Mi abuelo me había confesado, una noche mientras jugábamos billar, que su vida nunca fue fácil. Su padre, aunque no le negó cariño, no le concedió el apellido por tener la tez más oscura que la de él. Cuando migraron a Pereira, se abrió camino como zapatero.

 

La primera vez que la había escuchado fue una mañana de domingo, cuando mi abuelo, en su viejo equipo de sonido, la puso después de varios boleros y milongas. Foto cortesía de Bakánika.

Por: Jorman S. Lugo

Ese miércoles por la tarde en la ciudad caía una llovizna que cubría las calles y los tejados del centro, impregnándoles un dejo de nostalgia. Las personas que por ahí circulaban, pasaban bajo sus paraguas y capuchas lo más rápido posible, evitando que la lluvia las salpicara demasiado. Mientras las veía pasar, recordé aquella letra que había escrito Enrique Cadícamo y que había escuchado en la voz del “Polaco” Goyeneche.

¡Garúa!
Solo y triste por la acera
va este corazón transido
con tristeza de tapera.
Sintiendo tu hielo,
porque aquella, con su olvido,
hoy le ha abierto una gotera.
¡Perdido!
Como un duende que en la sombra
más la busca y más la nombra…
Garúa… tristeza…
¡Hasta el cielo se ha puesto a llorar!

 

La primera vez que la había escuchado fue una mañana de domingo, cuando mi abuelo, en su viejo equipo de sonido, la puso después de varios boleros y milongas. Eran domingos en los que, sin saberlo, me educaba el oído y me unía a él para siempre. Desde esos días, empecé una búsqueda en el pasado para poder conversarle, para sorprenderlo algún día con alguna canción y sacarle una sonrisa o una lágrima.

Eso hacía, sin saberlo, mientras caminaba, muchos años después de ese domingo, por una ciudad que no conocía y en la que todo me era extraño.

Al entrar por el pasaje La Bastilla, encontré, al final del pasillo, a Fredy Perdomo. La música lo unió a su padre, no solo por tener afinidades en sus gustos, sino por recibir como herencia miles de vinilos, que a día de hoy, exhibe en su local. Por su padre, empezó a escuchar a la Sonora Matancera y le quedó el gustito por los ritmos antillanos. Fueron muchos los cantantes que pasaron por la Sonora, pero él prefiere a Daniel Santos, en parte, porque era de los favoritos de su padre, y porque le gusta el tono de voz, grave y potente, con el que canta.

“En todas las canciones, el Inquieto Anacobero se destaca por su facilidad para remover fibras, para hacerte sentir emociones. Te transmite todo lo que canta. Es como si él supiera qué es lo que te pasa”

Mientras lo escucho, se me viene a la cabeza la canción Linda. Un bolero donde se le canta a un amor que no puede ser, que no escribe, que no responde. Pero del que aún se guardan esperanzas.

¡Yo no he visto a Linda! Parece mentira.
Tantas esperanzas en su amor cifré
¡No le ha escrito a nadie! No dejó una huella
No se sabe de ella desde que se fue.

Con el recuerdo disipándose, veo a Fredy moverse por el local en busca de vinilos. Cuando llega le pregunto qué es lo que ve en los long play y por qué los prefiere sobre otras plataformas para escuchar música. Foto cortesía de Bakánika.

Con el recuerdo disipándose, veo a Fredy moverse por el local en busca de vinilos. Cuando llega le pregunto qué es lo que ve en los long play y por qué los prefiere sobre otras plataformas para escuchar música.

“Es que mire lo bonitos que son. Los diseños atraen, el disco se conserva, el sonido no cansa el oído y mientras usted lo escucha, puede leer, al reverso, información sobre la agrupación o sobre el trabajo. Usted está aprendiendo dos veces”.

En sus manos tenía varios discos, pero ante mi pregunta volvió sobre sus pasos, frenó el tocadiscos y me invitó a que escuchara lo que venía.

Mi abuelo me había confesado, una noche mientras jugábamos billar, que su vida nunca fue fácil. Su padre, aunque no le negó cariño, no le concedió el apellido por tener la tez más oscura que la de él. Cuando migraron a Pereira, se abrió camino como zapatero.

Luego, conoció a mi abuela y lo intentaron, primero en la casa de ella, luego en otra propia. Pero esa última quedaba cerca del río y periódicamente se inundaba. Me contaba, que en esos días, aunque era un hombre feliz, le costaba llegar a fin de mes. Al final, antes de poder asentarse en un lugar fijo, lo intentó en muchas casas.

La aguja sintió el acetato y sonaron los siguientes compases.

Se fue, dirá la gente del pago;
se fue, tal vez detrás de otro sueño…
Al fin, otro ranchito sin dueño;
al fin, otra tapera tirada
sin tropa ni aguada,
sin gente ni Dios.
Total, otro fogón desdichado,
que un alma ha dejado
sin fuego ni amor.

Antes de volver a la calle, Fredy dice “Al que no le gusta la música, no le gusta nada. ¿Qué haríamos nosotros sin música? Sin la música no podríamos vivir”. Asiento antes de salir y de que advierta, como dice Gardel en el tango, que se me pianta un lagrimón.

Fredy me explica que es un disco de tangos que hizo Edmundo Rivero junto a la orquesta de Aníbal Troilo en el 47 y que la canción que escuchamos cuenta la historia de un hombre que vaga sin rumbo ni amor, de casa en casa, buscando su camino en el mundo.

La voz de Rivero sigue girando en el tornamesa, y el bandoneón que lo acompaña va removiendo fibras. Va haciéndome pensar lo contento que estaría mi abuelo en este lugar.

Antes de volver a la calle, Fredy dice “Al que no le gusta la música, no le gusta nada. ¿Qué haríamos nosotros sin música? Sin la música no podríamos vivir”. Asiento antes de salir y de que advierta, como dice Gardel en el tango, que se me pianta un lagrimón.

Afuera ya no llueve, el cielo está despejado, pero las personas siguen andando con prisa. Menos yo, que dejo caer un par de lágrimas cuando recuerdo que, al llegar a casa, no tendré a quien sorprender con mis hallazgos.