Acorralados en grupos que no superábamos los cuatro ejemplares, éramos reses amarradas al botalón de sacrificio del profesor. Acto seguido, el verdugo, con pulso inalterable, tomó el voluminoso libro entre sus manos y con diestro movimiento de matarife de pueblo asaeteó por el lomo al indomable ejemplar…

 

Por: John James Galvis Patiño

Transcurría mi adolescencia en la década de los ochenta, y por entonces cursaba primer grado de bachillerato; fue justo allí que tuve mi primera experiencia traumática o pesadilla literaria.

La maestra de español nos asignó a leer La hojarasca, novela de Gabo que, para la mayoría de los pelados del curso, con pinta de todo menos de ávidos lectores, resultó ser una vertiginosa escalada al Monte Everest, un peregrinar interminable por la Muralla China.

Recuerdo mi aturdimiento de primíparo ante el epígrafe de Antígona, alusión que García Márquez hace de Sófocles en su novela; además, el lenguaje culto esparcido como mantequilla por todo el libro, me obligaba frecuentemente a recurrir a un regordete diccionario como manual para dummies, y así poder armar el andamiaje de palabras hasta ahora desconocidas para mí.

Ilustración / Dianimation

Luego, en décimo llegó lo inevitable, el famosísimo y terrorífico El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha; entonces, fue la desconfiguración completa de los rostros, la debacle de mis compañeros, con miradas lastimeras nos dábamos el más sentido pésame.

Acorralados en grupos que no superábamos los cuatro ejemplares, éramos reses amarradas al botalón de sacrificio del profesor. Acto seguido, el verdugo, con pulso inalterable, tomó el voluminoso libro entre sus manos y con diestro movimiento de matarife de pueblo asaeteó por el lomo al indomable ejemplar, que restallante y vencido exhalaba su último mugido desfalleciente ante nuestro aturdimiento colectivo.

Seguidamente y con gran agilidad, el preceptor carnicero apiló y distribuyó para su lectura, desprendidos montoncitos de hojas sustraídas a la humanidad del titánico Quijote; despojos apenas reconocibles de aquel Goliat de biblioteca, ahora doblegado ante la enucleación ocular de nuestros sentidos, llevada a cabo por la intrepidez del maestro cómplice de aventuras literarias, que con su caleidoscopio pedagógico supo devolvernos la confianza para enfrentarnos a la bestia, ahora fragmentada y vencida. De ahí en adelante, los fantasmas literarios asustadizos huyeron para siempre.

Quizá, por maestros como el que encabeza esta disertación, que sin tacto y sin mayor contextualización de autores o culturas, va arrojando a sus alumnos al abismo temerario de los libros; aunado a la carencia del ejemplo lector de nuestros padres en casa y aun de los mismos docentes; más el agravante de la menesterosa herencia de nuestra madre patria española, poco apasionada por la lectura de textos, tal vez por todo ello, los colombianos somos poco dados a la lectura; pese a contar con uno de los  sistemas más amplios y eficientes de red de bibliotecas a nivel  Iberoamericano y ocupar el cuarto lugar en la región en producción de texto impreso.

Los expertos en el tema asocian a la vez los bajos niveles de lectura con la falta de comprensión lectora, correlacionando al mismo tiempo dicho hallazgo con el desarrollo económico de una sociedad y, por ende, concluyen que el bienestar material de un país es proporcional a su educación literaria; aunque bien hacen la salvedad estos entendidos que la mayoría de nuestros políticos no lo reconocerán así nunca.

Ilustración / Leo Espinosa

¿Qué es literatura?

Por otra parte, para dilucidar el tema es preciso abordar los referentes: ¿Qué es literatura?, y ¿Qué implica la enseñanza de la lectura literaria? De una manera básica, “Se entiende por literatura la producción intelectual que utiliza el lenguaje y la escritura como vía de expresión, a manera narrativa. Es un arte mayor que abarca varios géneros literarios, por ejemplo, la novela, el cuento, la poesía, el ensayo, etc. Se excluye escritura científica, técnica, informes y composiciones escritas de este estilo”.

Cuando inicié años atrás la carrera profesional en estudios literarios me imaginaba que el término literatura era exclusivo de aquel patrimonio literario clásico universal y de los pueblos, considerado relevante, inmutable y bien escrito.

Luego, en el curso de Introducción a los estudios literarios se estableció que el término literatura también era aplicable a todo aquel  escrito que pudiera ser leído y condujera al lector a un referente en lugar del signo; así las cosas cualquier letrero callejero que nos encontremos por irrelevante que sea, es igualmente alusivo al término literatura; cosa por cierto que me causó gran perplejidad.

Entonces, desde esta óptica la literatura no es una cualidad o conjunto de cualidades  inherentes y manifiestas exclusivamente a cierto tipo de obras; sino también, vista como una herramienta más, que utiliza como instrumento la palabra.

Así mismo, podríamos preguntarnos: ¿Qué implica la enseñanza de la lectura literaria? La enseñanza de la literatura tradicionalmente en las escuelas se ha transmitido como un conjunto de conocimientos y saberes patrimoniales acerca de autores y obras nacionales e internacionales, interactuando a través de métodos de análisis y comprensión de textos, con el fin que el alumno adquiera habilidades y destrezas necesarias para leer y abordar de forma competente textos literarios.

Una ligera mirada retrospectiva a la trayectoria de lo que ha sido la didáctica de la literatura desde sus comienzos hasta nuestros días, bien puede arrojarnos luz en el presente para sopesar los alcances logrados y marcar el derrotero inmediato a seguir en este campo.

Desde la misma invención de la imprenta de Gutenberg y colateral a ello la reforma protestante que exigía el derecho a poner en manos del pueblo las sagradas escrituras; demandando, así, un laico instruido y lector, ya no tan dependiente de la enseñanza coercitiva y exclusiva, ejercida en un principio por la iglesia a través de sus clérigos desde claustros y monasterios.

Y es precisamente ese primer modelo de enseñanza consistente en la aprehensión de recitales memorísticos, de fechas, autores y obras afamadas la que hasta hace poco asomó sus narices en nuestras instituciones; sin cumplir, claro está, su cometido de forjar una identidad cultural plena en los individuos.

Es innegable que los tiempos han cambiado y con su giro también la enseñanza y sus métodos; para el profesor e investigador estadounidense Mitchel Resnick, conocido por su método de desarrollo y lenguaje de programación Scratch; es evidente que:  Los estudiantes de hoy crecen en una sociedad muy diferente de la de sus padres y abuelos. Para tener éxito en la actual sociedad de la Creatividad, deben aprender a pensar de manera creativa, planear sistemáticamente, analizar críticamente, trabajar colaborativamente, comunicarse claramente, diseñar iterativamente y aprender continuamente.

Ilustración / Carolina Monterrubio

Texto, hipertexto e hipervínculo

Gabriel García Márquez, catalogado como un amante de la educación y genio de la literatura universal, atribuyó grandes riquezas en torno al desarrollo académico, asegurando que la “Educación” es el pilar fundamental para alcanzar nuestra identidad como país, descubrir al máximo el potencial de talentos propios, uniendo así las ciencias y el arte con el fin de descubrirnos como seres autónomos, pero colectivos.

En esta era de la tecnología el metalenguaje de la web proporciona nuevas herramientas digitales para ser utilizadas en pro de la educación, como los hipertextos e hipervínculos que integran comunidades enteras educativas; haciendo hoy posible lo que un día nuestro Premio Nobel soñó de uncir las ciencias con las artes.

El alud arrasador de la tecnología y la sistematización de la información nos ha vislumbrado claramente dos orillas: una donde se aprecia a los jóvenes apropiándose vertiginosamente de estos medios tecnológicos, y en el otro extremo a los docentes braceando tenazmente para lograr alcanzarla.  Es por ello, que a comienzos del presente siglo, Colombia firmó la famosa Declaración de los principios de Ginebra, en el marco de la Cumbre Mundial de la sociedad de la Información del 2003, con el interés de:

… construir una Sociedad de la Información centrada en la persona, integradora y orientada al desarrollo, en que todos puedan crear, consultar, utilizar y compartir información y conocimiento, para que las personas, las comunidades y los pueblos puedan emplear plenamente sus posibilidades en la promoción de su desarrollo sostenible y en la mejora de su calidad de vida, sobre la base de principios y propósitos de la Carta de las Naciones Unidas. (International Telecommunication Unit y United Nations, 2003, s/p.).

     El gobierno nacional vio en la tecnología una oportunidad de aceleración en el crecimiento de los procesos de desarrollo en el país con la capacidad de producir cambios cuantitativos y cualitativos en la economía y la sociedad, según lo afirman Rocío Rueda y Manuel Franco en su artículo “Políticas educativas de TIC en Colombia”.

Desde entonces, el recién creado Ministerio de Tecnologías de la Información y Comunicaciones (MinTIC), en el 2009, durante el gobierno del presidente Álvaro Uribe Vélez, tiene la inclusión social y digital como ejes de las líneas estratégicas Educación y Emprendimiento.

Por tanto, en la siguiente década el Ministerio de Educación de Colombia (MEN), se integró al proyecto con la promoción del Programa Nacional de Uso de Medios y Tecnologías de Información y Comunicación, MTIC, con miras a la estructuración estratégica e innovadora de las nuevas políticas educativas en el país, y la movilización y reorientación de la comunidad educativa hacia el uso de estas, vistas ahora como las tecnologías dominantes del momento y la panacea de la educación.

Ilustración / Howard McWilliam

La literatura como un derecho

En la actualidad, la didáctica de la literatura exige la formación de un maestro investigador en el campo de la lengua y la literatura, que trascienda la sesgada postura de concebir la lectura literaria como un medio exclusivo para alcanzar la alfabetización; se requiere con urgencia de un docente que se apropie de proyectos y estrategias constructivas, que viva y sienta la lectura y la escritura como una gran aventura cognitiva, llevada más allá de nuestra acotación real, siempre presto a descubrir nuevos senderos experienciales.

Para tal fin, Moreno y Carvajal nos proponen en su artículo investigativo La didáctica de la literatura en Colombia: Un caleidoscopio en construcción”, los talleres de literatura y escritura creativa, consistentes en una mímesis del aprendizaje basado en modelos donde el aprendiz observa un patrón para ir en búsqueda de su propio estilo, mientras el profesor es el artífice del modelado, impulsor de una práctica pedagógica que cede su palabra ante el predominio de la lógica creativa y el papel artesanal al cual pertenece el taller.

Entendiendo la didáctica de la literatura como una disciplina crítica y emancipadora, en construcción, donde dichos talleres proporcionan un espacio real de acercamiento al conocimiento conceptual de la literatura y la creación de textos con sentido estético.

Lo interesante de las propuestas de dichos talleres literarios, que con éxito son llevados a cabo por instituciones públicas como el Instituto Distrital de las Artes (Idartes), es que ayuda al maestro a desprenderse de los viejos trebejos estandarizados y a superar el prejuicio del texto exclusivo que enseñan el oficio de leer, escribir o investigar; admitiendo así, que el proceso de adquisición de saberes y la interacción a partir de ellos, involucra fases complejas del pensamiento en los que cada individuo se implica de manera distinta.

En estos talleres la tarea del maestro artesano, apasionado por la didáctica y la escritura consiste entonces en proporcionar herramientas de argumentación, que mejoren los procesos de pensamiento relacionados con la composición y la corrección de un texto; para ello el maestro artesano se vale de buenas lecturas, como también lo cree conveniente García Márquez, quien señala que los mejores enseñantes del misterioso arte de la creación escrita son los buenos libros. Por otro lado, Moreno y Carvajal concluyen  que:

la necesidad de transformar la clase de literatura en un espacio para la investigación donde el saber literario y el saber didáctico dialoguen a partir de las preguntas generadas por el texto literario que son, al mismo tiempo, las aspiraciones y las dificultades propias del ser humano dispuesto a la conversación y a la comprensión interhumana. La comunicación literaria en el aula de clase debe ser comprendida a partir de su efecto emancipador y como una invitación al diálogo y la reflexión. Esto le permite al maestro, al lector, al texto y al autor ser comprendidos en su dimensión histórica y ser reconocidos como sujetos creativos, dispuestos al diálogo, a escuchar las voces del texto, sus silencios, a fusionar su horizonte de expectativas previas con las nuevas para alcanzar la comprensión interhumana.

Retomando el ejemplo primero, de qué tan pedagógico se es o no, a la hora de realizar ese acercamiento vital de la literatura en el aula de clase, la respuesta dependerá siempre de la preparación constante y el apasionamiento del docente por esta área del conocimiento.

Su relevancia se verá reflejada en las técnicas y estrategias efectivas y afectivas que aplique para involucrar intensamente a sus pupilos en estos mundos oníricos y reales de la literatura.

En la misma tónica, maravilloso fue enterarme tiempo después, que como lector tengo derechos inalienables, mandamientos sagrados inherentes a toda lectura;  precisamente supe de ellos mediante el autor francés, de ascendencia marroquí, Daniel Pennac, en su libro Como una novela, donde se exponen los diez derechos de los lectores:

  1. El derecho a no leer. …
  2. El derecho a saltarse las páginas. …
  3. El derecho a no terminar un libro. …
  4. El derecho a releer. …
  5. El derecho a leer cualquier cosa. …
  6. El derecho al bovarismo (enfermedad de transmisión textual) …
  7. El derecho a leer en cualquier lugar. …
  8. El derecho a hojear.
  9. El derecho a leer en voz alta…
  10. El derecho a callarnos…

Los lectores tienen derechos. Derechos a qué hacer con un libro, cómo leerlo, cuándo hacerlo y de qué forma. Ser lector no es una obligación, ya que nadie te obliga a serlo. Y si eres lector nadie te puede decir cómo leer un libro. La lectura es un acto independiente y que cada persona siente a su manera. Te puedes saltar páginas, puedes releer si quieres, puedes leer cualquier cosa y sentirte el protagonista de la historia encarnando en tu piel las emociones del libro. Puedes leer en cualquier lugar, hojear libros porque tu tiempo sea limitado, leer en voz alta para el deleite de las demás personas y el deleite propio… incluso puedes leer en silencio, callarte y sentir la compañía del libro.

     Preceptores y autores como estos, sin duda enriquecen la didáctica de la literatura, la incorporan en nuestras vidas de una manera sutil, creando una necesidad constante, impulsándonos al encuentro continuo y concertado con ella.

Ilustración / Sylvia Vivanco2

Referencias bibliográficas

  • Benavides, Jhonattan A. (2018). Nuevas virtualidades en la enseñanza de lengua y literatura. La T3rcera Orilla, Revista de Ciencias Sociales, Humanidades Y Artes. # 21 [PDF].
  • Moreno, Mónica y Carvajal, Edwin. (2010). La didáctica de la literatura en Colombia: Un caleidoscopio en construcción. Revista Pedagogía y Saberes # 33 Universidad Pedagógica Nacional. Facultad de Educación. pp.99-110. Artículo de investigación. [PDF].
  • Pennac, Daniel. (1993). Como una novela. La pequeña biblioteca. Grupo Editorial Norma Literatura.
  • Resnick, Mitchel. (2008). Sembrando las semillas para una sociedad más creativa. [PDF]
  • Rocío y Franco, Manuel. (2018). Políticas educativas de TIC EN Colombia: entre la inclusión digital y formas de resistencia- transformación social. Revista Pedagogía y Saberes # 48 Universidad Pedagógica Nacional Facultad de Educación. pp. 9-25. Artículo de investigación. [PDF]. Recuperado de: file:///C:/Users/Patricia/Desktop/JAMES%20UNIVERSIDAD/7SEPTIMO%20PERIODO/EXPLORACION%20CAMPOS%20ACCION/7370-Texto%20del%20art%C3%ADculo-18215-4-10-20180416%20(1).pdf
  • Salcedo Ramos, Alberto. (2014). Los colombianos leen poco, prestado y regalado, no leemos por falta de plata sino por físico desinterés. El Tiempo. [art.]. Disponible en: https://www.eltiempo.com/multimedia/especiales/cuanto-leen-los-coombianos/15606578/1/index.html
  • Vásquez, Manuel. (sf). Aprender a leer de forma literaria. Escritores.org. [ART]. Disponible en: https://www.escritores.org/recursos-para-escritores/colaboraciones/13634-aprender-a-leer-de-forma-literaria