En su cuello porta la medalla de San Benito, para estar protegido y salir bien librado en cualquier circunstancia adversa. El fusil lleva un escapulario que le regaló a Marco un dentista en Puerto López: Inclusive yo rezaba para que no fuera a fallar ¡imagínese! Eso era una inconsistencia ¿no?, uno pidiéndole a Dios que no falle para matar a otro.

 

Por: Adrián Ríos Olaya

Esconder su pasado ante la sociedad. Refugiarse en el suroeste antioqueño, a pesar del apogeo del paramilitarismo. Bohórquez, un Mayor del ejército, intercepta a Marco, lo hace subir en una Chevrolet Luv azuloscuracuatropuertas, la gente creyó que a mí me iban a matar, ¡porque al que subieran en ese carro…! Bohórquez se lo llevó para el Batallón.

Ocho años de edad, su primera terapia de electrochoques. El coctel de barbitúricos lo encabezan el Fenobarbital y el Tegretol, Marco solo recuerda esas dos pastillas de las siete que le dio su madre, la señora Ligia. Cada vez que él se pone agresivo, deben bañarlo y darle los medicamentos en la comida. Duerme unas diez horas, a eso de las seis de la tarde se despierta desorientado, perdido, Ma ¿Ya amaneció? La señora Ligia solo atina a decir que sí; le da un plato de comida con más pastillas. Durante cinco años las pastillas aplacarán a Marco.

Trece años de edad, Marco cambia los barbitúricos por psicotrópicos. La marihuana la conoce por compañeros del colegio. Después agrega a la mezcla pepas recreativas. Las peleas en el colegio son constantes, esto ocasionará su expulsión. Jornalea el campo al igual que su padre, el señor Abelardo. Marco sigue con su coctel a pesar de que sus padres ya lo sepan, ellos se dieron cuenta de que yo consumía droga, pero ya era un adulto cuando eso. Empecé a tener problemas sociales.

Trece años de edad, Marco cambia los barbitúricos por psicotrópicos. La marihuana la conoce por compañeros del colegio. Ilustraciones / Conrado Barrera

 Huir de los problemas

En el Batallón, el Mayor Bohórquez recibe de manera amistosa a Marco, ahí en el pasillo fue donde él les dijo: “este es un sargento”. Entonces los pelaos, los reclutas me decían: “¡Mi sargento! ¡Mi sargento!” Seguro pa’ que me fuera gustando. Bohórquez le ofrece un trabajo a Marco: hacer inteligencia en la zona para informar sobre irregularidades que se estén dando. Marco empieza a recordar sus labores de inteligencia y contrainteligencia que ejerció en el municipio de El Bagre con el ejército. Los recuerdos de las torturas y los enfrentamientos se avivan al interior de él. Las alternativas son empuñar nuevamente el cuchillo con el que hizo el popular corte de corbata o simplemente huir al llamado que le hacía el Mayor Bohórquez.

1985, existía la limpieza social, y a mí me avisaron: yo estaba en la lista. ‘Chanorris’ es el cabo de la policía que tiene como objetivo asesinar a Marco y los demás que estén en la lista. ‘Chanorris’ es recordado en el municipio de Andes porque fue el que defendió el robo al banco Cafetero del grupo guerrillero EPL en 1986.

Marco emprende la huida a pie por la vía Jardín – Río Sucio. Allí trabaja el campo por un tiempo; después regresa a Andes, donde es enlistado por el ejército. Era la salida fácil con el fin de evitar su muerte. Es llevado al batallón de la Cuarta Brigada en Medellín: las pruebas físicas y psicológicas las aprueba sin ningún inconveniente. Luego es llevado a Santa Marta: con Marco van 149 antioqueños que se encontrarán con 100 santandereanos en el batallón número cinco de Córdoba. El 16 de junio de 1986 ingresa; seis meses después juraría bandera.

En esa fase de contraguerrilla nosotros fuimos entrenados para matar. 1,65 metros de estatura; 55 kilos de carne, hueso, vísceras y músculo para matar; bozo al estilo Cantinflas y el corte a la schuler…

Contraguerrilla

Seleccionan 45 para formar un grupo que se llama fuerzas especiales. A uno lo seleccionan es por el entrenamiento. Yo quedé entre los 45 y de ahí sacaron cinco para ser escoltas del Coronel Revilla. Después de ser seleccionado, Marco y el resto de sus compañeros tienen tres meses de entrenamiento en la Sierra Nevada de Santa Marta. En esa fase de contraguerrilla nosotros fuimos entrenados para matar. 1,65 metros de estatura; 55 kilos de carne, hueso, vísceras y músculo para matar; bozo al estilo Cantinflas y el corte a la schuler, utilizado con frecuencia por los militares. También están sus tatuajes: un corazón flechado, cuatro números y la cabeza de un águila en el hombro que esconde actualmente bajo la manga izquierda de sus camisas y camisetas; prefiere no mostrar el desvanecido trazo del ave que en sus años de servicio militar lucía y exponía con orgullo.

El tiempo de drogadicción mía más fuerte fue en el ejército. Los camiones que se decomisan por tener cargamento ilícito con droga, llegan al batallón. Los soldados aprovechan para saquear la carga.

El grupo de contraguerrilla al que pertenece Marco arriba a El Bagre, ya que los hostigamientos contra el ELN se intensificaron en la región del Bajo Cauca antioqueño. Puestos de control y retenes. Contrainteligencia: yo en el área de El Bagre, Zaragoza, Caucasia… trabajé mucho de civil. En los trabajos de contrainteligencia, Marco y otros compañeros se ponen brazaletes de grupos guerrilleros, colocan retenes e investigan a la población civil. Nosotros volvíamos a entrar al monte, nos colocábamos el uniforme e íbamos por ellos; esas personas así se sacrificaban. Nos habían entrenado para ser buenos en lo que hacíamos, y yo quería ser el mejor. Cortar el cuello era el método más efectivo para matar a una persona. El cuchillo de Marco, conocido por aparecer en las películas de Rambo, era el que ejecutaba la acción guiada por su brazo derecho: de 30 centímetros con serrucho por encima…los ramalcitos, cada nudito era un chulo… me acuerdo hasta que había seis o siete

En su cuello porta la medalla de San Benito, para estar protegido y salir bien librado en cualquier circunstancia adversa. El fusil lleva un escapulario que le regaló a Marco un dentista en Puerto López: Inclusive yo rezaba para que no fuera a fallar ¡imagínese! Eso era una inconsistencia ¿no?, uno pidiéndole a Dios que no falle para matar a otro.

Adentro de la Chevrolet Luv azuloscuracuatropuertas, Marco recuerda las veces que empuñó el cuchillo y las otras tantas que aplicó el tormentoso toallazo a sus víctimas. No quería hacer nuevamente eso, en mi mente no cabía que yo tenía que volver a ese mundo. Lo primordial para él es proteger a su hija con escasos dos años y su esposa Marcela que está en embarazo.

El Comandante Cáceres ordena capturar a un joven de catorce años, el muchacho pasaba buscando unas mulasEl Comandante dijo que el hombre era un guerrillero. Lo torturan: una toalla en la boca, mientras le ponen el chorro de agua para ahogarlo; le asientan la pistola en la cabeza. Sin embargo, el joven dice que busca las mulas de su padre. Durante quince días recibe tortura. Lo visten con uniforme de guerrillero. La misión de Marco es matar al jovencito y tirarlo al río.

Yo sabía que el muchacho era inocente. Le dije “tírese al suelo, yo le voy a amarrar las manos atrás para dejarlo aquí”. Como me estaba demorando para eliminarlo, él volteó la cara, me miró y con los ojos me decía que no lo matara. Empezó a llorar, y yo no fui capaz de matar a ese muchacho. El Cabo Jiménez es quien lo asesina. El cuerpo es arrojado al río Porce.

Marco se monta a la chalupa. Los soldados discuten la escena que acaban de presenciar. Yo estaba como endiablado. Quita el seguro del fusil, “¡Si no les gustó! ¡Si les chocó!, ¡Si nos vamos a ir al río nos vamos todos!”. Ellos sabían que yo estaba loco.

Los silencios de Marco están ahí. La marihuana y otras drogas también; la mirada se transforma fría, fija, como mirando en el vacío: perdida: no sé qué impresión daría, pero no era buena.

Marco pierde la confianza del Comandante. Se dedica a hacer labores de contrainteligencia. Un hombre canta. Rómulo Caicedo con su llanto militar suena en la voz de Marco. Raras veces toca la armónica. Torturas. La mina del corregimiento de Puerto Claver se convertirá en una fosa donde estarán los cuerpos asesinados por los compañeros de Marco. Él solo recordará ocho muertos que enterraron en la fosa, ya que al hacer contrainteligencia no estuvo presenciando los demás asesinatos. Marihuana para soportar las torturas. Marihuana por los compañeros caídos. Marihuana y una armónica para sacar las tristezas y retar al diablo; el machete empuñado, aguardando al susodicho para zamparle su guascazo.

Marco se monta a la chalupa. Los soldados discuten la escena que acaban de presenciar. Yo estaba como endiablado.

De regreso

El cuarto contingente había cumplido su tiempo de operaciones. De nuevo a Santa Marta. Por unas semanas debían prestar guardia en el Batallón, mientras esperaban la licencia por los servicios prestados. 4186 es la marca que lleva Marco en el brazo izquierdo, la que recordará para siempre a pesar de estar borrosa.

Marco regresa a Andes. Él se entera de las amenazas que recibe su padre por parte de la guerrilla. Un ataúd con flores, una cruz y un papel que decía “viejo hijueputa, esta es la última. A la próxima lo matamos”, fue la última boleta que llegó a manos de Ovidio, porque a los días a toda esa gente la pelaron.

Yo no dormía en la cama, sino en una hamaca. Yo salí con delirios de persecución, yo escuchaba todo: un perro latir, escuchaba que me van a matar. Yo salí destruido del ejército. Yo consumía droga día y noche: marihuana, Sinogán, Tegretol y me tomaba el aguardiente sin pasante. Marco se encerraba en el cuarto y descargaba todo el tambor del revólver contra la puerta de la habitación. La única persona que él toleraba ver era su madre, la señora Ligia. Marco se consideraba un enemigo de su padre. Él parecía tener el complejo de Edipo hacia su madre, él hacía lo que fuera por la mamá, dice Marcela, esposa de Marco.

Entre peleas con y sin machete continuaba la vida de Marco. Su estado de conciencia no era el más adecuado. Su ir y venir se encaminaba entre la finca y las ollas de drogadicción. Allí precisamente nació su primera hija, Antonia, producto de su relación con una mujer que vivía en esos lugres. Cuando yo me di cuenta que ella estaba en embarazo, al mes y medio de nacida le quité la niña y me la llevé para la finca.

 

Conversión al evangelio

En el noventa y dos llegó el evangelio a la casa. Un hermano de mi mamá llegó del Valle y empezó a hablarme del evangelio. Yo me fui de la casa. Empaqué la maleta y me fui para el Valle. Antonia se queda con doña Ligia. Tres meses estuvo en el Valle. Al regresar había un cambio notorio en Marco, era como si sus demonios hubiesen sido exorcizados. Había dejado de consumir marihuana. En el Valle no se negó a creer en Dios.

Después de convertirse al evangelio, Marco se dedicó a promulgarlo; así conoció a su esposa, Marcela, con quien tuvo dos hijas. El trabajo del campo y las obligaciones familiares le mantienen ocupado el pensamiento. Sin embargo, Marco no olvida su pasado. ¡Le daban unas crisis! Ya quería estar encerrado, no quería hablar con nadie, recuerda Marcela. Las crisis le duraban ocho o quince días… Ahora ya no tanto. A mí me tocó eso cuando tenía quince años y estábamos casados.

 

Bohórquez y la huida

Él me había dicho que si aquí llega gente del ejército por ningún motivo abra la puerta. Pero llegó un día que tocaron la puerta, yo me asomé y era ese señor. Él me dijo, ábrame. Yo del susto le abrí. El Mayor Bohórquez pregunta por ‘El tigre’. Marcela les dice que está cerca y no tarda en llegar. Diez minutos después regresa Marco, pregunta al Mayor Bohórquez el motivo de la visita. Él le dijo que venía a visitar y conocer a la familia, dice Marcela.

Al mes después de que vino ese señor nos fuimos. Los traslados no se harían esperar. Tal como sucede en el ejército, Marco debe cambiar de posición para no ser detectado por el Mayor Bohórquez. Sin embargo, en la camioneta Chevrolet Luv azuloscuracuatropuertas se subiría un par de veces más para ser tentado con los ofrecimientos que haría Bohórquez. Los movimientos de él y su familia oscilan entre fincas, la casa del padre de Marcela y la finca del señor Abelardo. Él bajaba al pueblo solamente a mercar, dice Marcela.

Después de unos años Bohórquez se iría para otro Batallón. Marco se establecería con su esposa y dos hijas cerca de la casa del padre de Marcela. Hubo tiempos en que él se iba y se demoraba en regresar dos, tres semanas, hasta un mes, dice Marcela. Se iba para donde la mamá y no se acordaba de nosotras. Él era muy apegado a la mamá. Esa fue su debilidad… y ahora son las hijas.

Las ausencias de Marco fueron disminuyendo con el pasar del tiempo, al igual que sus estados de alteración; la doctrina militar permanece, pero no de la misma manera. Aún conserva rastros del motilado al estilo schuler; cuando permanece solo en la casa, toca su armónica vetusta y desbaratada. Las memorias de los combates, las torturas, los compañeros de contingente, quedarán grabadas en la tocada mente de Marco. Ser el mejor en lo que haga será su sello característico.

Algún día avistará la muerte y reclamará su premio. Marco no le teme, pues cree que si algo debe lo pagará. “Si alguien roba comida y después da la vida ¿qué hacer?”

 

*Los nombres de las personas que aparecen en este texto han sido cambiados por petición de las fuentes.