un bote con motor, nos deslizamos a trompicones por un río malhumorado hasta llegar al punto de encuentro.

Casi que pude sentir la adrenalina que le produce estar en combate. La confrontación con el “enemigo” es su vida y en ella quiere terminar sus días.

El encuentro

La tarde, como nosotros, estaba extenuada cuando desembarcamos bajo una lluvia ya madura. Allí fuimos recibidos por “Julio”, el jefe al mando, y algunos combatientes del ELN. Durante una breve charla mientras nos ubicaron hospedaje y comida, tuvimos la oportunidad de formarnos las primeras impresiones de nuestros anfitriones.

Julio, un hombre antioqueño de edad madura, estatura promedio y contextura mediana, habla con seguridad, pero con cautela. No da ningún dato preciso de sí mismo, del tiempo que lleva en la guerrilla, ni siquiera de su posición dentro de ella. No quiere fotografías, pero está abierto a todas las preguntas que se le quieran hacer. Está acompañado por un guerrillero joven de origen afro al cual llama “Alex”, y quien al parecer es el encargado del manejo de la información a través de internet.

El jefe de la comisión, como Julio quiso presentarse ante nosotros, es un convencido de la legitimidad de su lucha. Es crítico del acuerdo de las Farc con el gobierno y aunque afirma que el frente al que pertenece ha acatado la orden del cese al fuego pactada en Quito desde octubre de 2017 hasta enero de 2018, la inactividad militar obligada en esos días no le gusta porque los combatientes se relajan y eso no es bueno. Se nota ansioso y deseoso de que se termine el cese para iniciar lo que, a mi juicio, se ha convertido en la razón de su vida, la guerra.

La percepción que tuve todo el tiempo que lo escuché hablar sobre el actuar de la guerrilla, su ideología y su lucha fue la de estar al frente de una máquina de guerra, de un animal de guerra. Casi que pude sentir la adrenalina que le produce estar en combate. La confrontación con el “enemigo” es su vida y en ella quiere terminar sus días.

En medio de la conversación la noche nos cayó por asalto, así que acordamos con Julio que al día siguiente podríamos continuar con la entrevista. Nos despidió con la misma amabilidad que nos recibió y cada parte salió a buscar su refugio en medio de una lluvia que parecía obstinada en acabarnos de empapar. Nosotros nos fuimos al alojamiento y ellos se fueron para su campamento.

El día amaneció lluvioso como para variar. Después de desayunar en un hospedaje, decidimos, mientras esperábamos la llegada de Julio y sus combatientes, dar un reconocimiento por el poblado.

La calle donde está situado el hospedaje es la principal. Allí se encuentra el “centro” del caserío. A lado y lado de la calle, por supuesto ajena al pavimento como todo el lugar, hay negocios y venta de todo tipo de mercancías: insumos agrícolas, ropa, útiles de aseo, venta de comida, papelerías y hasta una tienda desde donde se puede uno conectar con el mundo a través de telefonía celular.

Al final de la calle, en uno de sus sentidos, se halla infaltable la iglesia, consagrada a San Onofre, única edificación levantada en material, pues todas las casas del poblado están construidas con madera. En el sentido opuesto, la calle desemboca en una cancha de fútbol cubierta de barro como todo el sitio, y en cuyo marco se apiñan las otras casas alejadas del centro.

En el recorrido que hicimos se respira cordialidad y cierta alegría. La población afro que allí habita aunque no cuenta con los servicios básicos de alcantarillado y energía, se ve tranquila y hasta contenta. Y aunque el Estado no llega hasta estos parajes sino vestido de camuflado, la que sí hace presencia permanente es la gran empresa privada de televisión satelital Directv, la cual puede funcionar gracias de los buenos oficios de las plantas de luz.

Dice estar feliz y aunque ha participado en combates en uno de los cuales resultó levemente herida cerca de un hombro, no ha contemplado la idea de salirse.

Las combatientes

A eso de las 9 de la mañana llegó Julio, sonriente y amable, con algunos guerrilleros, entre ellos varias mujeres. Yo le había dicho la noche anterior que quería hablar con alguna combatiente y él había accedido sin problema. Allí estaban dispuestas a hablar conmigo, “Erika” y “Jesica”, ambas de origen indígena. Julio había cumplido su palabra.

Para estas dos guerrilleras, la vida en el monte es mejor que la vida en “la civil”, como ellas dicen. En el ELN se sienten respetadas, cumplen las mismas tareas que los hombres y aseguran sentirse muy contentas. No saben de abusos ni violaciones. Las mujeres cuando ingresan son obligadas a planificar, pero si deciden tener hijos, lo discuten con el mando y se les da el tiempo para que se vayan y lo tengan. También se les da permiso para visitar a sus familias cada año por unos pocos días. Ninguna de las dos extraña la vida que tuvieron antes.

Lo primero que llama la atención de Jesica, una mujer risueña de contextura mediana, es su juventud. Tiene 17 años y ya lleva cuatro dentro de la guerrilla. Ingresó por su propia voluntad a los 13 años. Al preguntarle los motivos que la llevaron a tomar esta decisión simplemente contesta que “por muchas cosas se mete uno a la guerrilla”. Cuenta que después de terminar su primaria decidió entrar y se siente bien allí. “Me gustó la guerrilla”.

Al preguntarle qué dijeron sus papás cuando ella tomó esa decisión, responde con picardía “me vine volada y al año fui a la casa”. Sus compañeros son ahora su familia. A Jesica se le nota la comodidad con su vida. Dice estar feliz y aunque ha participado en combates en uno de los cuales resultó levemente herida cerca de un hombro, no ha contemplado la idea de salirse.

A Jesica no le gustaría un acuerdo con el gobierno porque “ya no sería lo mismo. Los paramilitares pueden entrar, masacrar los civiles. Mi idea, mi pensamiento, es que no haya paz”. Ella, como Julio, está convencida de que su grupo protege al pueblo y si se desmovilizan, este quedaría desamparado.

Erika, una mujer de baja estatura y menudita, ingresó a los 29 años a formar parte del ELN. Ahora tiene 33. Habla de la misma manera que hablan los indígenas que tienen como segunda lengua el español. Escasamente sabe leer y escribir. Sus respuestas son muy vagas. Sobre el acuerdo de paz y la negociación con el gobierno no tiene ninguna opinión. Su participación en la guerrilla ha sido en emboscadas en carreteras. No ha participado en ningún combate hasta ahora. Afirma que aunque “a veces es duro” estar en la guerrilla, “siempre tenemos comida, gracias a dios”. Tiene pareja dentro del grupo, pero no ha pensado en tener hijos. Erika, como Jesica, se siente en familia dentro de la guerrilla.

Después de hablar con ellas me quedó la sensación de que en la guerrilla estas mujeres encuentran con el fusil el respeto que en la vida civil no logran tener de ninguna manera. Resulta además evidente que dentro del grupo se sienten valoradas y de alguna manera, resguardadas de la violencia de género que tanto azota la vida de las mujeres. Es evidente además que en la guerrilla encuentran una alternativa de vida frente a la pobreza y penalidades de la situación social que padecen fuera de ella.

Hoy, cinco días después de la finalización del cese bilateral, la máquina de guerra ha empezado a funcionar nuevamente. Julio y sus combatientes deben sentirse satisfechos.

El regreso

Al mediodía del 28 de diciembre, damos por terminada nuestra tarea. Los guerrilleros con el comandante a bordo, cubren sus rostros y dócilmente acceden a una sesión de fotografías en las que posan mostrando en primer plano y con orgullo su fusil, ese artefacto que constituye su seguridad y al que los une una especie de devoción. El arma es su cordón umbilical, es su vida, y es finalmente la que en una especie de simbiosis los convierte en máquinas de guerra.

Nos despedimos finalmente y decidimos no almorzar allí con el propósito de desandar lo más rápido posible el camino para llegar a San José del Palmar a una hora en la que la neblina no se haya agolpado todavía. Sabemos que coger camino por esa vía en las horas de la noche resulta casi un acto suicida. Logramos llegar a tiempo, aproximadamente las cinco de la tarde y sortear felizmente la parte más dura. Más relajados continuamos cuando alcanzamos la pavimentada y sin problemas llegamos de nuevo a nuestro terruño cargados de múltiples sensaciones.

Hoy, cinco días después de la finalización del cese bilateral, la máquina de guerra ha empezado a funcionar nuevamente. Julio y sus combatientes deben sentirse satisfechos.