No está mal disfrutar de la aniquilación, pero tampoco hay que regodearse en las propias ruinas, no sea que quede con una dolencia incurable o que llegue la muerte antes de estar preparado.

Tomado de revistacritica.com

Vladimir Nabokov. 

Por: Marcela Escobar

Imagínese despertar un día y encontrarse con que alguien descubrió por fin la forma de cómo ir mutilando cada parte del propio cuerpo de a poquitos. Rápidamente se siente interesado –de manera discreta, no vaya ser que la pobre humanidad se escandalice–, y más cuando se entera de que para ello no tiene que mover ni un dedo porque es el cerebro quien se encarga de dar el peculiar mandato. Así es, solo tiene que adiestrar su pensamiento en el arte de la simulación, para que, haciendo de neurotransmisor, se encargue de dar la orden de autodestrucción al cerebro. Usted sigue repasando las indicaciones del novedoso método, cumbre de nuestra evolución, en el que le venden el suicidio hecho placer. Antes que nada, le dicen, debe usted aprender a proyectar mentalmente la imagen de sí mismo. Debe repasar una a una y con detalle cada parte de su cuerpo, y cuando haya logrado recrear, no sin cierta repulsa, su propia imagen en esa dimensión oscura que se sitúa al reverso de sus párpados, está oficialmente listo para empezar con el borrón.

Lo más difícil será lograr su propio bosquejo. Pruebe imaginar cada detalle de la masa con la que arrastra cada día y a la que la mayoría llama cuerpo. Pero si su habilidad para imaginarse es más bien nula, entonces pruebe con diversas estilizaciones: una hilera de huesos, torpes líneas formando un esqueleto, o escuetas rayas para formar una criatura hecha de palos.

Cuando lo haya logrado, empiece lentamente el proceso de borrado. Evidentemente, puede iniciar probando a eliminar lo que siempre ha detestado. Irá entrando, progresivamente, en un especial estado de autohipnosis y con cada miembro con el que vaya probando su autoexterminio alcanzará una voluptuosidad a la que su carne se verá luego acostumbrada. Pero no crea que este trance le permitirá despegarse de usted mismo: el procedimiento aún no tiene semejante alcance, por desgracia. Y si la voluptuosidad alcanzada ya lo tiene satisfecho, vaya restaurando entonces su autoimagen detalle a detalle. Sin embargo, tenga cuidado: no ha de olvidar que no es posible darse el lujo de aniquilarse, por ejemplo, el esternón. No está mal disfrutar de la aniquilación, pero tampoco hay que regodearse en las propias ruinas, no sea que quede con una dolencia incurable o que llegue la muerte antes de estar preparado.

Ahora que ya lo tiene todo claro, puede agradecerle al brillante profesor y neurólogo, el doctor Philip Wild, creador del método, quien gentilmente escribió estas palabras a propósito de sus experimentos: “Di con el arte de eliminar mi cuerpo, mi ser, mi mente misma. De eliminar el pensamiento –¡un suicidio de lujo, una disolución exquisita!–. «Disolución», de hecho, es un vocablo maravillosamente acertado aquí, porque mientras estás todo relajado en esta cómoda silla (…) empiezas a destruirte a ti mismo”.

PN750_GAl entusiasta lector le complacerá saber que semejante personaje tan excéntrico solo pudo haber salido de la mente del irónico y genial Nabokov. Hacia 1977, el escritor trabajaba en la que sería su última novela y a la que podemos acceder mediante sus acostumbradas fichas de borrador. Sin embargo, cuando presintió su propio final, pidió a su esposa Véra –muy a lo Kafka– que, en caso de no alcanzar a completarla, destruyera los papeles que conformarían lo que hoy conocemos como El original de Laura. Pero Véra no se atrevió y delegó la responsabilidad a su hijo Dmitri, que decidió publicar la obra embrionaria.

Una obra en la que se gestaba el más divertido y oscuro humor nabokoviano, y en la que se filtran sus obsesiones y guiños literarios. Novela dentro de otra novela –aunque no puede ser leída como tal, puesto que solo contamos con fragmentos dispersos e inacabados–, Nabokov alcanza a perfilar una serie de personajes, entre los cuales destacan Laura (que vendría a ser el doble de Flora en la novela dentro de la novela), una caprichosa y sensual jovencita que nos recuerda a Lolita; y el doctor Philip, por supuesto, con su idea de autodisolución progresiva.

Nabokov juega aquí a dominar la vida y la muerte, transformando a esta última en un acto revocable y manipulable:

“Al experimentar con uno mismo a fin de elegir la muerte más dulce, uno no puede, como es obvio, prenderse fuego a una parte del cuerpo o vaciarla de sangre o someterla a cualquier otra operación tajante, por la sencilla razón de que se trata de tratamientos irreversibles: no se puede resucitar el órgano que acaba de destruirse. Lo que resulta decisivamente diferenciador es la posibilidad de detener el experimento y regresar intacto de tan peligroso viaje, una vez que el estudiante de la autoaniquilación llega a dominar esta misteriosa técnica”.

Y es así como nos muestra, con su ironía habitual, el arte de poder jugar con la muerte y de manejarla a nuestro antojo; un proceso, nos dice, que depararía el mayor éxtasis que a los pobres hombres nos habría sido dado conocer jamás.