Gente en las cumbres / Prohibido vivir aquí

La zona de páramo de Risaralda, constituida en buena medida por territorio santarrosano y pereirano, ha sido la cuna de una larga historia olvidada, donde la violencia, el deseo de resurgir y los intereses encontrados del Estado y los campesinos han servido para la aparición de  formas de resistencia que marcan la posesión de la tierra en estos fríos lugares.

 

Texto / Maritza Palma Lozano

Fotografías / Santiago Ramírez

En medio de la violencia desatada en el Tolima en 1949, Miguel Loaiza y sus papás abandonaron la finca Los Pajonales en El Líbano para coger camino hacia el frío páramo de Caldas. Así llegaron a la vereda La Albania quince familias liberales salidas de Murillo y El Líbano. En medio de mingas aserraron madera y levantaron sus casas.

Apenas en 1954 nació Orlandi Loaiza. Sentado en un café del corregimiento de La Florida, con un poncho doblado sobre sus hombros, cuenta que en el 58 rondaba en La Albania el rumor de que el guerrillero Jacinto Cruz Usma, conocido como Sangrenegra, se encontraba entre la niebla del paisaje; por esto cada noche, al menos durante quince días, después de las 05:30 de la tarde los niños de tres familias caminaban por un sendero improvisado entre la maleza para llegar a dormir a unos toldos de tela en medio de los cultivos de papa. Lo real es que la zona fue durante décadas refugio y zona de tránsito de violentos de todos los colores ideológicos.

A La Albania empezaron a llegar otras personas de Manizales y Pereira que construyeron mejores casas, hicieron mantenimiento a los caminos y pusieron dos fondas camineras. Una de ellas fue de Arturo Lancheros y la otra de Alberto González, quien años después moriría pobre en Pereira.

Miguel Loaiza, el papá de Orlandi, se echaba casi tres horas caminando desde La Suiza hasta La Albania, con el mercado al hombro, en una época en la que aún no tenían forma de comprar un caballo; subía por el camino de la cordillera justo al otro lado de una peña conocida como el Chorro de la Guerra. Eran días de domingo en que Orlandi se emocionaba esperando la llegada de su papá, mientras en la vereda muchos aprovechaban para reunirse a jugar en la fonda.

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Desde La Albania se podía salir hacia el Río Barbo, por bajaderos donde solo se transitaba a pie. Uno hacia Tesorito, otra vereda, que tenía caminos empalados sobre el pantano, a modo de tablones de madera amarrados con alambre para que pasaran las mulas, y el otro hacia el páramo de Cortaderal, a tres horas y media de camino.

En esa época el cultivo de papa cubría la vista, pero hacia 1959 empezaron a llegar prohibiciones que limitaban el aprovechamiento de esta siembra y de los árboles que talaban los campesinos, después de que se inició una propuesta de reforestación por parte de Empresas Públicas de Pereira, a cargo de Primitivo Briceño, que actuando bajo el acuerdo 043 asumió la administración de las cuencas hidrográficas del municipio a través de la creación del Departamento de Reforestación que pretendía conservar la Cuenca del río Otún.

En 1960 llegaron a vivir 40 familias en La Albania, muchas de ellas con tradiciones vivas de la región boyacense, como la preparación de tapetusa, un aguardiente hecho a partir de maíz fermentado y panela que se saborizaba con anís y se empacaba en botellas de aguardiente, tapado con la tusa del maíz. Además de las bueyadas, una forma de trabajar con el ganado muy típica del Tolima, donde los animales también eran acondicionados para la carga.

Orlandi trae a su memoria recuerdos que con el tiempo se le hicieron más y más lejanos.  Los campesinos empezaron a sentirse acosados por los guardias forestales, a quienes ellos llamaban policías forestales. Recibieron señalamientos de ensuciar las aguas y contaminarlas con el ganado y la siembra; les prohibieron arreglar el camino y cortar madera para el arreglo de casas y potreros y mucho menos si era para la venta; por último les advirtieron que si lo seguían haciendo los podían multar o hasta meterlos a la cárcel. “Entonces muchos de esos [campesinos] se vinieron de huida de esas palabritas. Yo a eso lo he llamado un desplazamiento con normas, un desplazamiento muy similar al que hacen los grupos armados”, afirma Orlandi.

En 1961 Orlandi y su familia se fueron a vivir como agregados por donde actualmente queda la piscícola Pezfresco, la finca Callejones, de Miguel Zuluaga. Luego, se pasaron frente a la cascada El Fraile, al otro lado del río Barbo, en una finca de Víctor Castaño, que según explica Orlandi reclamaba todas esas tierras hasta la altura de la Laguna del Otún.

En La Albania no se pudo volver a arreglar el camino, hasta que ya no hubo manera de entrar a lomo de mula. Las entidades nunca dijeron que se tenían que ir, pero como dice Orlandi, bastaba “con impedir que el campesino no hiciera las cosas […] porque el campesino no tenía más de qué vivir”.

A su tío Horacio Herrera, quien llegó a tener dos fincas y 80 cabezas de ganado, el INCORA –Instituto Colombiano de la Reforma Agraria, desaparecido en 2002– le compró la finca por 3.500 pesos, con ese dinero negoció una casa por el sector de La Popa, en Dosquebradas, y quedó sin nada más. Con el tiempo comenzó a sembrar hierbas aromáticas en el solar para hacer manojos y venderlos en la galería; de eso vivió. Después de ser el mejor reproductor de ganado de La Albania murió en La Popa y tuvieron que hipotecar la casa para poder enterrarlo.

Ya en el 63 Orlandi se fue para Palmira, estuvo dos años con sus 10 hermanos y sus papás, pero el calor los enfermó. Cuando regresaron, La Albania ya se había acabado, los potreros quedaron solos y las casas empezaban a deteriorarse.

Después de pasados cinco años, en 1970, el INDERENA –Instituto Nacional de los Recursos Naturales Renovables y del Ambiente, desaparecido en 1993 y remplazado por el Ministerio del Medio Ambiente– contrató a su papá Miguel Loaiza para arborizar la vereda con 80 mil pinos; él, a su vez, contrató a los trabajadores necesario para trazar y sembrar.

Alirio Lancheros, quien también nació en La Albania y trabajó para Empresas Públicas durante la plantación de pinos, afirma que “uno sabía que el pino sí reseca, pero qué les va uno a decir a las entidades, aquí nos mandaron fue a trabajar no a decir si brota agua o no brota agua”. A fin de cuentas, lo que les interesaba era sembrar esa madera.

Ya terminando de tomar el café, Orlandi cuenta que la última vez que subió fue en el 2009, por el camino que ya estaba enyerbado. Vio que los pinos nunca fueron talados.