Ella lo llevó al patio. En penumbras. Varias jóvenes estaban reunidas allí. Habían encendido velas y las habían dispuesto en círculos. Tercera hora: ni siquiera hubo poesía y seguro David se fue con otra chica que no es Juliana.

 

Por: Elbert Coes

Ilustraciones: Sara Herranz

Se bajó del articulado en la estación El Lago, empujado por la gente que entraba y salía mientras consultaba la hora en el celular. Permaneció en la estación unos minutos para obtener wifi público. Salió después de notar que la red estaba lentísima. Caminó por la Séptima y en la esquina de la calle 22 le entró una llamada. Era David. Contestó esquivando a la gente que caminando por la misma acera iba en sentido opuesto al suyo.

David, ya estoy en el centro. Tengo que ir al cajero porque no tengo plata. ¿Dónde está usted?

¿Cuánto se demora? Yo estoy detrás de la alcaldía. Veámonos en el Bolívar Plaza. El centro comercial.

De acuerdo. Nos vemos en el lobby en diez minutos.

Había una larga fila en el cajero. No entiendo como mierda hoy sábado hay tanta gente. Nueve personas para tres cajeros. Le daba vueltas a la tarjeta entre los dedos, más con estilo que con nerviosismo. La fila se movió rápido. Una cerveza. Dos cervezas. Comida después de las diez. Juntar para aguardiente. Vino. ¿Qué tomará esa gente? Whisky no. No sacaré para whisky. ¿Veinte mil? No. Cincuenta. Mejor que no haga falta. Se instaló frente al cajero y tardó menos de un minuto en extraer el dinero. Tres billetes que contó rápidamente. Ojalá todo el mundo fuera tan ágil como yo. Cinco minutos después se encontró con David en el lobby del centro comercial.

Bacana esa chaqueta. ¿Está estrenando?

Sí. Apenas para hoy, ¿no?

O sea que va de ataque hoy.

Juan Sebastián movió las cejas. Se miró la chaqueta y se llevó las manos a los bolsillos. Era negra y de cuero, con cierres plateados y cuello que se alzaba y le daba aspecto de roquero de los ochenta.

¿En serio me queda bien?

Se le ve bien. Luego me la presta.

Tomemos un café. ¿Qué hora es?

Seis y media, dijo David mirando el reloj de mano.

¿Qué es lo que habrá?

Por lo que sé, poesía y música. Van a tocar Leo y el hermano. Son buenos.

¿Qué tocan?

Rock en español. Soda estéreo, Enanitos Verdes. Música suave. Ya los he oído. Canta el hermano y canta bien.

Salieron del centro comercial y atravesaron la plaza del frente. Casi inconscientemente llegaron al callejón detrás de la alcaldía. David señaló una mesa fuera y tomaron asientos.

Julieth me escribió por la tarde, dijo David. Lo más extraño es que me dijo que venía con dos amigas. ¿No es raro?

¿Por qué es raro?

Significa que si viene con amigas no va a estar conmigo. A menos que quiera meterme a una de las amigas por los ojos. Eso sería todavía más raro.

Juan Sebastián rió sin ganas. Una mujer pequeña llegó a tomarles el pedido. Dos cafés, uno de ellos sin azúcar.

Me pregunto quién irá a recitar, dijo David.

No tengo idea. Usted sabe que a mí esas cosas no me interesan. Yo voy es por el trago y las chicas. Se rascó un lado de la cabeza. Escuché que harán una especie de ritual.

Esa gente sí que es extravagante. Todo el tiempo se anda con su izquierdismo, ya sabe, están medio locos con sus ideales del campo y el poder del pueblo. Si no fuera porque esas chicas son lindas, no me metería con ellos. Hablando de eso, ¿usted por quién va a votar?

¿Votar? No, hermano, ni que estuviera reventado ya. Mejor me rasco las pelotas todo el día por el futuro de este país.

Hay que votar, Juanse. Como sea, pero hay que votar.

Lo mismo decía yo antes. Pero ¡bah! ¿Sabe qué? No me desgasto. Lo mío son las mujeres y el cine. Mientras pueda tener uno que otro empleo, que se pudra todo.

Yo sí voy a votar.

Juan Sebastián se recogió de hombros. ¿Por quién?, preguntó.

Me gusta…

¿Usted me dijo sin azúcar?, preguntó la camarera cargando los dos cafés.

David respondió con movimiento de cabeza. Le timbró el celular y contestó. Juan Sebastián supuso que era Julieth, y se puso a mirar la gente que pasaba por el callejón y a los que conversaban en las otras mesas. Docentes, corbatas. Trajes de alquiler. Empanadas frías. La noche iba llegando suavemente y la temperatura descendía. Mi chaqueta será adecuada para este frío. Se miró la cara en la cámara frontal del celular, peló los dientes y se pulió la barba con la otra mano. Diez minutos y David hablando con la chica del momento. Nunca tenía una novia de verdad. Así son los poetas. Él sí va a la velada por la poesía. A mí lo que me interesan son esas chicas de ojos grandes y arrebatadas, les gustan el trago y la hierba, y el sexo. Quién sabe, hasta algo me resulte hoy. David terminó de hablar y le dio un sorbo a su café humeante.

Las mujeres son muy raras, dijo.

¿Qué pasó?

Ahora dijo que no va a venir. Que se van a reunir en la casa de ella.

Mejor, ¿no? Así no está usted todo el tiempo pendiente de ella.

También, dijo, y se quedó pensativo. Volvió a sorber su café.

Juan Sebastián ya había acabado el suyo azucarado. Jugueteaba con el palito de mezclar y un poco de líquido que quedaba al fondo del vaso desechable.

Yo prefiero no encartarme con ellas. Prefiero estar soltero. Después de Mariana no quiero saber nada de noviazgo, hermano. Ahora no. Eso mejor vivir y gozar. Y hacer las cosas que a uno le gustan hacer.

También, dijo David, con el vaso humeante a la altura de los labios rosados. ¿Nos vamos ya?

¿Qué hora es?

Cinco para las siete.

Seríamos los primeros.

¿Y eso qué?

No sé. Es muy aficionado.

Esa gente es fanática. Ahora mismo ya deben estar ahí todos, y desde la mañana.

Ya deben estar ahí las chicas.

Seguro.

Se levantaron, pagaron y salieron del callejón para atravesar otra vez la plaza. Tomaron la Octava y bajaron por la veintidós hasta llegar al pie del edificio de seis pisos. Juan Sebastián detalló la altura y David tocó el timbre. El cielo no tenía una estrella. Probablemente llueva más tarde. Eso me dañaría la noche. Tenía las manos en los bolsillos de la chaqueta. Vio una chica asomarse en el balcón del tercer piso, era de esas de ojos grandes.

Hola, dijo.

Hola, dijo la chica.

Venimos para el evento.

La chica desapareció del balcón y al momento la puerta se abrió. David la empujó hacia dentro. Entraron y subieron por las escaleras hasta el tercer piso. La puerta del apartamento estaba abierta. La chica de ojos grandes organizaba bandejas de pasabocas encima de una mesa en la sala.

Bienvenidos, dijo. Sigan. Siéntanse como en su casa.

Juan Sebastián la examinó: tenía el cuerpo delgado y armonioso. Las prefiero más grandes. Tetas más grandes. Culo más grande. Adentro había más chicas. Se escuchaba un reggae alegre. Olía a aromatizante natural. La sala estaba condicionada: sillas, sofás, bancas, formaban un círculo alrededor. Cinco botellas de vino barato en otra mesa. Fue llegando más gente, chicas jóvenes, algunas de ojos grandes y mirada furtiva y expresión arrebatada. Hay de dónde escoger. Hola. Buenas noches. Qué tal. Cómo estás. Él las miró a cada una y les respondió con la misma coquetería.

Ya vamos a empezar, iba anunciando la voz de un sujeto alto y barbado con aspecto de líder. Le decía a los que se encontraba en su paso por la sala, el balcón, el pasillo. De uno en uno, de par en par, de trío en trío. Así. Ya vamos a empezar, sentémonos. Cuando la mayoría ocupó las sillas dispuestas en círculo alrededor de la sala, el alto de barba habló. De que esa era la nueva sede del partido. Mierda, dónde me vine a meter. Del candidato al que el partido iba a apoyar en las próximas elecciones. No, vida hijueputa: al que no quiere caldo le dan dos tazas. De la continuidad de la lucha del partido contra la corrupción y la impunidad. Como si alguno se merecieran el rótulo de Mesías. Hombre, hombre —decía— en nuestras manos está el cambio. Hombre —decía—, si nosotros no actuamos, nadie lo hace. Vamos, hasta yo que no voy a la universidad sé que la participación política sigue existiendo porque ninguna civilización actual ha hallado algo mejor. Eso de la constitución y la democracia. Me río. De que los jóvenes —la mayoría de los asistentes—, tenían la obligación de continuar la lucha. Hombre, hombre —decía el discursante— metámosle la consciencia a nuestros amigos y familiares. Hombre, el país se merece un dirigente como… Esa chica de ojos grandes y pelo rizado y tetas grandes es demasiado bonitas para salvar al país. No no no. Lo dudo. Ja, ja, ja. ¿Qué mierda hago aquí? ¿Dónde está David? Juan Sebastián miró a todos lados. Se encontró con los ojos cafés y grandes de la chica de cabellos negros y rizados.

Ella sonrió y él le repitió el gesto con devoción. Varias veces. Esto se pone bueno. ¿Dónde mierda está David? Las sillas en círculo con las caras todas de frentes impedían que se rascara el torso cómodamente. Habría parecido con intenciones de mostrar su chaqueta nueva. Espero que esa chica de ojos grandes no se esté fijando solamente en mi nueva Hugo Boss.

Al que discursaba le siguió una chica arrebatada y delgada, cuyo atractivo era también su carácter discursivo y su popularidad. Tenía los ojos claros y el cabello castaño y largo, liso. Tampoco cambiarás al país. Pero se entretuvo con la cadencia de sus labios al modular. Rojos intensos, a propósito. Labial barato de la 17 con sexta. Ya me pica el culo de oír hablar de estos tipos que cagan oro y comen mierda. Siempre la misma gente. Uno que otro chiste nuevo de los mismos bandoleros. Los mismos apellidos y la crítica que los hace famosos y aumenta su fanaticada, como mi equipo del alma: prefiero mil veces ir a ver jugar al Nacional. Al menos en el estadio las puñaladas son de frente.

Cerró el discurso, sin muchas variaciones, una mujer madura. Tres horas. Tres personas hablaron durante dos horas. Llevo tres horas en este antro y no he tomado un trago. Una ventana. El balcón. Se acabó la politiquería. La gente se levantó de sus sillas y la chica que les había atendido pasó ofreciendo panecillos y gaseosa en vasos desechables. Juan Sebastián comió y tomó de sopetón y se fue al balcón. Llovía más allá, la calle estaba encharcada y húmeda y los automóviles pasaban despacio, como si temieran resbalarse.

Allí junto a la baranda apareció pronto la chica de ojos cafés y pelo negro y rizado. Se miraron y se sonrieron.

¿Es nuevo en el partido?, preguntó ella.

Lo tomó por sorpresa. Y él usó una táctica que le enseñó David. ¿Dónde estará este tipo?

¿Qué es lo que van hacer en el patio?

Es un ritual que acostumbramos después de cada reunión.

Juan Sebastián masticó la información y como la chica parecía amable además de sexy, volvió a preguntar:

¿Ritual de qué?

Se nota que es nuevo en el partido.

Ella lo llevó al patio. En penumbras. Varias jóvenes estaban reunidas allí. Habían encendido velas y las habían dispuesto en círculos. Tercera hora: ni siquiera hubo poesía y seguro David se fue con otra chica que no es Juliana. ¿Dónde están los hermanos esos que iban a tocar rock en español? Los jóvenes rodearon las velas y se tomaron de las manos e hicieron votos.

La chica de ojos grandes, que estaba fuera del círculo junto a Juan Sebastián, le ofreció un vaso de vino barato. Le tomó de la mano, y mirándole por debajo del techo de sus cejas negras, le preguntó:

¿Piensa entrar en el partido?

Juan Sebastián vaciló un instante. La única forma de cerrar este negocio hoy es aceptando que me gusta el partido. Y, como hechizado por aquellos ojos grandes cafés, respondió pensando en la resaca del día después:

Sí, seguro que sí. Entraré al partido.

@elbertcoes