Sobre el libro El último exilio, ganador de la Octava Convocatoria Municipal de Estímulos 2019, en la modalidad de poesía, de próxima publicación.

 

Por: Juan Guillermo Álvarez Ríos

Generoso lector antes que nada, parece enviado por los dioses para llenar nuestros vacíos de lectura, de suerte que es más probable encontrarse a Mauricio Peñaranda (Pamplona, 1962) recomendando autores de ayer y de hoy a sus entrañables amigos de tertulia –y a quienquiera se ponga al alcance de su voz, de tono pausado pero pronta a encenderse de poético entusiasmo– que divulgando su propia obra.

Sin embargo, en mi caso conocí primero al texto que al autor, cuando integré el jurado que premió su primer libro hace algunos años, un cuidado poemario atípico compuesto por reseñas que arrojan una luz personal sobre aspectos cruciales de vida y obra de referentes de nuestra cultura occidental, no solo escritores sino también filósofos y pintores, trasunto de sus variadísimas influencias y en el que creí notar el molde y la ironía de Marcel Schwob.

Ahora sé que también hay en esa obra ecos de Milosz y de Kundera, y en la medida en que este poeta continúa asumiendo su tarea autoimpuesta de divulgar un corpus literario en el que caben todos los siglos y lenguas que han alcanzado la imprenta, sé que llegaré a reconocer otras influencias.

Mauricio Peñaranda. Fotografía / Cortesía.

El último exilio

Como salido de un título de Joyce, este segundo poemario en prosa (premio de la Octava Convocatoria Municipal de Estímulos 2019), sigue el mismo patrón del primero, que le permite cosechar iluminaciones verlainianas bajo la forma de confesiones epistolares:

“Querida Jean, la muerte es un libro que mira hacia el pasado, una extensa y morosa meditación que vas a leer alguna vez […]

“Los hechos […] son un desafortunado lugar que sólo sirve para abrir la puerta y salir.”

(Paul Valéry),

revelaciones rotundas como haikus:

“Errar de deslumbramiento en deslumbramiento, de revelación en revelación, tal fue mi vida. Pero la enfermedad me atrapó en plena marcha y el dolor fue una casa por cárcel”

(Rainer Maria Rilke),

o cápsulas que fundan un nuevo saber axiomático:

“Es un crimen acosar a un poeta”

(Hart Crane),

“soñar reemplaza la vida y recrea una ilusión que puede ser eterna”

(Jorge Luis Borges),

“perderlo todo puede ser la paz”,

(Fiodor Dostoievski),

“Si algo detesto de la muerte es la imposibilidad de disentir”

(Jack London),

responder viejas preguntas esenciales (el suicidio, a propósito de Randall Jarrell, Alfonsina Storni, o su favorita Sylvia Plath; el no-suicidio, en el caso de Jack London; en no-homicidio, tratándose de Louis Althuser), con metáforas espléndidas que el autor presenta como hallazgo de otros:

“Bajo esta luz crepuscular sé apenas una hoja que cae”

(Randall Jarrell),

“el puente de Brooklyn encallado como un arpa en el mar”

(Hart Crane),

“Hay un tiempo anhelado en que entre el hielo y el deshielo del invierno reviven los peces. Postergada en mis recuerdos espero ansiosa el deshielo de la eternidad para volver a escena”

(Carmen Martín Gaite).

Vuelve, decimos, con este episodio de su alma que registra en el mismo formato en el que su talento fluye como pez en el agua, prodigándose en cada imagen. No podría haber elegido con más acierto: solo así puede disfrutarse esta poesía reflexiva, densa, sin perder el brillo específico de cada joya.

Rilke admite sentirse cómodo en el cementerio de Raron:

“bajo esta tierra generosa, mis recuerdos dialogan con la eternidad”,

Nadezhda Maldeshtam, la viuda del poeta, acoge –como Boris Pasternak– a todos los perseguidos de la tierra,

Carson McCullers, desposada con el dolor, padre de sus libros, enviuda de él y lo sobrevive en nuestra memoria.

El gato de Louis-Ferdinand Celine gasta en seguir a su amigo (los gatos no tienen amos) en su viaje por la desapacible noche sus nueve vidas y aun tiene arrestos para acompañarlo en la monótona tarde de su adiós.

Barba Jacob nos insta a “no buscarlo en sus máscaras”.

La muerte, el gran acuerdo, es la última instancia –latente o expresa– de todos estos poemas y del espléndido cuento que cierra el libro, el telón de fondo contra el que se destaca la vida, a menudo dispersa en ansiosos vaivenes digresivos. Y gracias al poema la muerte individual puede volverse “una nueva vida” plural (Antoine de Saint-Exupéry).

Sobre todo, el contraste que rescata la vida de sus nadires y la fuerza a que luzca todo su esplendor, pero no la inmuniza contra la mala estrella de un Roby Nelson. Vida con sus puntos de giro:

Mallarmé antes y después de los caligramas, “un hombre común al que la poesía como la muerte no seguían sus pasos.” Baudelaire y su nuevo decálogo: “Dejar impagadas mis deudas. Considerar la realidad inferior a la imaginación. Sentir dilapidado el tiempo en el trabajo común. No considerar el éxito como meta deseada. Señalar a los notables, pregoneros de un conocimiento inútil, y a los fracasados, indiscutibles sacerdotes de la verdad. No haber encontrado a Dios en la vida ni en la muerte. Renegar de la estética oficial. Insultar los ídolos nacionales. Regodearme en mundos paralelos gracias al sortilegio del láudano y el hachís, el hambre y el licor. Confundirme con vagos, borrachos y artistas censurados bajo la rojiza luz de prostíbulos y cafetines […] Encontrar belleza en la fealdad y virtud en el mal.”

 

Muerte:

“En este horrendo escenario al igual que en la tierra parece que a Dios lo asistiera también el miedo escénico”

(Mariana Alcoforado),

inmortalidad, dolor, locura (“lo terrible no es enloquecer sino recobrar la razón”, verdad que incuba en Lucía Joyce y concluye en Anne Sexton), soledad, amor –más a menudo un desencuentro, como entre Louise Colet y Flaubert–, separación, viudez, la eternidad y sus “arenales estériles” (Zbigniew Herbert), las grandes experiencias del hombre, también el humor redentor:

“Hoy en el cementerio de Montpartnasse me pregunto si ante semejante veleidad no habría sido más rentable ser un alma sencilla”

(Charles Baudelaire),

“La muerte no es cosa del otro mundo”

(Emily Dickinson),

encarnados en aquellos que calaron en la sensibilidad del autor con inigualable empatía y que éste nos presenta con una donosura que hace rato extrañaban nuestras letras. A veces, nos da detalles que ha cosechado en el ejercicio alquímico de su lectura personal, enriqueciendo de circunstancialidad (como recomienda Defoe), sus retratos:

“Escribí las tres cuartas del adiós, destruí las tallas inconclusas y tomé el revólver del cajón de las espátulas lamentando que la detonación alborotara los nidos de los pájaros.”

(Marga Gil Roësset, único personaje al que acertadamente pone una nota de pie de página por no resultar familiar al lector general),

otras veces solo emplea una verdad desnuda y sucinta que desea compartir con nosotros:

“Un viudo de avanzada edad es un náufrago”

(Sandor Marai).

De allí que los títulos sean siempre los nombres propios, señas intransferibles por las que serán reconocidos allí donde aguardan quizás una última carta portadora de una redención inapelable, convertidos por fin en lo que merecen ser para la posteridad, ya nuevo acervo en la memoria de los otros, un lugar que todos reconozcan y compartan,

“un buzón donde irradie la blanca y vibrátil promesa de tus cartas.”