Al leer a Henry Miller queda la esencia de vacío, de que escribe para intentar llenar algo que nunca llenará, pero que por lo menos servirá de alivio; queda la sensación de que su libro está hecho de la misma materia de la vida y no del encargo de un editor, que cada paso puede ser una línea y que el amor, por más que haya terminado, siempre podrá dar un libro.

Henry Miller w

Por: Jorman Lugo

¿Qué es la guerra, la enfermedad, la crueldad, el terror, cuando la noche ofrece el éxtasis de miradas de soles ardiendo?

Henry Miller

 Henry Miller se despedaza en su escritura. Cada palabra que plasma es un pedazo de su propia carne, se alimenta de cada experiencia y la utiliza para mostrarse al mundo y radiografiar una sociedad sucia y hostil. Es uno de los hombres que ha decidido hablar por sí mismo, valiéndose de algunas voces para ayudar a construir su entorno y dejar ver cuáles son los cuartos moribundos que habitó. Claro, lo primordial en su narración es él, sus ideas, sus pensamientos, su manera de ver el mundo.

El autor de Trópico de cáncer es o fue un vagabundo. Su vida, por lo menos la que relata en su primer libro, la desarrolló en un sucio París de los años 20, donde frecuentaba burdeles baratos, habitaciones sucias, calles con olores fétidos y demás. Sin embargo, recorrió estos lugares con el descaro y la astucia necesaria para sobrevivir allí; la mayoría de los días soportó necesidades de diversa índole: el hambre, el amor, la amistad, enfermedades físicas. Pero mientras sufría todo lo anterior, buscaba la belleza en cada paso.

Era más cómodo abajo en aquella mezcolanza confusa que desembocaba en la Gare Saint-Lazare, las putas en los portales, botellas de agua de seltz en todas las mesas; una espesa corriente de semen que inundaba los arroyos de la calle. Entre las cinco y las siete no había nada mejor que verse empujado entre aquella multitud, que seguir una pierna o un busto hermoso, que avanzar con la corriente y todo dándote vueltas en el cerebro. Una clase extraña de alegría en aquella época. Sin citas, sin invitaciones a comer, sin programa, sin pasta. La época de oro, cuando no tenía ni un solo amigo.

Esa ciudad que muestra, nace de sus entrañas porque su lenguaje es visceral, porque en las esquinas, cafés y hoteles dejó su sangre y su esperma para recordar a una mujer. Es ella la que le permitió grabar momentos en lugares, fragmentar esa parte humana que sólo se vive a través de imágenes, puesto que los recuerdos no tienen temporalidad, pero sí un lugar, un espacio. Él explotó esto y volvió nostálgica la ciudad, en un apéndice de sí: ningún momento dura lo que debió durar, todo pasó por él, dejándole la sensación del cuerpo que sostuvo. Es consciente de esto y de que amó. Se detiene en su nostalgia y camina con ella, y la ciudad no puede ser la misma. Todo empieza a tener una característica finita e irreal; el amor lo desvanece. No obstante, insiste en seguir siendo.

Unos meses después. El mismo hotel, la misma habitación. Nos asomamos al patio donde están aparcadas las bicicletas, y ahí arriba, bajo el ático, está el cuartito en que un joven sabihondo tenía puesto el fonógrafo todo el santo día y repetía frases agudas a pleno pulmón. Hablo en plural, pero me estoy anticipando, porque Mona ha estado mucho tiempo ausente y es hoy precisamente cuando voy a ir a esperarla a la Gare St. Lazare. Al anochecer me encuentro allí con la cara metida entre los barrotes, pero Mona no aparece, y leo una y mil veces el telegrama, pero no sirve de nada. Vuelvo al Quartier y, como si no hubiera pasado nada, me doy una comilona. Un poco después, paseando por el Dôme, veo de repente una cara pálida y triste y unos ojos ardientes… y el trajecito de terciopelo que siempre he adorado, porque bajo el suave terciopelo siempre estaban sus cálidos senos, las piernas marmóreas, frescas, firmes, musculosas. Se levanta de entre un mar de caras y me abraza, me abraza apasionadamente: mil ojos, narices, dedos, piernas, botellas, ventanas, monederos, platos nos miran airados y nosotros abrazados y olvidados del mundo… Me siento a su lado, y ella habla: un diluvio de palabras. Comentarios desordenados y febriles de histeria, perversión, lepra. No escucho ni una palabra, porque es bella y la amo y ahora me siento feliz y dispuesto a morir.

Con la nostalgia en su espalda, se encuentra con personas desequilibradas, con hombres encaprichados por el sexo y ansiosos de placer, con mujeres indispuestas por no alcanzar sus sueños, con familias que lo aceptaron y le brindaron comida o albergue temporal. Pero él se queja. Miller ve en ese mundo la basura real, una distinta a la que veía en Estados Unidos. Se queja pero la vive y esta orgulloso de ello. No le disgusta tanto como la de su patria. En París se siente igual a todos; la basura es vista con los mismos ojos porque todos son basura. En New York, la basura se siente superior a otra basura y la quiere aplastar. Es un orgullo poder ser nadie y no desear cambiarlo.

Es un poco después del amanecer. Hacemos las maletas a toda prisa y salimos a hurtadillas del hotel. Los cafés están todavía cerrados. Vamos caminando y rascándonos al mismo tiempo. Nace el día con blancura lechosa, estrías de cielo rosa salmón, caracoles que abandonan sus conchas. París. París. Todo puede suceder aquí. Viejos muros decrépitos y el agradable sonido del agua que corre en los urinarios. Hombres que se lamen los bigotes en el bar. Persianas que se alzan con estrépito e hilillos de agua que susurran en los arroyos de la calle. Amer Picon en enormes letreros escarlatas. Zigzag. ¿Qué camino tomar y por qué o dónde o qué?

Quizá por esto escuchaba a sus amigos. Sabía que no eran mejor que él, pero que ellos le brindarían otra manera de concebir el mundo. Cada persona con la que comparte le da una visión de esa ciudad que lo cambió para siempre: lo toman de confidente y él escucha. Sabe que no los puede ayudar y tampoco quiere hacerlo; cada quien conoce la manera en cómo debe superar sus problemas, cada uno tiene el camino; pero él escucha. A veces los interrumpe; le comparten mujeres, se las pagan, lo llevan a cenar, lo invitan a copas. No lo dejan morir en esa ciudad indiferente. Incluso, le consiguen un empleo. Pero Miller odia sentirse normal. Utiliza el trabajo para tener crédito y poder comer, para sentirse libre… hasta que se da cuenta que no lo es, que el trabajo solo le brinda cierta independencia en cuanto a un lugar donde dormir y un bocado de comida, pero que lo condena a seguir ciertas reglas, ciertos horarios; que lo mete en una vida “real” y no le permite tomarle el pulso a la ciudad y sentirse vivo. Además, él es un amante de la libertad, no le gusta estar atado. Sólo el amor es la fuerza que siempre lo va a envolver.

Al leer a Henry Miller queda la esencia de vacío, de que escribe para intentar llenar algo que nunca llenará, pero que por lo menos servirá de alivio; queda la sensación de que su libro está hecho de la misma materia de la vida y no del encargo de un editor, que cada paso puede ser una línea y que el amor, por más que haya terminado, siempre podrá dar un libro.