El eje central de este cuento corto es Punky, es el niño, es la pobreza, es la muerte y porque no, la eternidad, es decir, la memoria.

 

Por: Diego Firmiano

Máquina triste, el título del nuevo libro del escritor Alan González, nos lleva a pensar en la novela corta ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick y a preguntarnos: ¿puede una máquina sentir tristeza?, ¿hay sentimientos en lo automático?, ¿lo mecánico y lo frío logran unirse al calor humano de una actitud específica?, ¿de qué va esto?

Claro, con Máquina triste no estamos ante una novela de ciencia ficción, sino ante una narrativa limpia de tinte realista, y así estas preguntas nos invitan (e incitan) a leer, a querer saber de qué se trata este cuento o ejemplar que la editorial Jirafa Enana, presidida por el poeta Gustavo Acosta, tiene el gusto de distribuir para los pereiranos en el 2018.

Sabemos que el título se escogió magistralmente de un grabado en acrílico de la muralista Lucy Tejada, que en una sola imagen aunó progreso, pobreza y melancolía. Un primer grabado de una serie llamada Máquinas desventuradas donde se ve a una locomotora de vapor triste y estática, que nunca viajará en su paisaje imposible con esas mujeres que salen de la realidad hacia una eternidad sin esperanzas.

Alan González es un escritor joven. Desde su premiada obra Anónimos (2012) su que-hacer literario está versado en componer poesía, pero también en recorrer la ciudad, integrarse y reconocer toda esa maquinaria social, llena de recovecos y de cientos de historias por contar. Por eso esta narrativa breve cala, es decir, muestra una realidad ineludible y universal: la difícil etapa de la infancia y los recuerdos que cargamos a cuestas con ella.

Ya en el plano del corpus narrativo como tal, se puede precisar la clave infantil en la cual está escrita esta historia. Un cuento tierno sobre manera, pero doloroso, si es que reconocemos que una familia disfuncional, sin un padre o un sustento fijo, es el motivo de un drama insuperable en Colombia.

Es la historia de un niño que ha sido arrojado al mundo con un propósito: sentir, evocar, preguntar, vivir.  Un infante, que a mi parecer, llega a ser muy distinto de su padre, menos físico y más espiritual ¿y por qué? Porque recuerda, y recordar es reconocer la eternidad, la vida, esa vida como dice Gabriel García Márquez, que se recuerda para contarla.

Un infante (sin nombre y que nos tienta a creer que hay algo de biográfico del autor) que no vive en vano, sino en la falta de amor, en la carencia paterna, en salir con su madre a vender velas aromáticas, o cualquier chuchería, en preguntarse tácitamente por qué la vida es así. Es pobre, y como tal intenta asumir su existencia en medio del comercio desencarnado de esta ciudad fenicia.

Sin embargo, un hecho fundamental sucede. Su madre adopta un can lanudo, un frespudel al que han apodado Punky, y este se ha convertido en un motivo de alegría en medio de tanta desdicha familiar. Ha llegado un perro a la estancia familiar. Pero el can fue traído por El Diablo, seguro el alias de un reciclador o un indigente que pasó por la calle, detrás del carro de la basura.

 

Foto por: Diego Firmiano

 

Que sea un cancerbero, o un chucho tierno, no tiene importancia. Esta llegada del animal es esencial para cambiar las relaciones familiares y la dinámica del amor entre todos, hasta el fatídico desenlace que deja perplejo a los lectores.

Una vez allí, lo limpian, lo limpian, lo miman, le ponen nombre. Llega para suscitar sentimientos. La hermana menor al asearlo dice: “¡Está feliz! Se le quitó el calor. Venía sofocado el pobre”; la madre mientras teje algo y al verlo en sus faldas, exclama: “Él sabe cuándo estoy triste”.  Y el niño, ante el desenlace del fin del frespudel, afirma: “¿Cómo vine a soñar con Punky si antes ignoré su existencia?”.

Evidentemente algo ha sucedido en esta casa, y ese algo es alguien, una mascota a la que prodigan amor, en reemplazo de un padre que decidió morir joven y dejarlos a todos a la buena de dios.  El niño que ya tiene conciencia, y que por lo tanto es un hombre, pregunta a su madre:

“¡Y mi padre parece no ver que aguantamos hambre! ¡llámalo!”, es un grito acuciante, una necesidad infantil, una demanda de aquella figura de autoridad para que se haga responsable por el hogar que decidió fundar.

 

Foto por: Diego Firmiano

Ella, en su sabiduría y amor responde: “Ya hablamos de esto: su padre murió”. Y de ahí surgen sentimientos de odio hacia la paternidad, deseando día y noche que esa muerte sea para siempre. Pero, al no olvidarlo, no puede matarlo, porque solo se muere lo que se olvida.

Ante esta pobreza y desventura, uno podría a conciencia reconocer allí a los hijos de la remesa,  esos niños que crecieron sin padre o madre en Pereira, porque estos murieron o porque están en otro país enviando dinero como sinónimo de amor filial.  Ahí uno recuerda también esa frase de Jean Paul Sartre,

“No existe el buen padre, es la regla: no cabe reprochárselo a los hombres, sino al lazo de paternidad, que está podrido. ¡Hacer hijos está muy bien, pero qué iniquidad es tenerlos! Si hubiera vivido, mi padre se habría echado encima de mí con todo su peso y me habría aplastado. Afortunadamente, murió joven”.

Al final de este cuento breve hay un giro sorprendente que es mejor no anticipar, aunque por la brevedad del texto queda la sensación que esa caída narrativa daría para una extensión más interesante  que podría atrapar al lector. Yo no dudaría en renombrar este final como “la triple pérdida de la máquina triste”. Pero dejemos el tema ahí para evitar crear falsas expectativas.

 

Foto por: Diego Firmiano

 

Desconozco por qué el  escritor Alan González no alargó la madeja de la temática, lo cual hubiera sido sumamente interesante, ya que el cuento ataja, conmueve, hace que el lector se identifique con alguna perdida o evocación personal.  Tendrá sus razones para preferir esa densidad textual, pero lo que es cierto, es que hay tela para cortar desde la propuesta y la pluma de este joven.

Otro asunto en el cual podemos detenernos es la voz del narrador. Por momentos hay una ambivalencia allí, pero puede ser una mera suposición, o cuestión de perspectiva. Valorativamente está bien escrito y Máquina triste constituye una rareza como micro libro que todo lector debe tener en su anaquel y que se puede adquirir en la librería Roma, o directamente en la editorial Jirafa Enana.

Ya el filósofo Arthur Schopenhauer había comparado a los hombres con relojes a los que se les ha dado cuerda y andan sin saber por qué. Pero esta narración es un niño, por así decirlo, que corre en la ciudad con un propósito, que sea leído, asimilado, sentido, amado. En fin, un texto en clave infantil recomendado para los buenos lectores, esos que tanto abundan en Pereira.