En años diferentes, pero en el mismo tenso período de entreguerras, publican dos obras paradigmáticas de la poesía de vanguardia: Vallejo, Trilceen 1922 y Huidobro su Altazor en 1931.

 

Por: Jaime Flórez Meza

Primera edición de Altazor

Vicente Huidobro y César Vallejo son dos de los más grandes poetas hispanoamericanos de todos los tiempos. Nacieron, además, con un año de diferencia: Vallejo en 1892 y Huidobro en 1893; compartieron el mismo convulsionado mundo de la primera guerra mundial, la Gran Depresión de 1929 y la guerra civil española, en la que Vallejo participó activamente.

Se conocieron en París, en un momento de efervescencia de las vanguardias europeas, pero no llegaron a ser amigos. Eran hombres de la periferia occidental que lograron impactar en el centro mismo de la vanguardia y transformar para siempre la poesía en lengua castellana.

El año 1918 es clave para ambos: Vallejo publica su primer libro, Los heraldos negros, y Huidobro inicia nada menos que la vanguardia en castellano con el lanzamiento de Ecuatorial y Poemas árticos. En años diferentes, pero en el mismo tenso período de entreguerras, publican dos obras paradigmáticas de la poesía de vanguardia: Vallejo, Trilce en 1922 y Huidobro su Altazor en 1931.

 

Portada de la primera edición de Trilce.

 

Mi propósito al escribir sobre estas obras es una tentativa de diálogo entre ellas. Empresa bien difícil tratándose de dos creaciones míticas, complejas, enigmáticas y densas. Las ediciones con las que trabajo son, para el caso de Altazor, la de René de Costa: Vicente Huidobro. Altazor / Temblor de cielo. Colección Letras Hispánicas. Editorial rei andes Ltda., 1992; y para Trilce la de Historia de la Literatura Latinoamericana: César Vallejo. Trilce. Editorial Oveja Negra, 1985. En algunos casos, y cuando sea necesario, emplearé la letra A para citar versos o fragmentos de Altazor, y T para distinguir los de Trilce. Quisiera empezar con los títulos. Altazor es el ángel caído, reminiscencia del Lucifer bíblico que funciona como alter ego de Huidobro:

 

Soy yo Altazor el doble de mí mismo

El que se mira obrar y se ríe del otro frente a frente

El que cayó de las alturas de su estrella

 

La palabra proviene de altura, azur (azul, cielo) y azor (ave rapaz). Trilce, en cambio, no tiene significado, es una invención de Vallejo que, de acuerdo con el investigador André Coyné, surgió de un juego lingüístico entre tres y libras (dos amigos de Vallejo bromeaban con el precio que tendría el libro, tres libras) que se fue simplificando: tres libras, tress, tril, trils, trilsss, trilce. Existe otra hipótesis según la cual Trilce es la fusión de triste y dulce, dos rasgos que pueden hallarse en la obra, amén de la tristeza que se dice caracterizaba al poeta peruano. Pero aun si se aceptara esta conjetura tampoco nos dice mucho de un texto aparentemente impenetrable y hermético como las alturas andinas de las cuales provenía Vallejo, que nació en la población de Santiago de Chuco, Departamento de La Libertad, en la sierra peruana, el 16 de marzo de 1892. Por ello mismo es una obra que precisa de un constante asedio para acceder a su intrincada poética.

El caso de Altazor es diferente aunque no por eso menos complicado. No obstante, el título completo del poema ya nos da una vaga pista de su contenido: Altazor o el viaje en paracaídas: Poema en VII Cantos. Además, se conocen detalles de su proceso de gestación y desarrollo, que comprende doce años (1919 – 1931). Durante esos años Huidobro dio a conocer algunos apartes de su obra en construcción. Curiosamente el proceso de Trilce también se inicia en 1919, pero abarca tres años. Vallejo fue muy discreto y reservado en su difusión hasta que la obra vio la luz.

Altazor consta de un prefacio y siete cantos, Trilce está compuesto por 77 poemas sin título alguno y ordenados en números romanos. Desde noviembre de 1920 hasta febrero de 1921 Vallejo permanece en prisión tras ser injustamente acusado de robo, saqueo e incendio durante una revuelta política en la ciudad de Trujillo. Durante los 112 días que duró su reclusión escribió y reescribió buena parte de lo que sería Trilce. En el poema XVIII empieza diciendo

 

Oh las cuatro paredes de la celda.

que sin remedio dan el mismo número.

Ah las cuatro paredes albicantes

Criadero de nervios, mala brecha,

por sus cuatro rincones cómo arranca

las diarias aherrojadas extremidades.

 

Muy distinta es la prisión que vivía Huidobro, de índole existencial:

 

Soy yo Altazor

Altazor

Encerrado en la jaula de su destino

En vano me aferro a los barrotes de la evasión

    posible

 

La soledad es un elemento presente en ambas obras. Soledad del hombre privado de su libertad en un momento de su vida, como ya se ha visto en el caso de Vallejo. Soledad metafísica en Altazor:

 

Estás perdido Altazor

Solo en medio del universo

Solo como una nota que florece en las alturas del vacío

(…)

Estoy solo

La distancia que va de cuerpo a cuerpo

Es tan grande como la que hay de alma a alma

Solo

        Solo

               Solo

Estoy solo parado en la punta del año que agoniza

(Canto I)

 

Vallejo en Paris, donde conoce a Huidobro, Neruda y muchos otros grandes de la literatura suramericana.

Soledades que surgen de hechos cotidianos podemos encontrar en el texto de Vallejo:

 

He almorzado solo ahora, y no he tenido

madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua,

ni padre que, en el facundo ofertorio

de los choclos, pregunte para su tardanza

de imagen, por los broches mayores del sonido.

(XXVIII)

 

En ambas obras encontramos un deseo de acabar con la divinidad o de alejarse radicalmente de ella:

 

Dios diluido en la nada y el todo

Dios todo y nada

Dios en las palabras y en los gestos

Dios mental

Dios aliento

Dios joven Dios viejo

Dios pútrido

                    lejano y cerca

Dios amasado a mi congoja

(Canto I, A)

Y Dios sobresaltado nos oprime

el pulso, grave, mudo,

y como padre a su pequeña.

                   apenas,

pero apenas, entreabre los sangrientos algodones

y entre sus dedos toma a la esperanza.

Señor, lo quiero yo…

Y basta!

          (XXXI, T)

 

Vicente Huidobro. Ilustración / Excéntrica

Búsqueda de un nuevo lenguaje         

La manera como Huidobro y Vallejo se relacionaron con las vanguardias europeas fue muy diferente. Huidobro tuvo contacto directo con ellas desde joven, fue amigo de artistas vanguardistas y, como se sabe, fundó su propio movimiento de vanguardia, el creacionismo. Y si hay una obra poética en nuestra lengua que sintetice mejor las vanguardias y las corrientes que las precedieron (romanticismo, simbolismo, modernismo), esa es Altazor, lo que hace que no pueda ser encasillada en ninguna en particular, aunque desde luego responde plena e integralmente a los postulados del creacionismo: los lleva a su máximo punto de efervescencia, es su obra maestra.

En contraste, Vallejo llega a la vanguardia de modo muy distinto y no con el mismo deleite, pasión y convicción con que lo hace Huidobro. Si en Los heraldos negros es posible encontrar algunos elementos novedosos y posteriormente, de forma plena, en Trilce, se debe más a una evolución personal, a la intuición, que a un profundo conocimiento de las vanguardias, y solo hasta que Vallejo fija su residencia en París, en 1926, puede tener un amplio acercamiento a los movimientos de vanguardia.

La información que llegaba a Perú sobre estos movimientos era escasa, básicamente a través de la revista española Cervantes que Vallejo solía leer. Es casi seguro, por otra parte, que leyera a autores como Mallarmé. De todos modos, no parece muy entusiasmado con las vanguardias. Vallejo es un vanguardista atípico: no funda ningún movimiento, no escribe ningún manifiesto ni arte poética.

Respeta los diversos y hasta revolucionarios procesos creativos de su época, pero tiene en claro que “hay un timbre humano, un latido vital y sincero, al cual debe propender el artista, a través de no importa qué disciplinas, teorías o procesos creadores. Desde esa emoción, seca, natural, pura, es decir, prepotente y eterna, y no importan los menesteres de estilo, manera, procedimientos, etc.” [1]

En uno de sus manifiestos, La creación pura, Huidobro no se aparta radicalmente de esta concepción vallejiana, y aunque lo expresa en otros términos y su procedimiento creador sea distinto, la esencia parece ser la misma: “Yo lucho desde hace bastante tiempo por el arte de creación pura y ésta ha sido una verdadera obsesión en toda mi obra. Ya en mi libro Pasando y pasando, publicado en enero de 1914, dije que al poeta debe interesarle ‘el arte creativo y no el de la cristalización’”.[2]

 

Uno de los poemas más conocidos de Trilce, el XXXII, se convirtió en un referente de la vanguardia hispanoamericana. Empieza así:

 

999 calorías

Rumbbb… Trrraprrr rrach… chaz

Serpentínica u del biscochero

engirifada al tímpano.

 

En la cuarta estrofa encontramos:

 

Remeda al cuco; Roooooooeeeis…

 

Nótese el uso libre de la mayúscula. Huidobro podría contestarle así con los primeros versos del canto VII:

 

Ai aia aia

ia ia ia aia ui

Tralalí

Lali lalá

Aruaru

           urulario

 

Descomposición, deformación y transformación del lenguaje, y también la búsqueda de una nueva sensibilidad. Es lo que encontramos, en estilos diferentes, en ambas obras. Huidobro lo expresa así en uno de sus manifiestos: “Para el creacionismo, la verdad exterior que existe a priori es despreciable desde el punto de vista artístico. El arte solo busca la verdad interior, aquella a la que el creador le da forma y vida, y que no existiría sin él”.[3]

En los últimos versos del poema XIII Vallejo dice

 

Oh, escándalo de miel de los crepúsculos

Oh estruendo mudo

¡Odumodneurtse!

 

El deseo, la necesidad de inventar palabras atraviesa las dos obras:

 

Ylarca murllonía

Hormajauma marijauda

Mitradente

Mitrapausa

Mitralonga

Matrisola

               matriola

(Canto VII, A)

En Vallejo encontramos, por ejemplo, amargurada, teneblosa, ternurosa, hifalto, ennazala, innánima, grifalda.

El canto VII de Altazor es pletórico en neologismos de diverso origen que crean o dan la ilusión de un idioma provisional. En mi opinión es una tentativa de reinventar la lengua:

 

Lunatando

Sensorida e infimento

Ululayo ululamento

Plegasuena

Cantasorio ululaciente

Oraneva yu yu yo

Tempovío

Infilero e infinauta zurrosía

Jaurinario ururayú

Montañendo oraranía

Arorasía ululacente

Semperiva

                  ivarisa tavirá

 

En el caso de Vallejo la inventiva también está dada por una deliberada transgresión lingüística: alteraciones de todo tipo, inclusive en la ortografía, que muestran un sujeto lírico pueril, iletrado o pobre, como si el que hablara en muchos de sus poemas fuera un niño, un campesino, un peón, un obrero, un mendigo. Conocida es la preocupación y sensibilidad de Vallejo por los seres indefensos, desposeídos, incultos, marginales, inocentes. Ese sujeto lírico inculto, burdo, juguetón, vulgar, a menudo se alterna con el culto y sofisticado. Habla coloquial y habla intelectual que al juntarse o separarse producen un efecto no literario, o antipoético si se quiere, rasgo radicalmente distinto a la estética de Huidobro. Veamos estos versos de Vallejo:

 

Quién hace tanta bulla, y ni deja

testar las islas que van quedando

(I)

Vusco volvvver de golpe el golpe.

(…)

Busco volvver de golpe el golpe.

(…)

Fallo bolver de golpe el golpe.

(IX)

Mentira. Si lo hacía de engaños,

y nada más. Ya está. De otro modo,

también tú vas a ver

cuánto va a dolerme el haber sido así.

Mentira. Calla.

Ya está bien.

Como otras veces tú me haces esto mismo,

por eso yo también he sido así.

(LI)

Estamos a catorce de Julio.

Son las cinco de la tarde. Llueve en toda

una tercera esquina de papel secante.

Y llueve más de abajo ay para arriba.

(LXVIII)

Hubo un día tan rico el año pasado…!

que ya ni sé qué hacer con él

(LXXIV)

Otro vaso y me voy. Y nos marchamos,

ahora sí, a trabajar.

(XXXV)

Las personas mayores

¿a qué hora volverán?

Da las seis el ciego Santiago,

y ya está muy oscuro.

Madre dijo que no demoraría.

Aguedita, Nativa, Miguel,

cuidado con ir por ahí, por donde

acaban de pasar gangueando sus memorias

dobladoras penas,

hacia el silencioso corral, y por donde

las gallinas que se están acostando todavía,

se han espantado tanto.

Mejor estemos aquí no más

Madre dijo que no demoraría.

Ya no tengamos pena. Vamos viendo

los barcos ¡el mío es más bonito de todos!

con los cuales jugamos todo el santo día,

sin pelearnos, como debe ser:

han quedado en el pozo de agua, listos,

fletados de dulces para mañana.

(III)

 

Lenguaje simple, cotidiano, seco, terrestre, incluso bucólico, que contrasta con el mágico, etéreo, luminoso, trascendental, aéreo, lúdico y musical de Altazor:

 

Altazor ¿por qué perdiste tu primera serenidad?

¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu

  sonrisa?

  Con la espada en la mano?

¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus

  ojos como el adorno de un dios?

¿Por qué un día de repente sentiste el terror de

  ser?

(…)

¿Robinson por qué volviste de tu isla?

De la isla de tus obras y tus sueños privados

La isla de ti mismo rica de tus actos

Sin leyes ni abdicación ni compromisos

Sin control de ojo intruso

Ni mano extraña que rompa los encantos

¿Robinson cómo es posible que volvieras de tu

  isla?

 (Canto I)

 

Pero Vallejo sorprende también cuando incluye un soneto de bella factura, que deliberadamente hace rimar en sus cuartetos y no rimar en sus tercetos. Es el poema XLVI:

 

La tarde cocinera se detiene

ante la mesa donde tú comiste

y muerta de hambre tu memoria viene

sin probar ni agua, de lo puro triste.

Mas, como siempre, tu humildad se aviene

a que le brinden la bondad más triste.

Y no quieres gustar, que ves quien viene

filialmente a la mesa en que comiste.

La tarde cocinera te suplica

y te llora en su delantal que aún sórdido

nos empieza a querer de oírnos tanto.

Yo hago esfuerzos también; porque no hay

valor para servirse de estas aves.

Ah! qué nos vamos a servir ya nada.

Una vida de lujos no melló la intensidad creativa de Huidobro.

Disrupción y tradición

Este soneto y la escritura (o reescritura) de otros poemas que parecen haber sido proyectados como sonetos o que pueden ser reescritos como tales, es un ejemplo de cómo Vallejo no pretendía romper completamente con la tradición sino, en cierto modo, dialogar con ella. Huidobro va a llegar mucho más lejos en ese sentido, como lo manifiesta Norma Angélica Ortega: “Pero no sólo el espíritu de vanguardia del incipiente siglo XX -del cual Huidobro fue parte viva y su principal promotor en lengua castellana- tiene lugar en él; también hay en esta obra ecos modernistas así como románticos y simbolistas”.[4]

Vallejo por su lado llega a sugerir cómo iniciaría el poeta simbolista francés Albert Samain uno de sus poemas, el LV, para marcar así una abrupta diferencia de estilos, estados anímicos, sensibilidades y circunstancias de una manera descarnada, casi brutal:

 

   Samain diría el aire es quieto y de una contenida tristeza.

   Vallejo dice hoy la Muerte está soldando cada lindero a cada

hebra de cabello perdido, desde la cubeta de un frontal, donde hay

algas, toronjiles que cantan divinos almácigos en guardia, y versos

antisépticos sin dueño.

 

Un motivo que encontramos en las dos obras es la mujer, la amada, la amante, la compañera. El canto II de Altazor es una celebración de esta mujer:

 

Mujer el mundo está amueblado por tus ojos

Se hace más alto el cielo en tu presencia

La tierra se prolonga de rosa en rosa

Y el aire se prolonga de paloma en paloma.

 

En Trilce el tono es crudo y directo:

 

Pienso en tu sexo.

Simplificando el corazón, pienso en tu sexo,

ante el hijar maduro del día.

Palpo el botón de dicha, está en sazón

y muere un sentimiento antiguo

degenerado en seso.

(XIII)

 

Por momentos se suaviza un poco, pero se mantiene lacónico:

 

Has venido temprano a otros mundos

y ya no estás. Es el rincón

donde a tu lado, leí una noche,

entre tus tiernos puntos,

un cuento de Daudet. Es el rincón

amado. No lo equivoques.

(XV)

 

En Altazor hallamos una mujer espacial, aérea:

 

He aquí tu estrella que pasa

Con tu respiración de fatigas lejanas

Con tus gestos y tu modo de andar

Con el espacio magnetizado que te saluda

Que nos separa con leguas de noche

Sin embargo te advierto que estamos cosidos

A la misma estrella

Estamos cosidos por la misma música tendida

De uno a otro

 

En Trilce los amantes están cosidos, unidos de otra forma, a partir del simple hecho cotidiano de pegar un botón:

 

Entre tanto ella se interna

entre los cortinajes y ¡oh aguja de mis días

desgarrados! se sienta a la orilla

de una costura, a coserme el costado

a su costado,

a pegar el botón de esa camisa

que se ha vuelto a caer. Pero hase visto!

(XXXV)

 

Rara belleza en la poesía de Vallejo. Y sí, la mujer de Trilce es inequívocamente terrenal:

 

Amorosa llavera de innumerables llaves,

si estuvieras aquí, si vieras hasta

qué hora son cuatro estas paredes.

Contra ellas seríamos contigo, los dos,

más dos que nunca. Y ni lloraras,

di, libertadora!

(XVIII)

 

Huidobro encuentra a la amada mediante diversas abstracciones, ensoñaciones e imágenes:

 

Te hallé como una lágrima en un libro olvidado

Con tu nombre sensible desde antes en mi pecho

Tu nombre hecho del ruido de palomas que se

   vuelan

Traes en ti el recuerdo de otras vidas más altas

De un Dios encontrado en alguna parte

Y al fondo de ti misma recuerdas que eras tú

El pájaro de antaño en la clave del poeta

 

Vallejo elude la ensoñación, como en este poema, el XXXVII, y opta por una recreación que quizás ejemplifique esa sensibilidad agridulce, risible y trunca del nombre de su poemario (Trilce):

 

He conocido a una pobre muchacha

a quien conduje hasta la escena.

La madre, sus hermanas qué amables y también

aquel su infortunado “tú no vas a volver”.

Como en cierto negocio me iba admirablemente

me rodeaban de un aire de dinasta florido.

La novia se volvía agua,

y cuán bien me solía llorar

su amor mal aprendido.

Me gustaba su tímida marinera

de humildes aderezos al dar las vueltas,

y cómo su pañuelo trazaba puntos,

tildes, a la melografía de su bailar de juncia.

Y cuando ambos burlamos al párroco,

quebróse mi negocio y el suyo

y la esfera barrida.

La mirada perdida en un horizonte quizá inalcanzable es lo que refleja esta imagen clásica de Vallejo.

Versos con grandes temas

En Altazor el amor se hace pleno, se realiza, se consolida:

 

Nada se compara a esa leyenda de semillas que

   deja tu presencia

A esa voz que busca un astro muerto que volver a

   la vida

Tu voz hace un imperio en el espacio

Y esa mano que se levanta en ti como si fuera a

   colgar soles en el aire

Y ese mirar que escribe mundos en el infinito

Y esa cabeza que se dobla para escuchar un mur-

   mullo en la eternidad

Y ese pie que es la fiesta de los caminos encade-

   nados

Y esos párpados donde vienen a vararse las cente-

   llas del éter

Y ese beso que hincha la proa de tus labios

Y esa sonrisa como un estandarte al frente de tu

   vida

Y ese secreto que dirige las mareas de tu pecho

Dormido a la sombra de tus senos

(Canto II)

 

En Trilce, el amor se frustra:

 

De la noche a la mañana voy

sacando lengua a las más mudas equis.

En nombre de esa pura

que sabía mirar hasta ser 2.

En nombre de que la fui extraño,

llave y chapa muy diferentes.

En nombre della que no tuvo voz

ni voto, cuando se dispuso

esta su suerte de hacer.

Ebullición de cuerpos, sin embargo,

aptos; ebullición que siempre

tan sólo estuvo a 99 burbujas.

¡Remates, esposados en naturaleza,

de dos días que no se juntan,

que no se alcanzan jamás!

 

La muerte, uno de los grandes temas de la poesía, aparece en las dos obras:

 

Altazor morirás. Se secará tu voz y serás invisible

(…)

Eres tú tú el angel caído

La caída eterna sobre la muerte

La caída sin fin de muerte en muerte

(…)

Después de mi muerte un día

El mundo será pequeño a las gentes

Plantarán continentes sobre los mares

Se harán islas en el cieloz

        (Canto I, A)

 

Estáis muertos.

    Qué extraña manera de estarse muertos. Quienquiera diría no lo estáis. Pero, en verdad, estáis muertos, muertos.

    Flotáis nadamente detrás de aquesta membrana que, péndula del zenit al nadir, viene y va de crepúsculo a crepúsculo, vibrando ante la sonora caja de una herida que a vosotros no os duele.

        (LXXV, T)

 

En los anteriores versos Vallejo emplea la expresión “del zenit al nadir”, a la cual recurre Huidobro para ahondar la caída altazoriana:

 

      Vamos cayendo, cayendo de nuestro zenit a nuestro nadir y dejamos el aire manchado de sangre para que se envenenen los que vengan mañana a respirarlo.

      Adentro de ti mismo, fuera de ti mismo, caerás del zenit al nadir porque ése es tu destino, tu miserable destino. Y mientras de más alto caigas, más alto será el rebote, más larga tu duración en la memoria de la piedra.

(Prefacio)

 

Como ya lo insinué, en Vallejo hay un propósito estético que apunta a elaborar una poesía que sea simple y humana, aspecto que lo diferencia del ímpetu creacionista y apasionadamente vanguardista de Huidobro. En el primer número de Favorables París Poema, la revista que fundó en París en julio de 1926, lo expone así: “La poesía nueva a base de palabras o metáforas nuevas, se distingue por su pedantería y novedad, y, en consecuencia, por su complicación y barroquismo. La poesía nueva a base de sensibilidad nueva es, al contrario, simple y humana, y a primera vista se la tomaría por antigua o no atrae la atención sobre si es o no moderna”.[5]

Vanguardista atípico, poco le importa a Vallejo que se le catalogue o no como moderno. Huidobro, paradigma de la poesía moderna hispanoamericana, sí busca (y con todo derecho) el reconocimiento a su vanguardia. Sobre el poema creacionista afirma que “se compone de imágenes creadas, de situaciones creadas, de conceptos creados; no escatima ningún elemento de la poesía tradicional, salvo que en él dichos elementos son íntegramente inventados, sin preocuparse en absoluto de la realidad ni de la veracidad anteriores al acto de realización”.[6]

En el café Le Dôme, en Montparnasse, se dieron cita muchas veces Vallejo, Gibson, Huidobro, Riquelme, Larrea y More.

Una cierta expresividad

Los recursos expresivos de estos dos textos son de una riqueza extraordinaria e inagotable, sin precedentes en la literatura hispanoamericana, y resultaría muy extenso hablar de todos ellos. Me he referido especialmente a la gama de neologismos creados por estos dos grandes poetas. Con todo, es pertinente resaltar, entre otras cosas, los usos insospechados que ellos le otorgan a las categorías gramaticales, permutando sus funciones para transformar el lenguaje poético. Además de los ejemplos ya vistos, veamos algunos más:

 

Rumbé sin novedad por la veteada calle

que yo me sé.

(VII, T)

Viene gondoleando la golondrina.

(Canto IV, A)

Grupo dicotiledón. Oberturan

desde él petreles, propensiones de trinidad,

finales que comienzan, ohs de ayes

creyérase avaloriados de heterogeneidad.

(V, T)

La tarde cocinera se detiene

(XLVI, T)

 

O el manejo del absurdo, ese elemento que hizo escuela en las vanguardias:

Los cuatro puntos cardinales son tres: el Sur y el

Norte

(Prefacio, A)

El traje que vestí mañana

no lo ha lavado mi lavandera

(VI, T)

 

Para concluir quisiera, primero, hacer hincapié en el carácter de obra abierta que tienen Altazor y Trilce, lo que permite múltiples lecturas e interpretaciones, la intertextualidad, el diálogo con las vanguardias y la tradición, la continuidad y prolongación estética y existencial en la obra de Huidobro y Vallejo, su influencia y vigencia en la literatura hispanoamericana. Su extrema libertad creativa ha abierto infinitas posibilidades en la exploración del lenguaje literario. Y, por último, los finales. Si Huidobro decide inventar una lengua momentánea, poética, deformar o desintegrar la lengua misma para concluir, per se, su obra, Vallejo no concluye sino que comienza: su último poema puede leerse como una poética de Trilce (tan esquiva en el conjunto de la obra), su prefacio:

 

Graniza tanto, como para que yo recuerde

y acreciente las perlas

que he recogido del hocico mismo

de cada tempestad.

No se vaya a secar esta lluvia.

A menos que me fuese dado

caer ahora para ella, o que me enterrasen

mojado en el agua

que surtiera de todos los fuegos.

¿Hasta dónde me alcanzará esta lluvia?

Temo me quede con algún flanco seco;

temo que ella se vaya, sin haberme probado

en las sequías de increíbles cuerdas vocales,

por las que,

para dar armonía,

hay siempre que subir ¡nunca bajar!

¿No subimos acaso para abajo?

 

Canta, lluvia, en la costa aún sin mar!

(LXXVII)

 

Finalizar con el principio, ¿por qué no? Ya había citado el verso “finales que comienzan, ohs de ayes” del poema V. En Huidobro la caída es libre y progresiva, es la caída de Altazor, del ser humano y del lenguaje. En Vallejo caer es levantarse y volver a caer, subir es bajar, finalizar es empezar. Ese final que en realidad da comienzo, marca aún más la cualidad abierta de su obra. Y la caída total en Altazor es también el inicio de otro viaje… sin paracaídas.

 

Referencias

[1] VALLEJO, César. Citado por Raúl Hernández Novás en César Vallejo, 1. Valoración múltiple. Fondo Editorial Casa de las Américas. La Habana, 1999. p. 16

[2] HUIDOBRO, Vicente. Manifiestos. La creación pura (ensayo de estética). Editions de la Revue Mondiale. París, p. 83

[3] Ibid. p. 77

[4] ORTEGA, Norma Angélica. Vicente Huidobro. Altazor y las vanguardias. UNAM. México, 2000. p. 11

[5] VALLEJO, César. Citado por Raúl Hernández Novás en César Vallejo 1. Valoración múltiple. La Habana, 1999. p. 21

[6] HUIDOBRO, Vicente. Manifiestos. Editions de la Revue Mondiale. París. p. 87