En esta, pues, la paradoja: todas las certidumbres del político son absolutas; todas sus realizaciones son relativas. Entre las primeras y la segundas pasa el aire de la historia, cuya dirección es equívoca, sorpresiva y sorprendente.

 

Por: Hernando Téllez

La paradoja del político empieza en esta antigua fórmula sobre su propio destino: toda acción política es una sucesión de imprevisibles. El fondo de la paradoja, también suficientemente antiguo como para acreditar su linaje filosófico, sería este: el mundo de las realidades políticas es una estructura de relaciones, un universo relativo; sin embargo, quienes en él actúan, operan con conceptos absolutos. Entre la materia y el instrumento hay un desajuste, una insuperable inadecuación. El político, cualquiera que sea su doctrina o su ideología, formula, previamente a su acción, un determinado desarrollo histórico dentro del cual inserta cómodamente su actividad y su destino. De ese absoluto parte a enfrentarse con lo relativo. Su condición y su interés lo obligan a descartar la ambigüedad de la historia. A no contar con ella. A olvidarse de ella, sin que la realidad de la historia, imprevisible y ambigua —por lo menos ambigua—, dentro de la cual y con la cual hace su menester, lo convenza y aleccione.

En esta, pues, la paradoja: todas las certidumbres del político son absolutas; todas sus realizaciones son relativas. Entre las primeras y la segundas pasa el aire de la historia, cuya dirección es equívoca, sorpresiva y sorprendente. Muchas veces, es cierto, el desarrollo histórico coincide con el pronóstico político, entre otras razones porque la historia es una tarea humana, una faena del quehacer humano. Pero el margen de coincidencia entre el resultado y la previsión  o la profecía o el cálculo que lo antecede, no es una prueba de validez constante. ¿Por qué esta previsión coincide y, en cambio, aquella otra no coincide con el desenlace? De ahí el rigor de la ambigüedad en la plenitud de su ejercicio. ¿Un comunista de 1905 o uno de 1915, podría garantizar hoy la validez de sus previsiones históricas y absolutas? El amplio o estrecho margen de coincidencia entre el diagnóstico del proceso y del proceso mismo, en este caso, no obsta para que el anticomunista, a su vez, pueda demostrar, más allá de ese margen, la lentitud y la desviación del proceso. Lo cierto es esto otro: que ninguno de los dos vacilaría una fracción de segundo en proceder a otorgar la garantía absoluta para su expectativa y su esperanza. La complejidad histórica queda automaticamente reducida a una entidad simple y elemental. Una armoniosa secuencia de previsibles sustituye y aniquila, en ese pronóstico ideal, a la ambigüedad de la historia. El acto de pensar la historia se expresa así en una intachable descripción de causas y efectos. El proceso adquiere, de pronto, la gracia seca y matemática de los teoremas. Todos los factores que intervienen en el proceso entran al soberbio diagrama como puras compensaciones de un equilibrio inexorable y de un inexorable resultado: derrota de un sistema, triunfo del otro.

Este absoluto constituye el reino natural del político, del conductor de pueblos, del dictador. Este absoluto crea, por lo mismo, una determinada atmósfera de pensamiento y un cierto código para las acciones humanas. Diseñada “científicamente” la historia, lo que queda por hacer con ella y dentro de ella, es una tarea de comprensión, de coacción, de conturbadora e inevitable violencia para que ninguno de los elementos objetivos, reales, ambiguos, imprevisibles, que surgen en el contexto histórico, pueda modificar o destruir el rígido esquema. De ahí que el político, y en mucho mayor grado, el dictador, elimine metafísicamente la ambigüedad de la historia, para poder avanzar, desembarazado, a través de ella. La violencia se halla implícita en la raiz providencial de ese absoluto histórico al cual el político adhiere sin escrúpulos y sin ninguna duda aparente. De ahí también la amenazante seguridad de sus previsiones, ninguna de las cuales ofrece el tranquilizador carácter de una verdad provisional cuya opción no sea obligatoria. En el fondo de cada profecía política hay, pues, un destrozo metafísico de la ambigüedad, sobre cuyas ruinas se eleva la terrible estructura de lo absoluto.

Ahora bien: hay épocas de la historia en las cuales la mentalidad política llega a una situación límite de lo absoluto, a una situación que se hace inadmisible e impensable en toda incertidumbre y toda duda. El honor intelectual se determina entonces por el grado de adhesión a un fanatismo cualquiera, de derecha o de izquierda, y por la capacidad de servirlo con ciega y violenta obstinación. Nuestra época realiza, a escala universal, ese tipo de experimento político en el cual se trata de dar a la noción de lo absoluto, la máxima eficacia posible. Establecida la validez del diagnóstico marxista —validez que es, sin embargo, eventual— lo que sigue o lo que debe seguir no tolera ninguna duda. El resultado ha de conformarse estrechamente a la previsión y al diagnóstico. Establecida, en otro ángulo del proceso, la validez —que es también eventual— del diagnóstico antimarxista, la historia ha de ser fatalmente previsible y su desenlace deberá conformarse a ese diagnóstico. En uno y otro extremo, el Absouto. En uno y otro extremo la necesidad de alienar, de fanatizar, de convencer, de crear legiones de prosélitos sobre cuyas cabezas se hace descender la pequeña lengua de fuego del espíritu santo de su doctrina. Esta necesidad se torna irresistible, cruel y sangrienta, precisamente porque antes y después del Absoluto, se encuentra la imprevisible ambigüedad de la historia, hasta cierto punto, todo diagnóstico político interpreta irrecusable de la totalidad del proceso. El dictador, y el político que sirve al dictador, y el político que hace de su doctrina y de su ideología un compuesto absoluto de soluciones definitivas y de vigencia intemporal, debe anular, invalidar, primero que todo, el testimonio de las conciencias que se manifiesten irreductibles al canon. Una conciencia irreductible se expresa en un testimonio de crítica, de oposición o de rebelión. En un acto cualquiera de la conducta que rompe o amenaza romper el mecanismo de lo absoluto y propiciar su desintegración de la corriente histórica. Todo tipo de rebelión se ha vuelto, pues, intolerable, física y metafísicamente. Para no tolerarse se ha inventado la fe absoluta en la doctrina política y la justificación del poder a través de ese absoluto. Dentro de tal ámbito de impura teología política, la defensa del poder puede llevarse a cabo sin ninguna limitación ética. El crimen político, individual o colectivo, reducción mecánica de la conciencia hostil y adversaria, quedan justificadas. ¡Ah!, si hubiéramos partido del supuesto de lo imprevisible y a subsistir como prueba de una libertad que busca nuestra sustitución y nuestro relevo. Pero indescriptible de lo absoluto, hemos absorbido todos los límites y hemos anulado todas las contradiciones. Ninguna duda socava la trágica simplicidad de nuestras fórmulas. De abstracción en abstracción hemos conquistado una verdad para todos, cuya inscripción en la historia nos obliga a desdeñar la piedad, nos autoriza a ser implacables con quienes nos siguen y nos sirven, a ser crueles con quienes nos niegan y combaten. El absoluto político en que estamos comprometidos exige, con nuestra clarividencia, nuestra crueldad. Una momentánea certidumbre, un minuto de piedad, un relámpago de duda, volvería frágil la apretada estructura del sistema, y por la grieta de una conciencia, de una sola, empezaría el inevitable derrumbe. Por consiguiente, nuestro quehacer histórico excluye la situación de libertad o el concepto de libertad en que se encuentre expresada o realizada la conciencia del Otro, del Desemejante, del Adversario, del Rebelde, del Irreductible.

Esa exclusión determina categóricamente la necesidad de la violencia. Pero también en el reino oscuro y técnico de ella se fecunda la larva de lo imprevisible y de lo ambiguo. Y de ahí que esta vieja “fabula” histórica, cuyo monótono acaecer hubiera podido convencer a los hombres, les parece realmente una fábula. Que la esencia de la historia sea su propia ambigüedad, y que la violencia exigida por el ajuste de la doctrina a la materia histórica ofrezca resultados inconcebibles, son dos supuestos imposibles en el orden de lo absoluto. El fanatismo político y la dictadura que le es consustancial, se instalan sobre esa doble negación. Entretanto, la historia va nutriendo en su seno sus propias decisiones ambiguas. Y en medio de la incesante y sangriente peripecia, la miserable y sagrada criatura humana, sometida a la presión universal del terror, descubre que su capacidad de servidumbre no constituye tampoco una posibilidad de disimulo que perservara siquiera una mínima parcela de su libertad. Su recóndita sed de adhesión a una doctrina, a una acción, a un menester histórico, a una partitura social en la que pudiera contribuír libremente a consolidar la masa compacta y total de la sinfonía, no halla satisfacción alguna. En el mundo de las decisiones automáticas, sus preferencias han sido previamente mutiladas de toda calidad que las consagrara como autónomas. No le es dado al hombre que habita ese sordo mundo de circuito cerrado, realizar el gesto intelectual de preferir y de escoger. Ni los compañeros ni las ideas. Ni las supersticiones ni las clarividencia. “El problema consistía en saber escoger a los compañeros”, dice Ignacio Silone. El problema consiste en no poder escogerlos, porque han sido elegidos previamente, con la ración de doctrina y el lote correspondiente de esclavitud, por una entidad abstracta y absoluta que nivela, disciplina y aniquila con eficacia incontrastable.

La acción política que nace de una tesis absoluta y se describe en un programa que la historia debe comprobar ineludiblemente, es la empresa clásica de nuestro tiempo. Dentro de ella, la única derrota indudable y previsible es la derrota del hombre, pues la ambigüedad de la historia no alcanza a redimirlo del terror y de la violencia. Mientras esa ambigüedad establece sus fueros y sus decisiones, el hombre ha sido ya desposeído de su dignidad y de su autonomía. El absoluto político crea un universo de autómatas.

*Tomado del libro Bagatelas & Literatura y sociedad, Universidad de los Andes, 2014.