Deberíamos entonces, las mujeres, enfrentarnos a una especie de meditación biológica, entender por qué a veces un cuerpo y una mente parecen presentar una alienación más profunda condicionante de su estado en una sociedad, una meditación que permita confrontarnos, saber qué somos para recuperar la tranquilidad en medio de la presión histórica, social y contemporánea.

 

Por: Shirley Nieto Medina

A las mujeres se les dio el don de ser dos, dice Eduardo Galeano y son dos cuando en el útero se forma una vida; aunque la mujer no es solo útero le diría Beauvoir. Supongo que está también en las entrañas ese vacío del otro. Está en las entrañas incluso de esa mujer que no nace para “ser mujer” con su sangre y con su vientre, sino que “se hace mujer”, que se hace la señora de su vida y la dueña de su mundo. Está en las entrañas de la nostalgia de ese dos que no somos  porque no podemos encontrarlo en alguien más. “El amor existe”, dice la madre que ha parido, dice la bestia que lamiendo a su hijo le limpia preparando su cuerpo como escultura que pintará el mundo.

Al hombre en cambio le es difícil ser dos, dice también Galeano, pero incluso el hombre cuando se formó en el vientre de su madre fue dos, y aunque tal vez escuchó el latido de su corazón como si fuera uno y constante, también escuchó la sangre de sus venas como orientación para reconocer muchos caminos en su elección y su madre sigue siendo ella. Se trata de ser dos,  pues cuando se es dos,  se camina a la par, ya que uno sobre uno no es igual a dos, por eso se construyen las minorías y es así como se quiere conquistar a lo otro, dándole un espejo para que luego ya no se reconozca. Entonces, ¡por qué volvemos a las entrañas a dolernos!

En las entrañas se sienten los dolores emocionales, pero también sabemos que el miedo no permite sentir. Todos tienen miedo, por eso es difícil que alguien sienta, y saberlo conduce aún más a la indiferencia.

Deberíamos entonces, las mujeres, enfrentarnos a una especie de meditación biológica, entender por qué a veces un cuerpo y una mente parecen presentar una alienación más profunda condicionante de su estado en una sociedad, una meditación que permita confrontarnos, saber qué somos para recuperar la tranquilidad en medio de la presión histórica, social y contemporánea. Los padres, por tanto, deberían enseñar a sus hijos sobre el carácter de una mujer, qué es, cómo ha sido ser una mujer y cómo esta se ha enfrentado al pensamiento que le ha dado ese papel en la historia, pues algunos hombres han olvidado que venían de una madre que sufrió los dolores de una vida que le dio la suya.

Quizás por lo anterior se minorice el amor por la patria y la tierra, quizás por eso se cambien sus ríos y sus páramos por el oro más precioso que adorna los cuerpos más corruptos.  Si la mujer es “un error de la naturaleza”, como dijo alguna vez el señor Tomás de Aquino, se verá a la naturaleza como un error, aunque parezca aseveración, y el poder estará en las manos de algunas figuras de la tradición, la patria siempre dividida y la naturaleza siempre fraccionada.

De las entrañas de la madre se sacan los minerales y piedras preciosas, simultáneamente ella también llora, pero a nosotros no nos enseñan en nuestra niñez y juventud que el amor es el mayor de los tesoros y que el tiempo no es oro, que es arte como alguien dijo por ahí,  que es agua, montañas y páramos. Que el amor y el tiempo son todas las partes que conforman una madre, porque si a la madre le quitaran un ojo cómo correrían sus lágrimas por sus hijos y cómo haría ella para alivianar el alma y saciar la sed.

Para terminar con broche de oro, quiero decir de montaña, difícil es que también la naturaleza sea mujer, y eso lo murmura el páramo de Santurbán, porque sabe que 2,5 millones de personas podrían sufrir problemas de suministro de agua, si se lleva a cabo aquella explotación en las entrañas de la tierra, a manos de Minesa, multinacional de Emiratos Árabes Unidos, pero muy unidos, no como nosotros los colombianos que estamos siempre divididos.

Así sigue llorando la tierra, la que es ella, la conquistada. En efecto, hablo de la mujer  porque no sabemos tratarla y en comparación con la naturaleza porque tampoco asumimos su verdadero valor, ese valor que es la parte emotiva, la que no se puede vender, para que nuestra tierra no sea, como diría el subcomandante Marcos, “una eterna fragmentada”.