TOMÁS DE AQUINO Y LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

¿Para qué deseamos la inmortalidad? ¿Para hacer examen de conciencia y cambiar de rumbo o para seguir arrasándolo todo y a todos a nuestro paso? ¿Y qué haremos con todo ese tiempo? ¿Volvernos creativos y solidarios o abandonarnos del todo en los brazos de la industria del entretenimiento?

Escribe / Gustavo Colorado Grisales – Ilustra / Dall-E / Intervención – Stella Maris

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

Philip K. Dick

En las primeras páginas de La Suma Teológica Tomás de Aquino advierte que Dios creó el universo de una vez y para siempre. De ahí en adelante, éste se encargaría de auto engendrarse y perfeccionarse como una prueba de los atributos divinos. La metáfora bíblica de la creación del mundo en siete días apunta en esa dirección.

De esa sencilla idea después se derivaron discusiones y concilios sobre el libre albedrío, la predestinación, la índole de la naturaleza angélica y demás asuntillos a los que son tan proclives obispos y cardenales.

A menudo olvidamos que la teología es una rama de la filosofía, y por eso mismo un camino hacia el conocimiento, en este caso, al conocimiento de Dios.

¿Y a cuento de qué la alusión a santo Tomás planteada en el título de esta entrada? se preguntarán ustedes. ¿Cuál es su relación con las máquinas pensantes, los androides de los que tanto se habla por estos días?

Bueno, para empezar, creo que por ahora, no deberíamos hablar de máquinas pensantes sino de máquinas pensadoras, en la medida en que son diseñadas por una mente humana para desempeñar funciones similares a las del cerebro. Un programa para jugar ajedrez, los dispositivos para cirugías no invasivas o el sistema de control electrónico de un automóvil pertenecen a esa categoría.

Por ahora, dije, porque las máquinas serán pensantes cuando adquieran la autonomía y el discernimiento necesarios para la toma de decisiones frente a situaciones complejas planteadas por el entorno o por su propio mecanismo de funcionamiento.  Esa es, nos dicen, la tercera fase de la Inteligencia Artificial.

Y es ahí cuando afloran desafíos tan caros al devenir de la filosofía, como la ética, la moral y los valores vistos a la luz del derecho y la religión. Una de las grandes preocupaciones surge cuando se plantea la pregunta acerca de la capacidad que tendrán las máquinas para rediseñarse, (perfeccionarse, según el teólogo) y multiplicarse (auto engendrarse) de manera exponencial.

Si a lo largo de los siglos millones de seres humanos dejaron de creer en el Dios de los teólogos y lo dejaron atrás para dedicarse a adorar otras cosas, entre ellas la ciencia y la razón, con las secuelas por todos conocidas, del mismo modo –aseguran– en su avance la Inteligencia Artificial nos dejará atrás a los humanos en mucho menos tiempo.

Para probarlo, basta con echarle un vistazo a la velocidad con que se han transformado las cosas después de la Segunda Guerra Mundial, dándole de paso la razón a las intuiciones de Einstein sobre la relatividad de la relación espacio-tiempo.

¿En qué nos convertiremos cuando las máquinas tomen el mando? Se preguntan los pensadores más pesimistas, abrumados por la idea de que nos aproximamos sin remedio a la reedición electrónica de la fábula del Aprendiz de Brujo –¿Lo recuerdan en la película de Disney?–, incapaz de controlar las fuerzas que él mismo desató, seducido por su insensatez?

Si el mundo de hoy está interconectado –insisten– cualquier acto derivado de la decisión de la Inteligencia Artificial podría generar una reacción en cadena que afecte los servicios públicos y financieros, los sistemas de salud, el suministro de alimentos y materias primas, la actividad educativa, la seguridad misma de los países y los impulsos privados de los individuos.

Escuchándolos y leyendo sus artículos, se hace inevitable evocar la sentencia de un personaje de la película Network (1976) de Sidney Lumet, que citaba a su vez a George Orwell: “El infierno acaecerá sobre la tierra cuando todos estén conectados”.

En el otro bando –siempre habrá otro bando– se ubican quienes señalan las bondades de la Inteligencia Artificial en el campo de la ciencia y la investigación científica. En la medicina, por ejemplo, se podrán instalar Nano robots que recorran el cuerpo humano en todas las direcciones, reparando cuanto órgano dañado encuentren en el camino.

Siguiendo esa ruta, nos acercamos cada vez más a la inmortalidad, sentencian algunos, en los límites de la euforia.

Eso de acercarse a la inmortalidad no deja de producir desazón. Porque los límites de la inmortalidad suelen estar siempre cerca del abismo.

Es entonces cuando resurgen preguntas incómodas del tipo. ¿Para qué deseamos la inmortalidad? ¿Para hacer examen de conciencia y cambiar de rumbo o para seguir arrasándolo todo y a todos a nuestro paso?

¿Y qué haremos con todo ese tiempo? ¿Volvernos creativos y solidarios o abandonarnos del todo en los brazos de la industria del entretenimiento, hija natural del tedio y la consiguiente desesperación del que no sabe qué hacer con sus excedentes de ratos libres?

De paso, no olvidemos el perturbador sentido de la palabra pasatiempo o, peor aún, de la expresión matar el tiempo.

Por lo pronto, ya que estamos en el plano de las preguntas, no sobra formular otra: Si la condición de mortales no ha podido aplacar en nosotros la codicia, la soberbia y el afán de dominación, ¿qué podremos esperar cuando nos sintamos libres de esas ataduras?

Es de suponer que, más allá de los prodigios de los Nano robots, en el plano ético no haríamos más que empeorar la situación… aunque, bueno, en mi remota adolescencia, en una película entonces futurista de cuyo título no puedo acordarme, un cruce de poeta y científico loco diseña un androide capaz de rigor moral.

No sé qué fue de él. A lo mejor ande todavía por ahí.

 

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada