Poemas de Seamus Heaney

Poeta y crítico literario irlandés nacido en County Derry, Norte de Irlanda en 1939.  Al terminar la escuela primaria en su ciudad natal, se trasladó a Belfast para ingresar a Queen’s University donde concluyó su carrera universitaria, dedicándose luego a la enseñanza hasta 1972, año en el que decidió viajar a Dublin para dictar la cátedra de literatura en Carysfort College.  A partir de 1982, dedicado por completo a la poesía y a la crítica, ejerció como profesor de retórica y oratoria en la Universidad de Harvard, profesor de poesía en la Universidad de Oxford y conferenciante de prestigiosos establecimientos culturales. De su obra se destacan “Muerte de un naturalista” 1966, “Puerta a las tinieblas” 1969, “Huyendo del invierno” 1972, “Trabajo de campo” 1979, “Viendo cosas” 1991 y “Poesía reunida” 1998. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1995. 

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Ruptura en mitad del semestre

Me quedé sentado toda la mañana en la enfermería

contando las campanadas que doblaban para fin de clases.

A las dos, los vecinos me condujeron a casa.

 

En el pórtico encontré a mi padre llorando –

siempre había sido tan valiente en los entierros –

y el buen Jim Evans repitiendo: duro golpe, muy duro.

 

El bebé gorjeó alegremente meciendo su coche

al verme entrar, y me ruboricé

cuando los viejos se levantaron a ofrecerme la mano

 

y el pésame, y decir que sentían mucho mi desgracia;

los susurros informaron a los visitantes que yo era el mayor,

estudiando en el internado, mientras mamá tomaba mi mano

 

en la suya, tosiendo suspiros iracundos y sin lágrimas.

A las diez llegó la ambulancia con el cadáver

vendado por las enfermeras, la sangre ya restañada.

 

Al otro día entré a la habitación. Copos de nieve

y velas sosegaban todo al pie del lecho; lo vi

por primera vez en seis semanas. Más pálido ahora

 

luciendo un moretón amapola en la sien izquierda,

tendido, como en su cama, en una caja de apenas cuatro pies.

Sin cicatrices feas; el parachoques lo había tirado lejos.

 

Una caja de cuatro pies, un pie por cada año.

 

 

Ritos fúnebres

I

 

Echaba a cuestas una especie de hombría

al ponerme a levantar los ataúdes

de parientes muertos.

Los habían embalsamado

 

en habitaciones manchadas,

sus párpados ungidos,

sus manos –blancas como harina–

encadenadas en camándulas.

 

Sus hinchadas articulaciones

se alisaban, sus uñas

se oscurecían, las muñecas

se inclinaban obedientes.

 

La mortaja color tierra,

las mullidas cunas de seda;

cortés me arrodillaba,

admirándolo todo,

 

Mientras se derretía la cera

abriendo venas en los cirios,

la llama cerniéndose

ante las mujeres que se cernían

 

tras de mí.

Y siempre, en un rincón,

la tapa del ataúd,

las cabezas de los clavos vestidas

 

de pequeñas cruces que brillaban.

Queridas máscaras de piedra,

sólo un beso en sus frentes de iglú

fue permitido

 

antes de enterrar los clavos

y ver el glaciar negro

de cada funeral

 

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Castigo

Siento el jalón

del dogal en su

nuca, el viento

en su torso desnudo.

 

El soplo vuelve sus pezones

cuentas de ámbar,

sacude el frágil aparejo

de sus costillas.

 

Veo ahogado

su cuerpo en el pantano,

la pesada piedra,

los palos flotando y las ramas.

 

Debajo de ellos primero

fue corteza de árbol

desenterrada,

hueso de roble, cuenco de cerebro:

 

su cabeza al rape

es una tusa chamuscada,

la venda, un trapo sucio,

la soga, un anillo

 

para guardar

recuerdos de amor.

Pequeña adúltera,

antes de tu castigo

 

tenías el pelo rubio,

estabas hambrienta,

y tu rostro negro como la brea era hermoso.

Mi pobre chiva expiatoria,

 

casi te amé,

pero hubiera tirado, lo sé,

las piedras de silencio.

Soy el voyerista artístico

 

de la cresta oscura

y expuesta de tu cerebro,

y la membrana de tus músculos,

y todos tus huesos enumerados:

 

yo, que me quedé callado

cuando tus alevosas hermanas,

embadurnadas de alquitrán,

lloraban junto a las rejas,

 

quien fuera cómplice

de la indignación civilizada,

pero comprendiendo la exacta,

la íntima, tribal venganza.

 

Fruta extraña

Aquí está su cabeza, calabaza exhumada,

Niña de cara oval, piel de ciruela, huesos de ciruela por dientes.

Desmadejaron sus cabellos como helechos mojados,

Exhibieron los bucles a la vista de los curiosos

Y permitieron al aire respirar su belleza de curtiembre.

Bola de grasa, tesoro perecedero:

Su nariz partida, oscura como la turba,

Sus ojos, dos agujeros vacíos como charcos en el baldío.

Diodoro Sículo confesó

Que poco a poco se acostumbraba a escenas como ésta:

Niña asesinada, olvidada y sin nombre,

Decapitada terrible, su mirada fija más allá del hacha

Y de la beatificación, más allá incluso

De lo que comencé a sentir: una cierta reverencia.

 

Víctima

I

Sólo acostumbraba tomar

Y, levantando un pulgar curtido

Hacia la repisa alta, señalar

Otro ron pedido

Con jugo de zarzamora,

sin alzar la voz,

U ordenar una cerveza de afán

Con un simple gesto de los

Ojos y un discreto accionar

Como de quien le quita la espuma.

A la hora del cierre salía

Con quepis y botas pantaneras

A la oscuridad lluviosa,

Soporte de una familia, dependiente del subsidio

Aunque hecho para trabajar.

Me gustaba su manera de ser,

De paso firme pero astuto en demasía,

De cara sobria, de tino disimulado,

Con su mirada alerta de pescador.

Todo -aún de espaldas-  lo veía.

 

Incomprensible

Para él, mi otra vida.

A veces, en su alta banca,

Fingiendo cortar con su cuchillo

Un taco de tabaco,

Sin mirarme a los ojos

En la pausa que seguía al sorbo,

Diría algo a propósito de la poesía.

Estaríamos a solas

Y yo, diplomático siempre

Temeroso de parecer condescendiente,

Lograría, por algún artificio,

Desviar la charla hacia las anguilas,

O cosas de caballos y carretas,

O del IRA.

 

Pero él, por la espalda, miraba

Mi arte tentativo:

Lo volaron en pedazos

En el bar durante el toque de queda

Que otros acataron, a las tres noches

De aquella masacre

De trece hombres en Derry.

PARAS TRECE, decían los muros,

BOGSIDE CERO. Aquél miércoles

Todo el mundo suspendió

El aliento y tembló.