TATUAR LA HUELLA DEL TIEMPO

Sobre un mural en Miracampos, Quinchía.

 

Escribe / Jáiber Ladino Guapacha – Ilustra / Stella Maris

CINESCUELA: PELÍCULAS PARA CICATRIZAR EL CONFLICTO

Dice Cristian Felipe Cardona que el puñado de inquietos jovencitos de Miracampos, con los cuales trabajó el taller de Semillas para la historia, lo animaron para regresar a Quinchía con tiempo de subir los cerros, beber la textura del café propio y registrar huellas del pasado.

Corría el 2018 y gracias a la iniciativa de Comfamiliar y la Maestría en Historia de la Universidad Tecnológica de Pereira, recorrió Risaralda incentivando la creación de grupos que dejaran la indiferencia frente a la tradición de los municipios. Cuando regresó en el 2019 buscando el sabor de estas cocinas campesinas, comprobó que, en la Villa de los Cerros, ya contaba con amigos donde ir a descansar del agitado ritmo pereirano.

Quizá por la familiaridad que sentía con el paisaje al desviarse en La Ceiba para llegar al pueblo, en sus clases de Maestría en enseñanza de la Historia, en Morelia, México, Cristian Felipe pensó que, para la implementación de su trabajo de grado, el mejor laboratorio sería Quinchía. Incluso, para ser más precisos, el colegio de Miracampos con los dicharacheros estudiantes a los que conoció en la Biblioteca Danilo Calamata, invitados con la amabilidad propia de Diana Ladino y María José Correa.

La rectora del colegio, Consuelo Sánchez, recibió su iniciativa con entusiasmo y la total disposición para que él pudiera proyectar algo de cine colombiano y tejer una mirada alrededor del Conflicto Armado Interno Colombiano (CAIC), desde la perspectiva de los posacuerdos firmados en La Habana, es decir, implementar Cinescuela, su trabajo de campo.

Su proyecto tuvo que adaptarse a las reglas de los protocolos impuestos por la pandemia de la covid-19, tales como la reducción del número de participantes, pensado inicialmente para grados 10 y 11, a un puñado de 12 participantes. Un ejercicio que anticipaba el modelo de alternancia con el que se ha querido mitigar la problemática emocional del sector educativo durante 2020. El proyecto también recibió un puñado de inquietos jóvenes como Diego Salazar, Santiago Arango y Leonardo Serna, quienes se desplazaron desde la cabecera municipal en bicicleta, para aprender de una temática que no aparece en los programas curriculares y que nos hace falta en la construcción de ciudadanía: el CAIC.

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PAREDES COMO PIELES

Entre las cervezas que animan la conversación sobre el arte como mediador de la memoria y las heridas por el CAIC, Cristian explica a Jefferson Martínez y a Xiomara Cardona, que su método no es el del cine foro, atendiendo a la duración de la unidad didáctica. Mientras describe el potencial de algunas secuencias de la película Pájaros de verano, por la riqueza que se aglutina en cada plano, es inevitable pensar que estamos más cerca de un coloquio de estudiosos de lo político en los dispositivos de la cultura, que de un grupo de amigos deseosos de una próxima ronda de cervezas o una botella de ron.

El clima de investigación anima la creación y posibilita el viaje, las inquietudes compartidas se convierten en textos que van entre la ficción, la reseña y la crónica como Ir a la vida para compartir vida, publicada en esta misma web (ver).

Así, entre tragos y análisis coyunturales, nació la idea de intervenir una pared del colegio para un mural en el que estudiantes y profesores, habitantes del sector y caminantes, se sintieran interpelados por un rostro que, si bien les resulta desconocido, es el rostro de la historia local: Alfredo Cardona Tobón. Para llevarlo a cabo, la principal gestión fue la amistad y esa referenciación del que conoce al “ficho”, es decir, un Diego Salazar que propone involucrar al pintor Juan Alejandro Trejos Molina.

Con el entusiasmo que lo caracteriza, esa sonrisa que aminora cualquier problema y esa resolución del hombre capaz de montar un restaurante con sabor mexicano, en un pueblo de gastronomía paisa y sacarlo a flote durante la pandemia, nos entregó el diseño y las líneas sobre las que el color fue dando vida a la sonrisa del historiador y a las escenas que alimentan la imaginación y el recuerdo de quien observa. Un segundo artista, que intervino desde el resane de la pared hasta los minuciosos detalles, fue Leonardo Serna, participante puntual en las sesiones del proyecto.

El talento reconocido en ambos da origen a la clave de lectura sugerida en el título. Y es que, aunque se diferencien en el bullicio y el vértigo de los negocios de uno frente al trabajo callado en las labores del surco y la siembra del otro, los une la minuciosidad en los detalles de cada tatuaje al que se aplican y por el que son ampliamente reconocidos.

Y así, agradeciendo por diadas la participación en esta página colorida de la asignatura pendiente, es necesario reconocer a los licenciados en bilingüismo Diego Salazar y Carlos Zapata. No necesitaron ejercer en la institución para ser parte de ella y consentirla como tal. Por último, y en representación de sus compañeros, Andrés Felipe Trejos y Evelin Soto, dos estudiantes de grado noveno cuya disposición y curiosidad entusiasman cualquier iniciativa extracurricular.

Al pasar por la carretera que sigue de Miracampos hacia Buenavista, hay otra lección que también dan las instalaciones del colegio. Se trata de un quiosco que funciona como tienda escolar cuyas paredes son “ladrillos ecológicos”, botellas de gaseosa rellenas con empaques plásticos, propuesta ecológica que insiste por quedarse como una práctica que trascienda la población educativa y pueda quedarse como hábito de la comunidad.

Alfredo Cardona Tobón.

UN TATUAJE QUE LLEVA SU NOMBRE

A finales de 2020 la Maestría en Historia de la UTP le concedió el título de Magíster Honoris causa a Alfredo Cardona Tobón por la prolífica producción, a la que el ingeniero mecánico ha dedicado incontables horas de trabajo y que pueden seguirse en las columnas que publica en el periódico La Patria de Manizales, como también en su blog (ver).

De esta mirada curiosa en la que el investigador se detiene tras la cotidianidad, el civismo o el heroísmo, la magia y la razón, de los pueblos que conforman lo que conciben algunos como el Viejo Caldas, el Gran Caldas o el Paisaje Cultural Cafetero, han visto la luz libros como Quinchía mestizo; Ruanas y bayonetas; Los caudillos del desastre, Indios, curas y maiceros; Historia y memoria; La historia rural de Pereira; Crónicas de Opirama y su obra más reciente El patio de las brujas.

Un anaquel necesario para reconocer lo que hemos sido como territorios agrupados en torno a ciudades como Manizales, Armenia y Pereira, en las que pequeños ritos y costumbres indígenas, campesinas, vecindad de pueblo, matizan los embates culturales de una modernidad en crisis.

Twitter: @JaiberLadino