Era muy fácil, solo tenía que ponerme esa ropa y pararme muchas horas en alguna esquina del centro. Debía pintarme la piel y cada que alguien me diera dinero tomar la actitud de ese a quien represento. Lo primero que conseguimos fue el permiso de don Jeremías; las picas, taladros, carretas y palas vinieron después.

 

Surgimiento. Tomado de http://artistasdelared.com/

 Por: José Hoyos

Puesto a contar un episodio real así de extraño, podría empezar diciendo los antiguos decían, pero no sé qué decían, además tampoco importa, porque los antiguos ya pasaron, y si repito lo que dijeron no diré nada nuevo. La verdad es que sí sé algo: dijeron que desde un punto exterior a una recta, en una superficie, es posible trazar varias paralelas sin la obligación de estar borracho (Pitágoras; Metaponto, 495 a. C; Cuadernos preliminares, escritos los viernes de 2 a 4 am). Si mediante una ecuación pudiera demostrarse el origen del universo o la existencia de Dios, eso no sería un descubrimiento sino una equivalencia. Fascinantes equivalencias. Y lo paralelo y lo equivalente vinieron a demostrarme su fuerza. También hay que recordar que un discípulo de Epicuro reconocido por sus fuertes críticas teológicas causó polémica en la Roma del siglo III al afirmar que “antes de que se eligiera el domingo como día de descanso teníamos siete días de descanso por semana”. Así mismo aparece documentada la creencia de griegos y romanos de que los aparecidos son muertos que no recibieron el ritual funerario tradicional que los confina a vivir bajo la tierra, de modo que las almas carentes de tumba y ceremonia vagaban como fantasmas causando desgracias a los vivos, se quedaban sobre la tierra, sobre la superficie, origen de la etimología superstitio, o superstición. Bueno, aunque lo contrario a la razón no siempre se opone a la realidad. Pero mejor vamos a lo práctico, hablo de prioridades como rebuscarse la comida y trabajar, cosa que estaba haciendo juicioso cuando sucedió lo de mi fractura de brazo. Estar en cama tantos días me ha dejado tiempo para repasar las viejas notas, también para pensar qué otro sector de la montaña explorar y taladrar. Ahora veo que tomar notas en clases y conferencias cumple una función equivalente a la de las tetillas de los hombres. Estudiar filosofía fue el camino más corto que pude tomar hacia el desempleo. Pasar toda mi vida en el campo sin ninguna oportunidad de estudio me hizo aprender directamente lo que enseña la naturaleza.

Se puede querer eslabonar una idea sobre la existencia de Dios y terminar pensando en el presupuesto para mercar, pensamientos que son puro devaneo, esquivos a las redes del raciocinio organizado porque suele pasar que para abordar el tema de la elíptica de los planetas se termine debatiendo la calidad del algodón asiático, es como estar bajo una cascada en medio de un paisaje paradisiaco y resultar de pronto acompañando un cortejo fúnebre al sur de Sonora. Es que pensar equivale a tensar una cauchera y soltar una piedra que quién sabe adónde irá a caer, lo más seguro es que supere los perímetros demarcados inicialmente. Se debe a que los sentidos son una excavadora que recoge a toneladas y nunca para de desbordar el pobre recipiente del pensamiento y aplasta casi por completo la pequeña cucharita del lenguaje.

Un aguacero de apocalipsis ha impedido que trabaje durante dos días. Trabajar, esa palabra siempre tan incómoda. Esta semana apenas pude recoger las monedas para el maquillaje. Si hubiera alguna posibilidad de ser de verdad, no lo dudaría. No sé nada sobre el oficio, pero tengo la voluntad, la fuerza y las herramientas, y tengo el espacio público de la ciudad. No puede ser peor mi suerte, media hora y ya empezó a llover de nuevo, una gota gruesa ha caído sobre la punta de mi nariz y fue como si una fuerza extraña me sacudiera por la espalda y me empujara a algún lugar lejano y desconocido. Fue como cuando cambia la intensidad en la llama de mi casco en pleno socavón. Todos los aguaceros son desiguales, el agua elige mil formas diferentes de precipitarse, los vientos varían, el color del aire, la forma del nubarrón, todo es tan diferente como el pantano bajo mis pies y la forma de las piedras y el matiz de este lugar. Variaciones cuyo revés va a caer a otro lugar. La rutina es una costra que crece, lo veo en los comercios urbanos que abren, proceden y cierran como si los días fueran copias al carbón, los gritos de ¡afloje la polea!, el ruido de las cajas registradoras, la presión de las mangueras en el corte, el olor a tierra y roca húmeda, las luces pequeñas al fondo del trayecto. Tres de la tarde, un metro avanzado, dos cargas de piedra molida, y ni rastro. Seis de la tarde, una semana completa y no hemos sacado más que lodo y picadillo de roca inservible. He invertido cuanto tenía en herramientas, he entregado mi fuerza y mi tiempo a las vísceras de esta montaña, meses de trochas y pantano y despeñaderos, y todo para qué, para lo mismo que se hace cualquier cosa en la vida: para sacar fuerzas y volver al día siguiente. Nadie me dijo cómo hacer cuando la gente está ahí en mis narices celebrando mi inmovilidad y me dan ganas de rascarme, ni cómo soportar el ruido y el calor y el estrés del centro de una ciudad, ahí, aguantando quietico por horas y horas. Estoy cansado de agotar las mismas poses y salir con las manos vacías. Quisiera que esta no fuera mi vida real sino una representación. Entonces ahora estaría quitándome el disfraz y tomaría un bus urbano que me llevaría a mi casa, y sería, sería yo, trabajando en el mutismo de una mantis, moviéndome tan despacio que ni se percibe, afianzándome contra el piso para soportar el peso de mi cuerpo aquí parado siete horas continuas. Erguido, porque ayer asumí una posición más inclinada hacia adelante, y cuando terminé la jornada casi no logro enderezarme. Lo bueno fue que esa pose atrajo la mirada de muchos y el recaudo se incrementó. No puedo negar que fue un buen día, así en la noche haya tenido que hacerme paños de agua en la espalda. Por primera vez desde que me dedico a esto no estoy registrando pérdidas. Incluso ya tengo algunos que podría llamar clientes fijos, como la señora del mercado, siempre pasa a la misma hora con una bolsa de víveres y me deja las monedas de la devuelta. ¿Acción?, cómo no va a tener acción mi trabajo, soy testigo de primera mano de cuanto sucede en esta calle, de cuánto en sobornos se tragan los guardas de tránsito, de la laboriosidad de los carteristas, hasta he llegado a predecir a quién van a soplarle el bolso, y los riesgos de que el tramo de montaña que estoy picando se me venga encima aumentan cada minuto, adentro de una mina la vida se desliza densa y peligrosa como gota de mercurio. Pero también está la esperanza de que la piedra empiece mostrar pintas doradas y dar con una buena veta, bueno, cuando de trabajos manuales se trata, porque son mis manos lo que más muevo cada que recibo una moneda, entonces tomo la pica y la llevo atrás y adelante unas cinco veces y sigo quieto hasta que caiga otra moneda, cosa que no me agote demasiado y reserve energía para aguantar hasta las seis de la tarde o a veces hasta las siete, cuando el suministro de agua de las mangueras es cortado y nos toca salir del socavón en una caminata cada vez más extensa, porque el corazón de una montaña no es que esté allí nomás, pero no importa la hora siempre que vengamos con un buen recaudo de piedra bien veteada, algo para moler al día siguiente y la ilusión de que esta semana sí habrá plata, no importa si debo más de lo que estoy ganando, porque me descuadra el presupuesto eso de tener que pagar a diario dos buses urbanos para llegar al centro, el almuerzo no importa, eso es lo de menos, me atiborro los bolsillos de pan barato y hago una pausa al mediodía, me siento en el andén y la gente que pasa puede verme comer un pan con rastros de maquillaje negro, así parezca improbable, esos mendrugos proveen la energía suficiente para aguantar tantas horas de sol ahí plantado tragando ruido y humo de exosto, hasta que se llega el sábado y reunimos todo el producto de la moliendas, quince, veinte gramos de oro que dividimos entre mis compañeros y yo y nos da justo para el mercado con que reuniremos fuerzas para volver a trabajar y buscar la comida que nos dará fuerzas para volver a trabajar, sin la garantía de un sueldo fijo (ayer reuní doce mil pesos y antier, tres mil), que es una de las incertidumbres económicas de hoy, no me pasa solo a mí, los vendedores y rebuscadores de todo tipo que vienen a diario a estas calles sufren los estragos de un día bien y un día mal, y ahí está pues para tomarle el pulso a los vaivenes monetarios citadinos, en cambio un empleado al menos tiene la certeza de que algo fijo habrá por día, o por semana, pero algo, siempre que don Jeremías no nos aumente la suma que tenemos que pagarle por explotar una montaña de la que él solo posee la cáscara, aunque también debo reconocer que nos provee el agua suficiente para la excavación, y algunas veces sus árboles frutales me han facilitado el almuerzo, es que no siempre hay para traer, o llevar, como le pasó a los vendedores de cacharros de todo este sector, que se les llevaron las mercancías en una barrida de la policía y la Secretaría de Movilidad dizque para impedir que ocuparan el espacio público, de golpe se dirigen a mí, me ordenan moverme y no obstaculizar el paso de peatones, me niego y con disimulo me aferro a un poste, me vuelven a ordenar y de nuevo rehúso, al no encontrar mercancía que decomisar quieren decomisarme a mí, hay un forcejeo y de repente aparece un bolillazo y ¡zas!, fractura expuesta en mi brazo derecho, pero logro subir a un taxi con destino al hospital, es un tramo pequeño, no importa que la luz del casco se me haya fundido en pleno socavón, creo que podré sortearlo a oscuras, de tanto ir y venir pude memorizar el recorrido, son dos curvas a la izquierda, línea recta unos veinte metros y dos más a la izquierda, y en esa última curva fue donde una tabla de las que sostienen el túnel se pudrió y se vino abajo dejando que una enorme y filuda piedra se desprendiera justo a mi paso y ¡zas!, fractura expuesta en mi brazo izquierdo.

Era muy fácil, solo tenía que ponerme esa ropa y pararme muchas horas en alguna esquina del centro. Debía pintarme la piel y cada que alguien me diera dinero tomar la actitud de ese a quien represento. Lo primero que conseguimos fue el permiso de don Jeremías; las picas, taladros, carretas y palas vinieron después. El resto del tiempo solo tenía que permanecer de pie y tan inmóvil que la gente creyera que era una figura de cera. Hacen falta muy pocos dotes histriónicos, aplicar una gran capacidad de concentración y resistencia (la pobreza ha afianzado mi resistencia), y hacerle caso a la intuición para elegir por dónde ir mordiendo la montaña hasta que el oro brille. Qué curioso, el oro está hecho de partículas de oro, pero una sola, sin las demás, ya es el oro, igual pasa con el hombre. El primer día fue más pesado de lo que creía. Un perro estuvo a punto de soltársele al dueño y atacarme; el sol no me permitía la quietud, sentí que me faltaba el aire cuando me vi cincuenta metros adentro de la tierra, y me sentí peor saliendo con las manos vacías después de horas y horas de picar piedra, mis movimientos no convencían a nadie, y gasté en pintura negra y artículos de utilería casi el doble de lo recaudado, eso sin contar con el bloque macizo de piedra que me tocó picar, y para completar el casco que conseguí me quedaba grande y en los tramos más profundos del corte casi no me daban las fuerzas para empujar cuesta arriba la carreta llena de material triturado. Cuatro miserables monedas y una nueva abertura que no condujo a nada me obligaron, para la segunda semana, a corregir mi desempeño. Pude ubicar un sitio con sombra, y alargué los lapsos de inmovilidad absoluta. El resultado económico no fue mucho mejor, nunca lo es. Pero de a poco adquirí dominio sobre el oficio. ¿Por qué no habría de despertar simpatía un minero en medio de una ciudad? Las estatuas humanas hacemos de personajes de cuya verosimilitud depende que nos vaya bien o no, bueno, desde que me alivié me ha empezado a ir bien, además me gusta la exploración de tantos pensamientos al pasar mucho tiempo inmóvil. No puedo negar que me está gustando el oficio, he empezado a apreciar la hondura de esta montaña, imaginar qué estará pensando cada transeúnte que pasa apurado, el paisaje de rocas por dentro y de verde por fuera, ver cómo el centro de una ciudad desenrolla su día, la expectativa del oro en cada golpe de la pica, el tiempo que camina sincronizado con quién sabe qué otro y dónde. Cúmplase el leopardo entre los robles. Una descabellada superstición dice que mientras se está viviendo en un tiempo y un espacio determinado, algo como un facsímil de uno hace lo propio en un lugar y tiempo indeterminado. Imagino que es como si yo hubiera querido ser algo que solo consiguió mi calco. Y ese calco, en algún lugar paralelo a mi realidad, desea ser esto que aquí soy yo. Mi calco ­—imagino—, vive una existencia condicionada por la mía. Yo hago lo propio con la suya. Una idea que me perturba es pensar que la inmovilidad se traduce, en las antípodas del universo, en movilidad. La quietud equivale a un reloj de marcha continua, es el movimiento constante allá en el reverso de la tierra. Pensé mucho en eso todo el tiempo que una férula recubrió la superficie de mi brazo derecho o izquierdo fracturado, porque a pesar de las prioridades prácticas y de la incredulidad, el mundo cumple a cabalidad la regla de ir por ahí desgajándose en episodios paralelos y equivalentes.