DONDE ACABA LA TERNURA

 

 

Hay un cuadro de Lucy Tejada que me perturba si reparo en sus detalles. Se llama El boquete infame, fue pintado en 1966, cuando la artista se despojaba de aquellos trazos gruesos, sólidos y firmes de su primera etapa, a veces rígidos, casi verticales, que recuerdan tanto al entusiasmo latinoamericano de Oswaldo Guayasamín, Cándido Portinari y Diego Rivera, dando paso a una especie de circularidad difusa y nebulosa que acabaría por señalar su obra a mediados de los sesenta.

Entre un decorado azul borroso, pleno de confusión y de oscuridad y de ceguera, unas niñas mudas con aspecto asustadizo observan a un hombre desnudo que introduce su mano bajo las faldas de una mujer cuyo semblante denota un ligero sufrimiento. La mano que hurga es apenas un detalle menor dentro de la inmensa composición dominada por una ventana sombría (¿acaso es este el boquete por donde se cuelan pesadillas y demonios?), así como es apenas perceptible el gesto de contorsión en la boca de la mujer, pasiva, aunque claramente incómoda.

Una interpretación benévola diría que puede tratarse de un parto, pero tengo motivos para sospechar una escena distinta, tan llena de horror y de espanto como lo sugiere el título de la pintura: una escena infame. Podría ser, al fin, un mal sueño, a juzgar por el clima difuso de rostros fantasmales velados en las sombras. “Yo no busco el cielo”, dijo alguna vez la pintora, “sino el momento en que uno pueda crear”. La creación –se intuye– es otro nombre para el dolor.

Aquella ambigüedad perturbadora me parece la verdadera esencia de Lucy Tejada, más allá del cliché gastado con que la encasillaron desde los años cincuenta llamándola la “pintora de la ternura”. Digo ambigüedad porque es difícil saber dónde acaba la ternura y dónde empiezan esa tristeza y esa angustia tenue que impregna su obra, poblada por niñas silenciosas siempre mirando al público, impugnándolo en su desolación. El escritor Fernando Cruz Kronfly supo ver más allá del cliché al afirmar que Lucy no hizo otra cosa toda su vida más que “pintarse a través de sus niños sin esperanzas, de sus niños lejanos en su ser sin salida”, una inocencia humana que él califico como “anterior a la historia”.

Con esa inocencia genuina y para nada fingida desbarataba a los entrevistadores, les bajaba la pompa y la circunstancia. En lugar de responder esas preguntas fatigosas sobre las vanguardias, el arte abstracto y la enorme trascendencia de su obra, ella, que se codeó con León de Greiff, Luis Caballero y Enrique Grau, prefería lamentarse porque se le había muerto la mamá de forma muy prematura y ella “no había podido gozarla”, o quejarse una y otra vez de que en Cali estuvieran tumbando los árboles tan hermosos que ya no adornaban las calles con sus flores, o contar que el único recuerdo que conservaba de Pereira, su ciudad natal, era la figura de una señora muerta y tiesa sobre una mecedora. En cierta ocasión exclamó, sin rubor ni falsa modestia, “no me había dado cuenta de que yo era tan importante”. Lo era, sin embargo.

Borrosa, inconexa, pero con un dominio magistral de la composición, Lucy Tejada adoptaría los colores terracota y ocres que le dan ese toque de arte rupestre y primitivo a sus obras de madurez, convencida como estaba de que el final y el comienzo de la creación eran casi idénticos pues “el mundo se repite, al final todo es la misma cosa, como en los sueños”.

Su pintura es una presencia reiterada de las mismas figuras borrosas, esas niñas mudas que se confunden en un velo de niebla púrpura y ocre, la paleta neutra de la mayoría de su obra. Nunca radiante ni fulgurante, siempre a la sombra del sueño o del recuerdo, como en las fotografías antiguas. Por aquel eterno retorno a la infancia, ese mundo bello pero triste, fue que el poeta Jotamario Valencia dijo que Lucy Tejada siempre había sido “una niña que pocas veces se permite la risa”.

Gonzalo Mallarino atinó al calificarla como “una de las mentes más poéticas de toda la pintura colombiana”. Esa poesía traía enredado el murmullo de la máquina Singer con la que cosía su madre y los brillos extraños de una casa oculta en las guaduas de Manizales, donde Lucy conoció el asombro que produce el color de la tierra y los rastrojeros llenos de armadillos por los que corría con sus hermanitos buscando guayabas. “Pinto niños, pero en el fondo siento que estoy haciendo mi autorretrato”, escribió Lucy Tejada al final de su vida. “Yo misma soy una niña asombrada, con miedo del mundo”.