Por esa razón hay que huir de esos simposios, de esas conferencias, de esos encuentros kafkianos, ya que esos especialistas en Kafka, que hasta lo leyeron con tanto respeto, no han descubierto nada nuevo, sino que matizan las mismas ideas anteriores, retoman conceptos, chalanean con dos o tres ideas ya conocidas sobre este escritor y nunca se han atrevido a redefinirlo…

 

Por: Víctor Bustamante

Kafka ha sido uno de los escritores más prestigiosos, a pesar de la oscuridad que lo embarga. Se menciona, se le analiza, se le redescubre, desde diversos puntos de vista, desde el mito, desde la cábala, como quien augura una catástrofe, como quien define una manera de hacer literatura.

Se apela a él, como el gran escritor moderno en estos tiempos de locuacidad, se le sitúa como quien augura el advenimiento del totalitarismo. Borges  lo siente como uno de sus cercanos arúspices de la maldición y, va más allá, certifica que Kafka ya poseía sus precursores.

Franz Kafka. Ilustración / Getty Images

Kundera lo sitúa cerca al totalitarismo y a la asfixiante vida cotidiana. Blanchot lo renueva y lo hace más comprensible, y regresa a él, desde primas diversos: la oscuridad, la ausencia, la soledad.

Calasso intenta una lectura diferente en estos últimos años, pero no dilucida la esfera de Dostoievski en Kafka y perpetúa la idea de El proceso como algo fragmentario, sin terminar, y añade sobre Kafka: ” Es el escritor más importante del siglo XX y uno de los más difíciles”, al que hay que leer “literalmente”.

Nabokov nos distrae con un Kafka contándonos una fábula llena de recovecos y enigmas. Pero hay un rastro, que me ha sacudido desde hace años, Canetti, que sitúa el libro más misterioso de Kafka, El proceso, con una historia de amor, inscrita dentro de su obra. Nada de criptografía como se ha intentado mirarla; es más, como definitivamente se la ha determinado.

George Steiner ve en Kafka, un augurio de Memorias del subsuelo de Dostoievski y, que este, como profeta, prefigura el sadismo furtivo, el implacable totalitarismo sobre la vida privada, la burocracia impotente, la pesadilla humana, pero olvidó que Kafka, tan de piedra, acosado por la seriedad y la formalidad de sus lectores, se reía a carcajadas mientras leía el manuscrito de El proceso por la manera como describía a Felice Bauer. También Steiner lo asocia a  Casa desolada de Dickens.

En estos tiempos aciagos, de incredulidad y de muerte del libro según los tecnócratas de la nueva era de las redes sociales, de Silicon Valley, Guillermo Sánchez, tenía y debía llegar, lejos de su ámbito cercano, la posible Praga, ha descubierto y desencriptado el gran secreto: Kafka es un sucesor directo de Dostoievski.

Es más, sin el escritor ruso, Kafka con su halo de misterio, incompresible para la mayoría de sus lectores y críticos, no hubiera sido posible. También Guillermo ha ordenado esta obra que parecía irresoluble; todo un rompecabezas, toda una obra inconclusa, pero su relectura, la investigación, la persistencia ha llegado a su fin, ya que Guillermo Sánchez ha descubierto, lo que muchos de sus adláteres que guardaban el gran secreto sin develar de Kafka no lo vieron.

Pero vamos por partes. El mundo académico, ahíto de simposios, conferencias, especialistas, doctores, traductores, exégetas, hagiógrafos, es poco lo que ha aportado a una nueva relectura del escritor checo.

 

Kafka parece que se ha convertido en esa muralla impenetrable, imposible de saltar, lo han convertido en un escritor misterioso, ininteligible, en un novelista fuera de serie; lo cual expresa su pereza consuetudinaria para intentar una lectura disímil.

Año tras año se repiten las mismas ideas, a veces hay una nueva reinterpretación a la luz de nuevos aportes en las investigaciones, pero Kafka permanece ahí a su lado, inmutable y en apariencia sólido, sin entenderlo, como si Kafka fuera considerado por ellos uno de los escritores que presagiaron un mundo con un sórdido camino al caos, y reflexionan de tal manera sus libros, como si fueran las sagradas escrituras de estos tiempos posmodernos y no sé qué otros apelativos.

Por esa razón hay que huir de esos simposios, de esas conferencias, de esos encuentros kafkianos, ya que esos especialistas en Kafka, que hasta lo leyeron con tanto respeto, no han descubierto nada nuevo, sino que matizan las mismas ideas anteriores, retoman conceptos, chalanean con dos o tres ideas ya conocidas sobre este escritor y nunca se han atrevido a redefinirlo: Para ellos es intocable, lo cual es sinónimo de pereza intelectual debido a esa bonhomía que dan los títulos.

Esto debido a que en los últimos años nadie en el mundo académico, y ya es decir algo arduo, ha encontrado un camino preciso para llegar al corazón de las tinieblas de Kafka. Siempre se consideró, El proceso, un laberinto, su magna obra, lo inexpugnable, lo misterioso, lo que no tenía sentido para algunos; lo secreto, el gran misterio.

Es decir, ya estaba todo dicho y solo se conformaron en repetir los mismos códigos. A lo mejor repararon en una nueva traducción, en un nuevo testigo que lo vio desde lejos, en merodear como lo hace el mismo Kafka antes de entrar al castillo.

Era como si vieran un gran manuscrito sagrado, algo ilegible que merecía la interpretación e incluso las reinterpretaciones posibles.

Como en una gran botica había remedios para las diversas neurosis de sus investigadores, que interpretaban facetas, que cotejaban hasta la saciedad sus diversos escritos, desde el diario, sus cartas, sus novelas y relatos inmersos en una vida cotidiana de Praga en su momento.

Y a pesar de escudriñar todos esos escritos continuaba el secreto total. La densidad total, añade uno de sus hagiógrafos.

Luego llegó la posibilidad de leer sus manuscritos, cuando se decidió hacerlos públicos, y el caso fue aún más letal, se maravillaron conocerlos de puño y letra de su autor como el gran secreto, incluso, como Borges ante un manuscrito de Pascal, nunca dudan de una palabra que al autor ha borrado y le daría un sentido diferente a un texto suyo.

Guillermo Sánchez. Fotografía / Babel

Ellos, los especialistas en Kafka, también miraban las notas, los pies de páginas, pero nunca encontraron el gran secreto. Esos caminos los descubrió Guillermo Sánchez, aquí en Medellín, y por esa razón, por no hablar alemán, por no vivir en Europa, por no ser académico de renombre, no se le ha reconocido su gran descubrimiento.

Yuri Knórozov, sin haber visitado México, sin hablar español, descifró la escritura maya, publicó en 1952 sus primeras investigaciones y el mundo científico nunca le reconoció su labor sino veinte años después. Una premisa muy personal lo acompañaba, lo que ha creado la mente humana puede ser entendido por otra mente humana.

Knórozov reestructuró las investigaciones iniciadas por fray Diego de Landa, realizadas en 1570, para llegar a sus propias conclusiones. Alan Turing descifró el código alemán Enigma. Champollion es el caso conocido de quien descifró la significación de los jeroglíficos egipcios, después de una ardua investigación basada en la piedra de Rosetta, en 1882.

En ese mismo camino Guillermo ha comprobado uno de los primeros enigmas de Kafka: la presencia de Dostoievski en su obra, la recorre en sus textos más conocidos y estudiados.

Lo más extraño, es que ninguno de los críticos, rebajados a meros hagiógrafos, vieron esa presencia que es tan fuerte, que es veraz la presunción de que sin Dostoievski no hubiera existido Kafka, él lo necesitó a través de toda su literatura para poderse expresar.

No sé dónde andaba el mundo académico pendiente de interpretaciones desde el psicoanálisis, desde el estructuralismo, desde la sociología, desde el derecho, de la mano de aquellos especialistas en la repetición que nunca vieron a Dostoievski en el pálpito de las páginas reescritas por Kafka, porque eso lo fue. Kafka mirado de esa manera es un saqueador de la obra de Dostoievski.

Pero ha sido tanto ecumenismo, se ha postergado en mantener tanto el otro secreto, que Sánchez les enseñaría que se quedaron mirándolo, analizándolo, leyendo, releyéndolo desde la diversa variedad que las interpretaciones entregan para concluir las mimas tesis desde hace años.

Pero ninguno lo relacionó con Dostoievski, lo cual lleva a pensar que los críticos son malos lectores y cuando se meten en el estudio de un autor olvidan el resto.

Kafka, siguiendo a Dostoievski, en su novela quiso ser como él, quiso vivir los eventos con Felisa y a medida que los vivía los escribía, pero también, al mismo tiempo, acudía a Crimen y castigo para intercambiar y nombrar, y adecuar a sus propósitos y de  otra manera, los personajes del escritor ruso, e insertar sus vivencias.

De tal manera que su novela más sombría se convierte en un palimpsesto donde el origen es Crimen y castigo, y lo demás es Kafka escondiéndose a través de situaciones tomadas de otro escritor y  a través personas iguales, transmutándolas en otras. Logra convertir esa obra al apropiarse de ella en matices y dejar su experiencia con Felice inscrita ahí dentro de una obra ajena.

Si miramos las influencias literarias en cada escritor, estas son notorias y no son un crimen, la originalidad es la tradición misma, ya que la escritura es un diálogo constante.

Es visible en Borges, en Baudelaire, en Stendhal, en Diderot, en García Márquez. Cada escritor tiene sus padres y sus pares literarios, ya que estos escritores poseen sus maestros que les abrieron una puerta a cierta sensibilidad que permite que por ahí se cree un sendero.

Es conocido el caso de Nietzsche al encontrar en un tendido de libros viejos en la calle un texto de Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación, que lo sensibiliza a crear toda su obra.

Ilustración / Indd

O Juan Carlos Onetti, frente a una vitrina de una librería en Montevideo, compra Luz de agosto de Faulkner, sale leyéndolo al caminar, sin soltarlo, hasta cuando lo termina y, como una epifanía, se le abre la parte creativa.

Pero Kafka fue más allá que todos, saqueó abiertamente a Dostoievski y se quedó callado y, a más de eso, sus hagiógrafos nunca cayeron en cuenta. Nunca hubo un análisis erudito en ese sentido, nunca hubo una mente flexible que dejara una pista por donde todos pasaron de lado durante un siglo.

De tal manera El proceso se ganó el apelativo de ser denominada  obra maestra, de expresión de la modernidad y otras cosillas. En la actualidad a este tipo de experimentos se le llama hipertexto, que no es más que el saqueo y la reinterpretación de obras ajenas.

Kafka también hizo con Felice lo mismo que Flaubert con la poetisa Louise Colet, la interroga por carta, ella le refiere su condena, le confiesa sus secretos, sus infidelidades durante ocho años, que estimularon a Flaubert para Madame Bovary y cuando el libro salió editado, Louise fue a visitarlo, ya que ella misma se sabía la heroína plasmada en secreto, la testigo de esa incuria, de esa manera de socavar con su cartas y relatos, el matrimonio en Rouen.

Kafka con Felice Bauer.

Pero al visitarlo en París, Flaubert, tuvo la delicadeza de enviar un recado con su valet para decirle que no podía atenderla, que nada tenía que hablar con ella.

Kafka, después de una larga correspondencia, no quiso casarse con Felice, lo cual motivó un libro, El proceso.

Max Brod, su gran amigo y albacea, al recibir los manuscritos de Kafka, quien le ordenó quemarlos, no le hizo caso, los guardó y al publicar muchos años después El proceso, y ordenarlo a su manera, creó un definitiva visión y una escritura Kafka, ya que en ese orden se basaron sus exegetas, lo siguieron como el hilo de Ariadna sus críticos, y así lo asociaron a la historia de la literatura los arúspices, y al acogerlo en sus entrañas el mundo académico, decidió no apartarse de ahí, ya Kafka era el mesías moderno, era el mesías sagrado, el indiscutible, de quien no se podía sino interpretar y reinterpretar, es decir, se convirtió en intocable, ese orden de El proceso era solo ese y nada más.

Ya pertenecía al canon o, mejor decirlo de una vez, era el canon mismo que perdura con su misterio, el orden sus capítulos, así como los fragmentos de los capítulos que sobraban dispuestos en su apéndice, capítulos que causaban aún más misterio y acentuaban la necesidad de una lectura irrefrenable: nadie sabía dónde situarlos o dejarlos de lado como una curiosidad de feria, como los fragmentos perdidos, acaso como los mismos fragmentos de obras, de una obra perdida, escritura dejada de lado porque El proceso solo tenía un orden, el otorgado por Brod y nadie más.

O sea, debido a un error de Brod, se creó toda una hagiografía sobre un libro, El proceso, que dio pábulo al misterio y a miles de lecturas con sus reinterpretaciones.

Hasta ser considerado Kafka un escritor con un nuevo tipo de maldición. Ríos de tinta, un mar de exégesis, un cumulo de asociaciones, un maremágnum de espías que pretenden ver allí el mundo contemporáneo.

¿Por qué razón Kafka no quemó él mismo sus papeles y dejó a un amigo, como albacea, para que los quemara? ¿A qué temía Kafka? ¿A ser descubierto como un alumno, como un imitador de Dostoievski? ¿A que su novia Felice expresara que, al igual que Louise Colet, la utilizó para poder escribir su novela?

Guillermo, además de dilucidar la atracción de Kafka por su maestro, Dostoievski, ha encontrado, luego de arduas pesquisas, el orden de El Proceso. Para esta labor, su paciencia, sus investigaciones, pero, sobre todo, su intuición, lo llevaron a dictaminar lo que nadie había visto en el mundo cerrado de los administradores de Kafka.

No solo que el checo escribía bajo la inspiración y apropiación del escritor ruso, Dostoievski, sino que su obra misteriosa, El proceso, donde sobraban capítulos, donde no se podía concebir otro orden lejos del estructurado por Max Brod, seguía la huella de Crimen y castigo, y así, obsecuente, y con la paciencia del alquimista, es más, con la paciencia del que buscaba un misterio, algo así como leer un libro en un idioma perdido o como quien, después de quinientos años lee los pictogramas aztecas, así Guillermo descubrió que Kafka también seguía las huellas de Crimen y castigo y, así mismo, las imprime en El proceso, causando un desastre intelectual muy grande, ya que ha dejado a Kafka sin el misterio que le otorgaron a través de los años sus exégetas ajustados en dictaminar los mismos juicios, las manidas palabras sobre él, incluido ya en el canon, como un escritor sagrado.

Guillermo, con esta investigación, da un golpe de alerta investigativo a un mundo intelectual que ha asumido su literatura bajo las mismas premisas.

No sé si con este descubrimiento, que sería mejor decir, un desciframiento, Kafka merece otras reinterpretaciones o su literatura seguirá expresando los tópicos que se han mencionado, eso sí bajo otra mirada, ya descubierto el gran misterio.

Guillermo Sánchez, al caminar por el sendero lleno de follaje de sus libros, ha descubierto el verdadero secreto del mundo Kafka. Seguramente vendrán nuevas interpretaciones, nuevas apologías, que no se dignarán a saber que su secreto ya ha sido encontrado, sobre todo a ciertos escritores que aún les gustan los misterios como catarsis para sus alegorías.

Kafka, tal vez al querer quemar su obra, sabía que Dostoievski era el gran fantasma escondido que aparecería detrás de su escritura y quiso borrar las huellas, y esconderse él ahí mismo con sus triquiñuelas, con sus aforismos, con sus indecisiones; pero Guillermo Sánchez ha develado a Kafka.