Él ha pasado los últimos años de su vida en las filas de las FARC, donde creció como adolescente que encontró muchas de las cosas que andaba buscando. Hasta abril de este año, 57 menores de edad habían sido entregados por esta agrupación, hoy desarmada, a la Cruz Roja. 

Foto archivo El Tiempo

Por Antonio Molina

Andrés* siempre sonríe. A pesar de su metro setenta y cinco de estatura son evidentes sus orígenes indígenas, los mismos que resaltan en su figura robusta, por completo cubierta con ropa oscura a pesar del día soleado.

Cuando comenta que tiene 17 años de edad la sorpresa cubre el rostro de su interlocutor y de inmediato la reacción es clara: “le hablo todo de mí, pero no de política”. Una manera cortés de solicitar que no le pregunte qué hace allí un menor de edad, en la Zona Veredal La Elvira, municipio de Buenos Aires, Cauca, Colombia, una zona apartada, casi tocando la cumbre de la cordillera occidental.

En este inconcluso campamento se encuentran alojados más de 130 integrantes de las FARC de los frentes 30 y 60, además de algunos miembros de los frentes urbanos de esta guerrilla que recién hizo dejación de las armas, como prefieren ellos llamarlo.

Uno de los puntos complejos del proceso de paz, y al cual se aferran los opositores para restarle credibilidad, es la entrega de todos los menores por parte de las FARC, para que sean recibidos por la Cruz Roja y luego entregados al ICBF (Instituto Colombiano de Bienestar Familiar). Y en la charla con este joven parecen evidenciarse las razones para su apego al grupo armado.

“La paso muy bueno haciendo recocha con ellos, hay unos muy cansones que me hacen reír”. Para Andrés, sus “camaradas”, como los llama, son lo que más quiere. Foto Diego Valencia.

Un hogar en el monte

Las manos de Andrés son grandes y firmes, de alguien acostumbrado a la crudeza de la vida, al desencanto familiar, pues las condiciones no eran las mejores cuando vivía con sus parientes. Por ello, desde los 10 años de edad ya estaba pidiendo a sus conocidos involucrados en las FARC que lo enrolaran. Solicitud que siempre le negaron.

“Me decían que era muy pequeño, que más adelante. A mí me gustaba mucho y quería pertenecer a las FARC, por el respeto que inspiran entre los civiles y porque luchan por la gente. Además, muchos conocidos de la vereda estaban allí. Los soldados nunca me gustaron”. Sigue contando su historia.

A los 14 años, junto con dos amigos de mayor edad, tomó la decisión de ingresar a la guerrilla y fue aceptado. Solo él permanece en la actualidad, pues los otros dos se retiraron. “Eso me dio mucha vergüenza, porque venían conmigo y no cumplieron”.

“De acá me gusta mucho la camaradería, los principios. Me siento muy bien, mejor que en la casa”. Aunque hace ocho meses su madre vino a visitarlo en la Zona Veredal, asegura que poco se comunica con ella por teléfono. “Solo lo hago cada 15 días, no me gusta llamarla porque empieza a contarme los problemas y yo no los puedo resolver”.

“La paso muy bueno haciendo recocha con ellos, hay unos muy cansones que me hacen reír”. Para Andrés, sus “camaradas”, como los llama, son lo que más quiere. Por eso mismo siente nostalgia al saber que pueden separarse en un futuro.

Y por ese mismo motivo surge una de sus mayores tristezas. Aunque nunca participó en enfrentamientos armados, su mejor amigo dentro del grupo sí estuvo en un choque con el Ejército en noviembre del 2015 y allí perdió la vida. “Cuando me contaron que había muerto yo no lo podía creer. Me parecía increíble. No lloré, pero ese día fue muy triste. Yo lo había escogido como amigo por su personalidad, uno se enamora de esa personalidad”. Calla y mira un marcador de tinta azul que tiene en su mano, como buscando algo que sabe imposible de hallar.

Aunque en el pasado tuvo novia, entendía que eso era algo muy complejo dentro de la guerrilla. Prefiere tener amigas, por ahora, mientras decide muchas cosas de su futuro. Para él, y muchos de sus compañeros, hay muchos interrogantes que solo los restantes días y semanas podrán darles respuesta. Esperanza es la palabra que Andrés se repite.

 

Explorar, antes y ahora

Salir a explorar en el monte mientras llovía era una de las tareas que más le gustaba a Andrés. “Todo se pone blandito y las ramas no lo rayan a uno. En verano las ramas son tiesas”.

También explorando una zona, cumpliendo una comisión que le ordenaron, vivió una de las aventuras que más lo marcaron. Fue cerca de Los Robles, como se llama el corregimiento donde en la actualidad se encuentran concentrados.

Desde primera hora de la mañana salió acompañado por dos guerrilleros más para recorrer y reconocer el terreno aledaño al caño Patiobonito, una labor rutinaria que terminó en una pesadilla que los tuvo por más de 24 horas perdidos, sin alimentos y con uno de ellos lesionado en una de sus piernas. En esa época también hizo otras exploraciones, como aprender el manejo del armamento de diferente tipo y hacerse responsable por el buen uso y funcionamiento del mismo.

Hoy, dice con firmeza, “quiero estudiar, es mi gran anhelo”. Apenas aprobó séptimo grado de secundaria y quiere continuar para empezar algo que tenga relación con las tecnologías, comenta entusiasmado mientras se aferra a su celular de gama media, mediante el cual visita páginas sobre este tema que lo apasiona. Esa es, quizá, la mayor exploración que le depara el futuro cercano.

Ronda el silencio durante la noche en este punto de concentración en el corregimiento Los Robles –el mismo lugar donde en 1985 el grupo guerrillero M-19 vio frustrada la realización de su Congreso por la Paz y la Democracia, en el marco del proceso de negociación que culminó con su posterior desmovilización– donde abundan las carpas, algunas edificaciones en madera, otras más parecidas a cambuches y arriba unas cuanta sencillas casas prefabricadas de 24 metros cuadrados cada una, lo que se suma a un llamativo coliseo cubierto construido para ser el escenario de la cancelada visita presidencial de junio, destinada a presenciar la dejación de armas en manos de la ONU.

En Los Robles parece que el fracaso es la señal del pasado, algo que millones de colombianos no desean para el futuro de esta firma de la paz con las FARC. Una paz necesaria para que los sueños de Andrés, y de otros miles que pactaron, se cumplan dentro del cumplimiento de un acuerdo que lo retorne a la vida en franca civilidad.

*Nombre cambiado para proteger la identidad del menor de edad.