Philip Levine (1928-2015) poeta estadounidense. Algunos de sus temas fueron su cruda infancia en Detroit y la guerra civil española. El estilo de sus poemas tiene un impulso narrativo y autobiográfico. Fue ganador del premio Pulitzer en 1995 por su colección The Simple Truth (La simple verdad) y ganó dos veces el National Book Award, en 1980 por Ashes: Poems New & Old (Cenizas: poemas nuevos y viejos) y en 1991 por What Work Is (Lo que es el trabajo). Sus escritos aparecieron a menudo en The New Yorker, Harper’s Magazine y otras publicaciones importantes.

 

levine
Una historia

 

Todo mundo ama las historias. Empecemos con una casa.

Podemos llenarla con cómodas habitaciones y llenar las habitaciones

con objetos: mesas, sillas, armarios, cajones

cerrados que esconden camas minúsculas

donde los niños durmieron alguna vez

o grandes cajones que bostezan para revelar

prendas dobladas con precisión y lavadas a morir,

impolutas, manidas, esperando a ser gastadas.

Debe haber una cocina, y la cocina

debe tener una estufa, quizás una grande y metálica

con un tubo grueso que desaparezca en el techo

y alcance el cielo y exhale sus olores y conjuras.

Éste era el centro de la vida familiar que fue

alguna vez aquí; éste y el lavabo ―amarillento

alrededor del desagüe― donde el agua, pura o no,

huía sin explicación, más o menos como el punto

de la historia que prometimos y aún estamos por cumplir.

Algo es seguro: una familia estuvo aquí. Puedes ver

la senda desgastada en el linóleo donde la madera,

grisácea, desde luego pino, se revela.

El padre se paraba allí en la mitad de su vida

para llamar a los cielos que imaginó lo escuchaban

más allá del techo. Cuando nadie le contestó

puedes ver dónde su zapato golpeó una

y otra vez, aun cuando había sido educado

en nunca exigir. Y no es que la vida fuera especialmente cruel:

tenían agua que subía del pozo fácilmente,

una estufa que daba calor, una madre que permanecía

ante el lavabo a todas horas y miraba añorante

a donde los bosques alguna vez lanzaron voces

de osos pequeños ―ellos también una familia― y la canción

de los pájaros hace tanto emigrados cuando los bosques se rindieron,

un árbol a la vez, ante la llegada de los obreros

con jarras de café. El lugar desgastado en el alféizar

es donde la madre descansaba su cabeza cuando nadie veía,

esas dos crestas manchadas eran los asideros

con los que contaba; nunca la decepcionaron.

¿Dónde está ella ahora? ¿Crees que tienes el derecho

de saberlo todo? ¿Los niños tan pequeños

como para llenar armarios, tan grandes como para tener

habitaciones propias y abandonarlas, el padre

con su mano derecha alzada contra el cielo?

Si esas preguntas son demasiado personales, dinos pues

¿dónde están los bosques? Debieron haber estado

porque el continente estaba vestido de árboles.

Todos leemos eso en la escuela y sabemos que es verdad.

Aun así, todo lo que vemos son casas, filas y filas

de casas hasta donde alcanza la vista, y donde la vista desaparece

hasta la nada, hasta el nuevo mundo nunca visto por nadie,

donde tiene que haber más que polvo, partículas

de tierra ardiente, la tierra que perdimos,

llevadas por el aire, y nada más.

 

Truht

 

POR UN DURO

Nochebuena, 1965

 

Por un duro tenías una noche al resguardo.
(Un duro era una moneda de cinco pesetas
con el perfil de Franco, la narizota respingona
como si él solo hubiera recibido
el aliento de Dios. En el 65
sólo él recibía el aliento de Dios).
Por un duro podías tumbarte en el vestíbulo
del Hotel Splendide con tu traje de los domingos,
dormir bajo las luces, y levantarte a tiempo
para bendecir la llegada del Hijo. Por un duro
lo podías tener todo, coches, mujeres,
una comida de siete platos y vistas al mar,
con las camareras inclinándose
al preguntar con reverencia: “¿Más mantequilla?”. Por un duro
compré un paquete de Antillanas y le di uno
al único viajero de la terminal desierta,
un soldado de uniforme. Cuando se agachó
para encenderlo, vi el cogote pálido,
desarreglado. Aún debe estar allí, esperando.
El hotel ya no está, el edificio sí,
un hospital veterinario y un comedor de animales
dirigido por el señor Esteban Ganz, vestido
para trabajar esta mañana con bata blanca,
corbata negra y bambas sucias. Modestamente
me muestra tres cachorros de lobo, pintos,
salvados de la muerte, los feroces gatos silvestres,
recorriendo impacientes la gran jaula como tigres, el tucán
debilitado por un virus desconocido, pero ahora
ya recuperado y acicalándose. Colores bulliciosos:
rojos, verdes y dorados resplandecientes,
idóneos para anuncios que proclaman la paz inter-
galáctica cuando llegue el momento.

 

 

EL POEMA DE TIZA

 

Esta mañana, de camino al bajo Broadway,
me crucé con un hombre alto
hablándole al trozo de tiza
que sostenía en la mano derecha. La izquierda
estaba abierta y marcaba el compás,
pues su discurso tenía ritmo;
era un canto o una danza o, quizás,
un poema en francés, pues
era de Senegal y hablaba francés
tan lento y con tanta precisión que yo
podía entenderlo como si me hubiesen arrojado
cincuenta años atrás, hacia
mi clase de instituto. Un hombre esbelto,
elegante en las formas, pulcramente vestido
con los restos de dos trajes azules,
con la corbata firmemente anudada y su camisa blanca
sin planchar, aunque impoluta. Conocía
la historia entera de la tiza, no solo
de aquel trozo en particular, sino
de la tiza con la que yo escribí
mi nombre el día en el que regresé
a la escuela tras la muerte
de mi padre. Conocía el feldespato,
el calcio, las conchas de las ostras; sabía
qué criaturas habían dado su espinazo
hasta formar el polvo temporal
prensado en aquellos conos perfectos,
conocía la tristeza de las aulas
en diciembre, cuando la luz decae
temprano y las palabras de la pizarra
abandonan su gramática y sentido
y, más tarde, incluso sus contornos, de tal modo que
cada letra se expande en todas direcciones
y, al mismo tiempo, no significa nada en absoluto.
Al principio pensé que su barba corta
estaba escarchada de tiza; conforme
nos aproximábamos, a menos de un pie
de distancia, vi que sus pelos eran blancos,
así que a pesar de la juventud que había en sus gestos
era, al igual que yo, un hombre entrado en años, aunque
de apariencia mucho más noble, con sus pómulos altos
y tallados, sus hombros anchos
y sus claros ojos negros. Tenía el porte
de un rey del bajo Broadway, alguien
salido de la mente de Shakespeare o
de García Lorca, alguien por quien la pérdida
se había dulcificado en caridad. Nos enfrentamos
durante aquel largo minuto, ambos
compartiendo el último poema de tiza
mientras la gran ciudad se enfurecía a nuestro
alrededor, y luego el poema se acabó, tal y como lo hacen
todos los poemas, y su mano izquierda se desplomó
hacia un lado bruscamente y me tendió
el trozo de tiza. Yo me incliné ante él,
sabiendo cuánta era la importancia de aquel gesto,
y le escribí mis agradecimientos en el aire,
donde podrán ser escuchados para siempre
bajo el grito endurecido de las conchas del mar.