El espacio de la narración entonces vacila entre la descripción realista y la sublimación ficcional, es decir, al espacio subjetivo, pictórico, en contraste con el escenario realista, lo cual le confiere autenticidad a la narración, pues es ineludible no pensar en los gráficos de M. C. Escher…

 

Por: Alan González Salazar

El interrogante de Chamberlaine que sirve de epígrafe al cuento William Wilson revela al lector un juicio ineludible: “¿Qué decir de la implacable CONCIENCIA, ese espectro que aparece en mi camino?”. Nótese la mayúscula en el original, y el inicio del cuento: “Permitidme que me llame, por el momento, William Wilson”. El juego de la identidad no es único de Poe, en este siglo XIX Dostoievski publica El doble (Dvoinik, 1846) y en Inglaterra, años más tarde, Stevenson ensayará la misma alegoría con El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde (Strange Case of Dr Jekyll and Mr Hyde, 1886).

Pero a este hombre, que más le valdría haber tenido solo talento y no genio como el que tuvo, en palabras de Baudelaire, llevará al extremo los conflictos de la identidad en una suerte de confesión literaria –quizá la más significativa entre sus narraciones–, bajo dos intentos fallidos de suicidio, el autor habla, pues, de la conciencia desde el terreno de lo extraño, ya que hubo que esperar al surgimiento del psicoanálisis de Freud y Jung para tratar los temas del inconsciente, del aspecto sombrío y demoniaco de la personalidad; por ello hoy le rendimos homenaje a una de las figuras emblemáticas de la literatura estadounidense del cuento breve, del cuento gótico y policiaco, a 210 años de su nacimiento.

Escrito en primera persona, el relato, William Wilson, nos ubica en la infancia del personaje y anticipa su final trágico en la Inglaterra decimonónica –en la que viviera el autor con sus padres adoptivos de 1815 a 1820–, al preguntarse –“¿no la han divulgado por las más distantes regiones del globo los vientos indignados?”–.  El objeto del cuento será entonces la “depravación, cuyo origen, y sólo él, tengo el propósito de exponer. Las personas suelen envilecerse gradualmente”. Ya lo dice Wilson, de modo atávico: “Jamás un hombre fue tentado antes como yo”.

Víctima de sus “visiones sublunares”, el personaje confiesa al lector: “Crecí voluntarioso, dado a los caprichos más extravagantes y presa de las más ingobernables pasiones”. ¿Quién no se ha sentido como William Wilson, voluntarioso y preso de sus pasiones? Estamos, así, ante un cuento moralizante, en el sentido griego, ante las implicaciones psicológicas de la formación del carácter y las valencias negativas de la división de la personalidad debidas a la confrontación interior. El escenario que escoge Poe para esta narración nos recuerda el Liceo donde se formara en su primera infancia en Virginia, Richmond.

Black and White. E. M. Escher

“Todas las casas eran muy antiguas”, relata Wilson: “La frialdad refrescante de sus avenidas profundamente umbrías”; y en este paisaje desolador se presenta la “miseria ¡ay! demasiado real”. Una infancia en el encierro: “Aquella muralla, semejante a la de una prisión, formaba el límite de nuestros dominios”. Nos habla de sus años como estudiante, con una concordancia interesante con los espacios descritos por Kafka años después, esto es, la de los espacios asfixiantes, sin rastros de naturaleza: “Recuerdo bien que no tenía árboles, ni bancos, ni nada que se le pareciese”.

El espacio de la narración entonces vacila entre la descripción realista y la sublimación ficcional, es decir, al espacio subjetivo, pictórico, en contraste con el escenario realista, lo cual le confiere autenticidad a la narración, pues es ineludible no pensar en los gráficos de M. C. Escher, en sus laberintos, en el infierno geométrico que viven sus personajes y en el que se puede hallar una anticipación por parte del genio estadounidense, ya que Escher compuso de forma posterior sus cuadros y grafías, que tendrían onda resonancia en otro escritor muy parecido a Poe, es decir, en el británico Thomas de Quincey.

Se le dice al lector, en este orden, que el personaje habita un castillo con “sus incomprensibles subdivisiones”. Quizá no habla del espacio hipotético de la conciencia sino del cerebro, donde ella, la conciencia, es inquilina: “de una a otra habitación era seguro hallar tres o cuatro escalones que subir o bajar”. En este infierno geométrico da lo mismo subir que bajar, en el relato han caído los puntos cardinales como en Escher: “meditamos sobre el infinito” (William Wilson), en medio de “muros macizos”, oímos un susurro, una confesión: “La verdad es que el ardor, el entusiasmo y lo imperioso de mi carácter pronto hicieron de mí un personaje señalado entre mis condiscípulos y por grados lentos aunque naturales, me dieron ascendiente sobre todos los que no eran mucho mayores que yo en edad…”.

Relativiteit. M.C. Escher.

Ah, la sed de dominio de la que hablaran Nietzsche y Dostoievski, llevará a nuestro personaje a la ruina, porque parte de la impotencia y de los delirios de grandeza: “El mío era uno de esos nombres vulgares”, y aquí no sabemos si habla el autor o el personaje, como él mismo dice, “un nombre ficticio no muy diferente del verdadero”.

Así, el narrador se empeña en darle a entender al lector que dicho personaje “extraño” es él mismo: “La rebeldía de Wilson era para mí motivo de gran embarazo”. Era pues la rebeldía la que hacía que se dividiese su personalidad: “sería que en el fondo le temía”. El temor es aquí la cumbre psicológica del relato ¡Por temor William Wilson se combate a sí mismo! ¡Por temor, afirma la psicología, somos causantes de nuestra propia ruina!

El narrador, William Wilson, continúa con su “juego de identidad”. Al ingresar al liceo el homónimo, “se puso en circulación la idea de que éramos hermanos”, esto, bajo el símbolo de la eterna compañía de la conciencia: “había nacido el diecinueve de enero de1819”, el mismo año, el mismo día, ya no le cabe duda al lector, el personaje habla de sí mismo.

Day and Night. M. C. Escher.

Ahora bien, sus verdaderos sentimientos hacia él (o hacía sí mismo): “Formaban una abigarrada y heterogénea mezcolanza: un tanto de animosidad petulante, que no era sin embargo odio, cierta estima, más respeto, mucho temor y un mundo de inquieta curiosidad”. Pocos han descrito con mejores palabras las ambivalencias del mundo interior. “Éramos los más inseparables compañeros”, continúa el narrador, satanizándose por “el cauce de la chanza o la burla” de sus defectos más visibles.

William Wilson vivía para entonces en “modesta y templada austeridad”, como el mismo Edgar Allan Poe, hasta que aparece su contrincante, cuya única diferencia con él, William Wilson, era que hablaba con “un murmullo muy quedo”, y sus rasgos serán tan similares –“vi que teníamos la misma altura” – que abarca “tanto las palabras como los gestos”, “mis andares y mis modales”, con la diferencia de que “su sentido moral y su sensatez eran mucho más agudos que los míos”, y esto es lo que le atormenta al personaje-autor: “mis sentimientos tenían ahora mucho de odio auténtico”.

Convivían, como se ha dicho, en “el enorme y viejo caserón, con sus incontables divisiones, tenía varias estancias amplias”, pero, nótese que a pesar de la amplitud del liceo, no era posible salir, por el contrario, William Wilson debe conformarse con dormir entre los “muchos pequeños rincones o recovecos sobrantes de la estructura”. Lo que desata en su pasión “un libertinaje que desafiaba las leyes y eludía la vigilancia de la institución”, y aquí nace el ser anormal que es William Wilson, quien poco o nada se ajusta a las normas y las instituciones.

Dicha degradación moral va acompañada (¿necesariamente?), de los enervantes del espíritu: “El vino corría con libertad y no faltaban otras y acaso más peligrosas seducciones”. Para quien vive así, encuentra al otro día, el “mortecino amanecer”. El homónimo de Wilson sale entonces de forma sorpresiva, debido a un inconveniente familiar: “Pero antes de que yo hubiese podido recobrar el uso de mis sentidos él se había ido”, en una percepción que “fue tan evanescente” como viva.

6 Times. M. C. Escher.

Se desata el personaje a vivir de forma desenfrenada al salir del liceo, “dando nombre a una multitud de nuevas locuras”, adiestrándose en “las más viles artes del jugador profesional” y haciéndose conocer como “el más noble y liberal estudiante de Oxford”, y considerando que sus fechorías “no eran más que calaveradas de juventud”. Pero ya han tomado carrera sus defectos de carácter incrementados por la bebida, volviéndose su homónimo un perseguidor, en la “exacta réplica en todos y cada uno de sus detalles”.

Ya hacia el final, oímos el lamento de William Wilson: “Hui en vano. Mi sino maldito me persiguió exultante”. Como una suerte de autobiografía, el personaje sigue luchando contra su conciencia, al exclamar: “¡Con qué espectral oficiosidad se interpuso entre mi ambición y yo!”, pues lo persigue por toda Europa, y vuelve a afirmar: hui en vano. Pero “¿Quién es él? ¿De dónde viene? ¿Y cuáles son sus fines?”. Se trata, como se ha dicho, de la conciencia y “su impertinente vigilancia”.

Ha tomado cuerpo como su “atormentador”, un tormento nacido en su infancia: “que en este mi demonio perseguidor y maléfico genio dejara yo de reconocer al William Wilson de mis días de escolar, al homónimo”, con su “omnipresencia y omnipotencia”: “Pero en aquellos últimos tiempos me había entregado de lleno a la bebida y el influjo enloquecedor que ejercía en mi temperamento hereditario me hacía más y más impaciente a todo control”. ¿Qué hay peor que el alcohol?, se preguntará en El gato negro, encumbrando de este modo un símbolo mortal para los años venideros, por la cantidad de víctimas que deja esta enfermedad del alcoholismo.

El personaje ya no encuentra consuelo, hasta el espacio le resulta hostil: “y la sofocante atmósfera de las salas atestadas me irritaba hasta un extremo insoportable”. Huye, pues, William Wilson de sí mismo, y en Italia se bate en duelo en un cuarto a oscuras, en un cuarto de espejos, hiriéndose mortalmente:

Hubiese podido imaginar que era yo el que hablaba cuando dijo:

     –Has vencido y yo sucumbo. ¡Pero en adelante tú también estarás muerto, muerto para el Mundo, para el Cielo y para la Esperanza! En mí existirás tú y en mi muerte verás por esta imagen, que es la tuya, cuán absolutamente te has asesinado a ti mismo. (En cursiva en el original)