Horacio Benavides nació en Bolívar, Cauca, en 1949. Ha sido profesor y coordinador de talleres de literatura. Ha publicado los libros de poemas: Orígenes, 1979; Las cosas perdidas, 1986; Agua de la Orilla, 1989; Sombra de Agua, 1994; La aldea desvelada, 1998 (Premio Nacional de Poesía, Instituto Distrital de Cultura de Bogotá, 2001); Sin razón florecer, 2002; Todo lugar para el desencuentro, 2005 (Premio Nacional de Poesía, Eduardo Cote Lamus, 2005); Conversación a oscuras, 2014, y Bajo la hierba o el cielo, 2014. También ha publicado una poesía reunida, De una a otra montaña, 2008, y dos antologías: La serena hierba, 2013 (Premio nacional de Poesía del Ministerio de Cultura de Colombia, 2013) y Como acabados de salir del diluvio, 2013. Igualmente, en su trabajo con niños ha escrito tres libros de adivinanzas: Agua pasó por aquí, 1999; Ábrete grano pequeño, 2009, y Tapiz al revés, ¿dime quién es?, 2014.

Referente obligado a la hora de aproximarse a la poesía colombiana. Su voz sutil y su verso breve le prestan atención al mundo que los rodea con una precisión austera. Sus poemas se maravillan con los animales y las cosas de esta tierra y los describen como limpiándolos, mostrando sus destellos fundamentales. También se acercan al dolor y al desgarramiento que ha vivido este país de manera contenida y, con igual delicadeza, abordan el difícil y ajado tema del amor. La poesía de este autor es sencilla y está plantada en jardines silenciosos. Quizás por esa razón, está cargada de una fuerza inexplicable y sus frutos dejan sabores ciertos en la boca.

 

El reloj

El reloj
es un pájaro
disecado vivo

Un pájaro
que picotea
y picotea
el tiempo
sin romperlo

El reloj
es un dios caído
y torturado

 

 

48

Que el agua
que aquí corre
cante en tu baño

Que esta luna roja
sea la misma
en tu estanque y en tus ojos

Que el aire que me toca
te toque a ti
en otra parte

 

 

La mano sobre los ojos

¿Y si apareciera de pronto la luna?

Quiero decir, si apareciera no la luna
sino una piedra brillando en el cielo
sin antes, sin nombre…

La tierra entonces nos quitaría el piso
y nos sentiríamos girando
en el gran vacío

La palabra
como una madre
nos pone su mano en los ojos