Hay millones de libros que les ponen rejas a nuestras mentes, que limitan nuestra imaginación y matan en nosotros el poder de creer que nuestra sociedad podría y debería ser diferente. Hay, en cambio, otros libros, los libros que iluminan; y son estos los que, en palabras de Emerson, “Cuando leo estos libros yo siento que me invaden, me cambian de lugar.”.

…las leyes en Colombia no han sido pensadas para la organización civilizada y justa de la sociedad, sino para la protección de privilegios. Fotografía / Comfamiliar Risaralda.

Por: Wilson Flórez Valencia*

«Debe establecerse un gobierno de forma tal

que ningún hombre tenga miedo de otro»

Montesquieu.

Soy de las personas que piensan que una biblioteca, por pequeña que sea,  puede hacer la diferencia en una comunidad mediante el poder transformador de la palabra. Me ratifiqué en esa percepción el día que le escuché el relato de vida a un joven de la comuna trece de Medellín, quien tomó la decisión de alejarse de los “combos” para refugiarse en los libros de una biblioteca. Hoy ese joven es un reconocido periodista y gestor cultural en esta ciudad.

Por ello, y por el momento trascendental que vive el país, donde se han silenciado una parte importante de los fusiles, es necesario que no perdamos de vista la oportunidad histórica que tenemos enfrente para ayudar a hacer de éste, un país donde de verdad hombres y mujeres puedan morirse de viejos y sin remordimientos de conciencia.

Alguna vez visité la biblioteca pública de Cincinnati, al suroeste de Ohio, en los Estados Unidos. Me llevé una grata sorpresa cuando, antes de las ocho de la mañana, encontré una fila de cuarenta personas adultas esperando que abrieran la biblioteca para poder ingresar.

La bibliotecaria me contó que las personas que estaban haciendo la fila eran, en su mayoría, desempleados que llegaban en busca de trabajo y asesoría para diligenciar sus hojas de vida, o a conversar por video conferencia con familiares que se encontraban en otros países ya que muchos eran migrantes; otros acudían a la biblioteca a pedir en préstamo algún libro o leer las noticias de los periódicos.

Le pregunté a la bibliotecaria, una mujer de piel blanca cuarteada por los años, sobre cómo hacían en su país para que las personas se apropiaran de esa manera de las bibliotecas públicas.

Y ella, con una sonrisa de complicidad, me respondió que era una historia un poco larga de contar, pero que a grandes rasgos me podía decir que las bibliotecas de ese país tenían más de doscientos años de tradición, por lo que se consideran el ADN de cada comunidad; me explicó que muchas fueron creadas a la par con el surgimiento de los Estados Unidos como nación, porque desde un principio tuvieron claro que ellos no querían ni rey ni reina ni papa, siguiendo los principios de la doctrina liberal y el protestantismo anglosajón, y que como la idea fundamental de la independencia de su país era conformar un Estado confederado que agrupara muchos estados autónomos, entonces se requería tener muchas bibliotecas porque los ciudadanos de cada Estado tendrían que crear sus propias leyes, por lo que se hacía indispensable que estuvieran bien informados.

Hoy el país norteamericano tiene más de trescientos millones de habitantes en sus cincuenta estados, la mayoría de ellos migrantes o descendientes de éstos, y aunque su sistema democrático puede ser más imperfecto hoy que antes, la mayor parte de sus habitantes tienen la más clara noción de lo que significa ser ciudadano y conocen la importancia de integrarse en comunidades.

Su gobierno federal posee además una evidente separación de los tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial, como una demostración de que el principio de equilibrio de poderes planteados por Montesquieu durante la Ilustración, pueden ser posibles en las democracias modernas, lo que garantiza en buena medida el cumplimiento de los derechos fundamentales de los ciudadanos.

Y en un acto de amarga solemnidad afirmó en Cien años de soledad que la única diferencia que había entre liberales y conservadores era que los unos iban a misa de siete y los otros iban a misa de once. Fotografía / Biblioteca Piloto del Caribe

Un repaso a nuestra historia

Hay quienes dicen que las comparaciones son odiosas y tienen razón. Pero por odiosas que sean las comparaciones, muchas veces es necesario hacerlas, y  mirarnos en el espejo de nuestras desdichas.

Colombia se ha ufanado durante doscientos años de ser heredera de los principios de libertad, igualdad y fraternidad de la revolución francesa y la declaración universal de los derechos del hombre. Pero como lo afirma William Ospina: “nadie procede de una revolución distante y nadie puede ser hijo de su ejemplo, porque una revolución se vive o no se vive, y la pretensión de heredar sus emblemas sin haber participado de ella no es más que una impostura”.

Por cierto, es una impostura, porque los mal llamados padres de la patria no pretendieron nunca sentar las bases para la construcción de una nación libre, justa y fraterna. Todo lo contrario. Cuentan los cronistas que una vez lograda la independencia, la dirigencia criolla, mediante la primera ley de tierras, despojaron a los naturales de sus mejores parcelas; tierras que les había entregado la corona española para que sembraran cultivos de pan coger y vivieran sin mayores sobresaltos.

Seguidamente los descendientes de San Pelayo y los herederos de los encomenderos en la naciente república, acudieron a un empréstito con la banca inglesa con el aparente propósito de generar desarrollo, con lo que se dio inicio a la danza de los millones.

Asimismo uno de los llamados próceres de la independencia –a quien además le dieron el pomposo título de: “El Hombre de las Leyes”, título irónico con el que llamó Bolívar a Francisco de Paula Santander, en esa circunstancia en la  que Santander pospuso, hasta ignorar la petición de apoyo que El Libertador le había hecho para su campaña al sur del continente– sentó las bases para que este fuera un país de leguleyos, lo que ha hecho que todo propósito de cambio social se pierda en una madeja infinita de  parágrafos, incisos y otrosíes.

Desde entonces las leyes en Colombia no han sido pensadas para la organización civilizada y justa de la sociedad, sino para la protección de privilegios. Habrá que recordar aquí el reproche hecho por el príncipe Anacarsis al jurista Solón: “Las leyes son meras telas de araña, que rompe cuando quiere el poderoso como un pájaro, mientras que sufren los débiles como insectos su rigor.”

Colombia ha heredado la religiosidad y servidumbre promovidas desde los tiempos de la Colonia, en la que predominan castas, jerarquías y virreinatos disfrazados de democracia. Hoy, como antes, nos sigue gobernando el sagrado corazón de Jesús, pues en doscientos años de vida republicana no hemos logrado soltarnos las ataduras de los dogmas judeo cristianos, en una sociedad cuyo sistema educativo no enseña a pensar sino a memorizar datos. Y a obedecer. “Todo poder terrenal tiene la bendición de Dios, porque no se mueve la hoja de un árbol si no es por la voluntad divina”, reza una de las premisas del cristianismo.

Hasta 1991, hace apenas 27 años, la única religión oficial reconocida en Colombia era la religión cristiana representada en la iglesia católica, y no es un secreto que durante gran parte de la historia del país ha habido contubernios entre el Estado y la iglesia, alianzas que determinaron el destino de millones de colombianos.

Nuestra literatura ha sido prolífica en esos asuntos. En Cóndores no entierran todos los días, el escritor colombiano Gustavo Álvarez Gardeazábal ilustra la oscura alianza de la hegemonía conservadora de los años cincuenta entre la policía “chulavita”, la iglesia y los “pájaros”, sicarios al servicio del partido conservador de la época, dirigidos por León María Lozano, el pájaro mayor de quien se dijera que: “Pues si la amenaza son los pájaros, a lo que nos enfrentamos es a un cóndor”.

Gabriel García Márquez también recreó el hecho en su literatura: cuando el cine llegó a Macondo, el padre Antonio Isabel decidía sobre qué películas podían ver o no ver los habitantes del pueblo. Y en un acto de amarga solemnidad afirmó en Cien años de soledad que la única diferencia que había entre liberales y conservadores era que los unos iban a misa de siete y los otros iban a misa de once.

Otros cronistas han registrado el hecho de que algunos párrocos en la llamada época de La Violencia pregonaban desde sus púlpitos que matar liberales no era pecado.

Hoy, después de muchos años de dicha hegemonía, el país sigue inmerso en un feudalismo que corroe el derecho al disenso y la argumentación, que coarta la libertad de expresión y el derecho a la información.

En el momento que escribo estas líneas, veo en las noticias que asesinaron a tres líderes sociales en el departamento del Cauca. Pareciera que Colombia estuviera condenada a repetir su historia de violencias, en un círculo vicioso de fatalidades irreversibles.

Pero no han sido solo los púlpitos el medio de adoctrinamiento. Los medios de comunicación han sido el camino más expedito para difundir la realidad fragmentada. Cada día vemos presentadores de los noticieros de televisión que parecen salidos más de castings de modelaje que de las facultades de periodismo de las universidades del país.

A esa obsesión por disfrazar nuestras tragedias a través de la imagen de sus presentadores con sus impecables sonrisas y sus trajes de onerosas marcas, algunos lo han denominado el canto de las sirenas. Nada más alejado de la realidad de la Colombia rural que esa obsesión por venderle al mundo una felicidad empacada al vacío, cargada de rostros inexpresivos para los campesinos y desplazados de las regiones más apartadas del país.

Los noticieros de los canales privados de televisión suelen enfocar sus noticias en las desdichas humanas, captadas desde cámaras de seguridad instaladas en las calles o establecimientos públicos. ¿Será que los propietarios de los canales privados no se dan cuenta que sus frivolidades solo registran los síntomas de nuestras enfermedades en lugar de analizar sus causas? Sospecho que no son tan ingenuos. Tampoco considero que los transmitan por el solo prurito de vender noticias.

El sistema educativo no ha sido la excepción de ese adoctrinamiento. Anteriormente, por lo menos, existían áreas obligatorias en la educación secundaria relacionadas con las ciencias humanas como filosofía, historia, ciencias políticas, sociales, educación cívica o ética y valores. Dichas áreas ahora son opcionales, dando paso a otras que si bien tienen el propósito de preparar a los jóvenes para el trabajo, se han olvidado de prepararlos para la vida, y con tan bajos niveles de comprensión de lectura que siempre ocupamos los últimos lugares en las pruebas internacionales sobre educación.

Y con ese desconocimiento los ciudadanos vamos a las urnas a tomar las decisiones más importantes para nuestras vidas; decisiones que afectan nuestros derechos más básicos como respirar aire puro, beber agua limpia, acceder a servicios de salud, educación o vivienda digna.

Pudiera ser que algunos de Ustedes se estén preguntando en estos momentos: ¿Y todo eso qué tiene que ver con las bibliotecas?

La política es inherente al ser humano porque todas las decisiones que se tomen desde los ámbitos locales, nacionales o globales afectan para bien o para mal la vida de todos los ciudadanos. Fotografía / Comfamiliar Risaralda

La biblioteca como institución social

Cicerón dijo hace más de dos mil años: “La verdad se corrompe, tanto con la mentira como con el silencio”. Por consiguiente, como bibliotecarios públicos no podemos ser indiferentes a lo que pasa en la tierra que nos vio nacer.

Somos por naturaleza seres políticos, queramos o no queramos. Desde que nacemos, la Constitución Política de Colombia nos otorga el derecho a la vida, a   tener un nombre, a la honra, a la nacionalidad y a recibir protección de la familia, la sociedad y el Estado.

La política es inherente al ser humano porque todas las decisiones que se tomen desde los ámbitos locales, nacionales o globales afectan para bien o para mal la vida de todos los ciudadanos. Y casi siempre la afectan para mal; tal vez fue ese el motivo por el cual Abraham Lincoln pronunció su frase: “Todos los hombres nacen iguales; pero es la primera y última vez que lo son”.

¿Cómo dormir con la conciencia tranquila sobre el lecho del despojo y la desolación? Si la función que se nos ha confiado como bibliotecarios es la de brindar información oportuna y fidedigna para que ciudadanos bien informados decidan su propio destino, ¿cuál podría ser nuestra responsabilidad en todo este caos?

Porque no se puede ignorar que no hay razón para llenar el cerebro del lector como si fuera éste un objeto pasivo. No habría razón para  leer todos los libros, si se ignora la manera en que se lee. Y no existe razón para leer pasivamente. Cada bibliotecario está en la obligación de hacer lectores críticos.

Se hace necesario, hoy más que antes, recordar la prevención de Hobbes: “Si yo hubiera leído tanto como otros hombres, sería tan ignorante como ellos”. Hobbes se refería, por supuesto, a quienes leen pasivamente.

Hay millones de libros que les ponen rejas a nuestras mentes, que limitan nuestra imaginación y matan en nosotros el poder de creer que nuestra sociedad podría y debería ser diferente. Hay, en cambio, otros libros, los libros que iluminan; y son estos los que, en palabras de Emerson: “Cuando leo estos libros yo siento que me invaden, me cambian de lugar.”.

Por supuesto que sería injusto señalar a muchos bibliotecarios que están tratando de hacer bien la tarea. ¿Pero, nos hemos preguntado alguna vez si solo con prestar libros y computadores para cumplir con tareas académicas estamos contribuyendo a la formación de ciudadanos con pensamiento crítico?

En un noticiero radial se escucha que se están conformando carteles de abogados que cobran honorarios por tramitar los beneficios de las víctimas del conflicto armado en Colombia, beneficios a los que las víctimas tienen derecho de manera gratuita. ¿No deberían ser las bibliotecas públicas la primera fuente de información para que los ciudadanos ejerzan sus derechos?

No se trata solamente de adaptar las bibliotecas a las nuevas tecnologías. Es necesario un cambio en la visión y la misión de quienes deben ser los nuevos bibliotecarios. En palabras de León Felipe en su poema “Pero ya no hay locos”, afirma:

 

Si no es ahora, ahora que la justicia vale menos, infinitamente menos

que el orín de los perros;

si no es ahora, ahora que la justicia tiene menos, infinitamente menos

categoría que el estiércol…

 

Las bibliotecas públicas en Colombia tendrían entonces que replantear su papel en la sociedad. Ahora que un sector importante del país está abonando el terreno de la paz, es necesario trabajar por el reconocimiento del territorio que habitamos, por la recuperación de la memoria histórica en cada municipio, barrio, vereda o corregimiento.

Las bibliotecas no deberían marginarse de lo político, no de la política proselitista o partidista; más bien de la política concebida como una forma de vida para servir a todas las personas sin distingos de ninguna clase. Y el insumo básico del servicio de una biblioteca es no sólo la información, sino la discusión de lo que sucede en el país; la discusión del ocultamiento que se nos muestra como la única verdad y que exige ser discutido, develado, desenmascarado.

El Manifiesto de la Unesco sobre las bibliotecas públicas (París, 1994) plantea que “La participación constructiva y la consolidación de la democracia dependen de una buena educación y de un acceso libre e ilimitado al conocimiento, el pensamiento, la cultura y la información”.

De ello se desprende que la misión cultural confiada por la sociedad al bibliotecario público pueda llevarse a cabo cuando este posea la intención de intervenir la realidad de su entorno a partir de la clara definición de su campo de acción, que fundamentalmente es la de facilitar el acceso a la información, propiciando la reflexión.

Allí está el reto del bibliotecario: convertir la información en un bien cultural al alcance de todos y un medio ineludible de trabajo para que cada individuo avance en procesos de desarrollo humano y social, hacia el fortalecimiento de la democracia, la convivencia pacífica, la obtención de una mayor productividad, la equilibrada distribución de la riqueza y el establecimiento de la justicia social.

La información es materia prima indispensable para la adquisición y producción del conocimiento y el impulso de las dinámicas económicas. De igual manera es imprescindible para la formación integral del ser humano, la transmisión de su cultura a las siguientes generaciones, la integración en distintas organizaciones, la participación en la vida comunitaria y fuente primordial de la realización personal, laboral y social de todo ciudadano.

Participar de manera activa en las dinámicas sociales implica la identificación de diversas opciones, analizar ventajas y desventajas, prever consecuencias y tomar decisiones. El acierto de toda decisión individual o colectiva está estrechamente ligado con la cantidad y calidad de la información que se dispone para analizarla, sustentarla o deliberarla, y con mayor relevancia cuando se toman decisiones para intervenir la realidad de una comunidad.

La biblioteca pública es fundamentalmente una institución social, entendida como una organización que se encuentra estrechamente vinculada al diario vivir de una comunidad, en aspectos relacionados con las dinámicas culturales, educativas, económicas, políticas y sociales en las que se desenvuelven las personas.

En tal sentido, se puede afirmar que la biblioteca pública es una institución social que debe estar comprometida con el fomento de las actividades culturales de las comunidades a intervenir, bajo una perspectiva de integración a la vida local sin olvidar los aspectos globales.

Asimismo, debe estar vinculada a las diversas posibilidades educativas del entorno, sean estas formales o informales, procurando la autonomía y fácil desenvolvimiento de las personas, promoviendo espacios para la participación ciudadana y la vida democrática.

La biblioteca pública debe estar ligada a las acciones que permitan el mejoramiento económico de las comunidades al ofrecer información relacionada con el empleo y los procesos productivos.

Pero hay una tarea muy importante por realizar y es garantizar la estabilidad laboral de los bibliotecarios en gran parte del país. Fotografía Comfamiliar Risaralda.

Los Servicios de Información Comunitaria como política de Estado

El desarrollo de las bibliotecas públicas en Colombia durante los últimos años ha sido apoyado y gestionado mediante políticas que le han permitido brindar servicios que impactan positivamente las comunidades que atienden, mediante  programas de uso y apropiación de las tecnologías, el plan nacional de lectura y escritura, actualización de colecciones, fotografía y memoria, taller de grandes preguntas, estrategia de tutores regionales y promotores de lectura, entre otros.

Pero hay una tarea muy importante por realizar y es garantizar la estabilidad laboral de los bibliotecarios en gran parte del país. El bibliotecario es lo más importante de una biblioteca; y ese hecho amerita la estabilidad y continuidad en los procesos de gestión bibliotecaria. El incumplimiento de este aspecto, ha ocasionado muchas rupturas en los procesos culturales y el despilfarro sistemático de recursos.

Además, se requiere urgentemente capacitar los bibliotecarios en aspectos de formación ciudadana y servicios de información a la comunidad, porque son elementos esenciales para la transformación de los territorios y la participación ciudadana de las comunidades. Ninguna biblioteca pública en Colombia debería apartarse de los servicios de información a la comunidad, pues resulta tan paradójico como preocupante para nuestra sociedad, que las personas conozcan  todo acerca de los divorcios de “los famosos” o el “ranking” de los futbolistas más caros del mundo, mientras ignoran lo que sucede en su barrio, su vereda, su ciudad o su país.

Bien sabemos que en la ciudad de Medellín la administración municipal, las cajas de compensación familiar, la academia y los colectivos sociales y culturales han logrado en el transcurso de varias décadas un importante desarrollo bibliotecario; y que una de las cajas de compensación, Comfenalco Antioquia, ha hecho un destacado trabajo desde los servicios de información local, mediante la organización y sistematización de rutas de atención a población desplazada,  publicación de guías de trámites, información sobre la oferta educativa y cultural, información turística, comercial, entre otros.

Hoy se podría decir que la capital antioqueña es modelo en el país en la construcción de políticas públicas, y tengo la convicción de que esos avances se deben en gran medida al trabajo que se ha hecho desde las bibliotecas.

Es por ello que los servicios de información comunitaria deberían ser una política de Estado en todo el país para que las bibliotecas públicas desarrollen acciones que permitan a las personas el pleno desarrollo de las nociones de territorio, convivencia y ciudadanía.

Labor con la comunidad en la biblioteca pública de Santuario, Risaralda. Fotografía / Comfamiliar Risaralda

La ruralidad: una deuda histórica que se debe pagar

Recientemente un escritor antioqueño dijo: “Qué pesar de los paisas de Medellín, encerrados en sus propias montañas”. Y lo dijo no solo refiriéndose a los altos niveles de contaminación del aire en su área metropolitana, sino también por el centralismo que ha postergado indefinidamente el desarrollo equitativo en más de cien municipios distantes del área metropolitana de Medellín.

Es necesario levantar la mirada hacia el horizonte, más allá de las montañas que rodean el Valle de Aburrá. Es indispensable la intervención de las bibliotecas públicas en los sectores rurales, y también el compromiso de las bibliotecas de las cajas de compensación familiar con el campo.

Todo el bagaje cultural, la experiencia, la inventiva, la creatividad y el conocimiento de los bibliotecarios de Medellín y su área metropolitana, deberían estar al servicio del desarrollo rural mediante el impulso de redes de bibliotecas que apadrinen las bibliotecas municipales y rurales en las nueve subregiones de Antioquia.

Esa tendría que ser la prioridad de hoy: basados en el principio de acceso a la información comunitaria para favorecer la población campesina, esa población que por tantas décadas ha sido olvidada por las instituciones y que se ha visto en la necesidad de abandonar sus veredas para venirse a vender chicles y cachivaches en los semáforos de la ciudad.

Hay quienes piensan que cuando Medellín estornuda al resto del país le da gripa. La capital antioqueña ha sido cuna de loables iniciativas que han generado desarrollo social en el país: aquí nació la primera caja de compensación familiar de Colombia, aquí se creó la escuela interamericana de bibliotecología, la biblioteca pública piloto para América Latina y el Caribe, aquí surgió la primera biblioteca de caja de compensación familiar y los servicios de información local. Una política fuerte en Antioquia de intervención integral en el campo, sería una señal muy importante para el resto del país.

Alfredo Molano escribió:

Para los campesinos la vereda es su mundo: ahí viven los abuelos, los vecinos, los amigos; ahí se conoce cada camino, cada atajo, cada quebrada, cada árbol. Hay viejos que saben sobar las coyunturas, curar los dolores de barriga, conocer los tiempos; hay hombres recios que saben mandar y arriar bestias; mujeres que han sido amadas y aman y ayudan a parir a las vecinas. En fin, la historia va dejando su huella en ese mundo, en esos territorios que los vecinos cruzan, donde trabajan, viven, se defienden. Tienen nombres muy bellos: El Encenillo, El Linde, La Sonora, La Media Luna, Dos Aguas, Horizontes. En las zonas de colonización no se habla de veredas sino de trochas: la trocha ganadera, la trocha de los boyacenses, de los santandereanos, de los opitas. En general no hay trochas paisas, pero sí muchas tiendas y fondas. (Columna de opinión “Reconocer la vereda”, El Espectador, 2 de julio de 2016).

 

Pero el centralismo no es sólo un mal de los antioqueños de Medellín que se han negado la posibilidad de reconocer los centenares de veredas de su territorio. En las demás ciudades del país solemos quejarnos del centralismo bogotano, y a la par olvidamos el resto de municipios en cada departamento con sus veredas y corregimientos, solo porque allí no hay los suficientes votos o porque la productividad medida en plata se encuentra en la industria y el comercio de los centros urbanos.

En un trabajo realizado recientemente por Asocajas denominado “Misión para la transformación del campo”, se ven distintos mapas de Colombia con lánguidos diagnósticos de intervención de las cajas de compensación familiar en las zonas rurales. Los servicios bibliotecarios y culturales tan siquiera aparecen en dichos mapas.

Con cierta regularidad se les escucha decir a reconocidos políticos, empresarios y dirigentes del país que Colombia tiene una deuda histórica con el campo. Esa  deuda hay que pagarla. La historia de las distintas violencias en el país surgió con el despojo de grandes extensiones de tierras sumado a la ausencia de Estado, de inversión social y al desamparo de cientos de miles de campesinos. No en vano el primer punto de los recientes acuerdos de paz es el desarrollo rural integral. Esa es la clave para apagar el incendio de violencias que han azotado el país desde tiempos inmemoriales.

 

Las bibliotecas públicas y las Cajas de Compensación Familiar

Hace poco un colega y amigo me dijo que resulta muy oneroso para su caja de compensación ayudar a financiar las bibliotecas de los municipios de su departamento. Y que además las bibliotecas públicas son responsabilidad del Estado.

Yo le digo a ese amigo que las cajas de compensación forman parte del Estado porque son entidades creadas por ley para ayudar a cumplir con las políticas sociales de los distintos gobiernos, máxime si se trata de mejorar las condiciones de vida de la población más vulnerable.

También le digo que en los municipios, por alejados que se encuentren, hay entidades que están aportando financieramente para que las cajas se sostengan; empezando por las alcaldías municipales, las empresas de servicios públicos, los hospitales, los juzgados, las notarías, las registradurías, las estaciones de policía, las instituciones educativas y las empresas privadas que pagan el 4% de parafiscalidad correspondiente a las nóminas de sus trabajadores. ¿No sería justo entonces que las cajas de compensación revirtieran esos recursos a los municipios propiciando desarrollo social desde las bibliotecas públicas?

El gobierno nacional ha emprendido recientemente un proyecto de desarrollo rural con enfoque territorial, que tiene por objeto mejorar las condiciones sociales y económicas de campesinos en zonas previamente identificadas, para incrementar sus ingresos y el apoyo a bienes públicos rurales.

Y un bien público imprescindible para ese proyecto, tendrían que ser las bibliotecas con sus programas de lectura, de recuperación de la memoria histórica y los servicios de información local, como plataforma de desarrollo social de las comunidades.

Es necesario entonces que las bibliotecas públicas descentralicen sus servicios desde las ciudades capitales de departamento a los sectores rurales. En Risaralda los convenios con las alcaldías municipales en los que Comfamiliar paga la nómina de bibliotecarios y promotores de lectura, han permitido llevar los servicios de las bibliotecas a muchas veredas y corregimientos, desarrollando programas que buscan identificar, conservar y difundir el patrimonio cultural en los 14 municipios con actividades como la manta de las historias, Arrímese pa´ la foto, tertulias, cine foros, encuentros de historiadores, biblioteca móvil con donación de libros para la población rural, promoción de lectura, entre otros.

Y desde hace dos años se ha venido trabajando en la incorporación de los servicios de información local desde las bibliotecas de los municipios mediante mapeos sociales, identificación y facetado de colecciones locales, levantamiento de información relevante en cada municipio, donde el proceso formativo para los bibliotecarios y el acompañamiento de Comfenalco Antioquia han sido fundamentales.

Y en el plan de desarrollo trazado por Comfamiliar Risaralda, se ha incluido la construcción sistemática de sedes propias en varios municipios, donde se pueda atender la población afiliada y no afiliada a la caja de compensación, todo ello bajo la denominación de “14 Estaciones, un Viaje a la memoria”, como plataforma para el desarrollo de las comunidades rurales.

Otras cajas de compensación como Colsubsidio y Comfamiliar Huila, registran servicios de bibliotecas rodantes; asimismo se destaca la labor de promoción de lectura que realiza Cajamag con su red de biblioburros en veredas de la Sierra Nevada de Santa Marta; Comfaguajira en comunidades indígenas y Comfamar Buenaventura en lugares inhóspitos del pacífico vallecaucano.

Para que estos programas y servicios sean la constante en las áreas rurales, es necesario generar alianzas entre el Estado y la empresa privada. En el caso de las cajas de compensación familiar, éstas fueron creadas para cumplir la misión de atenuar las necesidades de la clase trabajadora, ofreciendo programas sociales a la población de menores ingresos.

Podría afirmarse que las cajas de compensación familiar han actuado para tratar de consolidar el estado social de derecho en Colombia, pues prácticamente no existe un sector de la política social del Estado en el que no participen las cajas de compensación. Algunos de esos sectores son, entre otros: salud, vivienda, empleo, educación, cultura, bibliotecas.

 

Bibliotecas para vivir en paz

En fin que el reto que se tiene enfrente para fortalecer la democracia en Colombia pasa en buena medida por el trabajo que se realice desde las bibliotecas públicas. Un país nuevo, que comienza a vivir la paz, debe tener conciencia de sí mismo. Ese poder del pueblo, que debe de ser la democracia, exige que todos los ciudadanos convertidos en fuente de autoridad, reciban la información necesaria no solo sobre los grandes problemas, sino también sobre el funcionamiento del Estado social de derecho.

Para hacerlo posible hay que leer lo que pasa en el país y en el entorno de cada localidad, barrio o vereda, propiciando el diálogo con las comunidades. No se puede prescindir de conocer y difundir los postulados de Montesquieu, Rousseau, Hobbes, Voltaire, Jhon Locke, entre otros inspiradores de las democracias modernas. También hay que acercarse a las ciencias sociales, la filosofía, el periodismo alternativo y las humanidades en general.

La literatura colombiana suele ser el mejor medio para conocer la historia del país, esa historia que ha sido soslayada por los vencedores. Y si hablamos de libros de historia, no podría faltar en toda biblioteca la obra de Indalecio Liévano Aguirre, Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia.

El bibliotecario debe ser un gran lector de textos y de su contexto, debe tener muy claro lo que significa ser ciudadano, sumergirse en las necesidades de su comunidad y convertirse en un sabueso de la información para propiciar el diálogo y la reflexión.

Montesquieu identificó dos tipos de corrupción: uno cuando el pueblo no observa las leyes; el otro cuando las leyes mismas lo corrompen: mal incurable de este último, porque está en el remedio.

*Director del área de bibliotecas de Comfamiliar Risaralda