Al respecto, señala Estanislao Zuleta en su ensayo Acerca de la ideología, que bien cabe distinguir, como lo hiciera Platón en un principio, la diferencia entre opinión y ciencia.

 

Por: Alan González Salazar

Amedida que se profundiza la discusión en torno a la ideología, se hace evidente la violencia ritualizada y cotidiana de la tradición, sea por las nuevas discusiones en torno a las libertades civiles o detalles simbólicos como el nombramiento de un nuevo director para el Centro de Memoria Histórica o la lenta aplicación del enfoque de género en la legislación colombiana.

Dicha violencia, violencia sutil del prejuicio cultural, dentro del terreno de las ciencias humanas se vuelve determinante a la hora de estudiar la ideología y sus mecanismos simbólicos de dominio; esto con el fin de adelantar soluciones posibles a la disyuntiva, ya que se requiere una crítica rigurosa en donde sea posible, en términos generales, describir los conceptos problemáticos que concentran la atención de quienes se dedican a las ciencias sociales.

Al respecto, Estanislao Zuleta señala en su ensayo Acerca de la ideología, que bien cabe distinguir, como lo hiciera Platón en un principio, la diferencia entre opinión y ciencia. Zuleta afirma que “la única autoridad que la ciencia admite es la demostración”. Así, las tradiciones –en sus diversas formas– serán las representaciones autoritarias de la ignorancia, la cual se puede definir como el “conjunto inmenso de opiniones en las que tenemos una confianza loca”.

Nos hallamos, por consiguiente, ante una característica típica de la ideología, a saber, que “se funda siempre en las tradiciones, en los modos de vida, en una autoridad de cualquier tipo que sea, y deja de lado la demostración como fundamento de su validez”.

En la ideología está sumergido “aquel que no sabe en absoluto que hay muchas cosas que ignora”. Por ello la educación, en gran parte, es “crítica y refutación de un saber anterior y no simple información para colmar una carencia”. Existe, pues, “un sinnúmero de cosas que no tenemos claras, pero sobre las cuales tenemos una inmensa serie de prejuicios”.

La ideología, en este orden de ideas, excluye la autocrítica, “mientras la ciencia es un movimiento esencialmente crítico, la ciencia no tiene punto final, ya que multiplica las inquietudes y las preguntas cada vez que llega a un nuevo descubrimiento”; la ideología, en contraste, “es lo que podríamos llamar un error encarnado”, es el estado de opinión generalizada que tiende a dar cuenta de todo y que “se caracteriza por tener horror al vacío”.

Quizá el ingreso en la ciencia, como ya lo había visto Platón, fuese un paso hacia el no saber, “pero hacia el no saber riguroso”. Sin embargo, Kierkegaard, Nietzsche, Sartre, Cioran señalarían ya que las alegorías creadas por el judeocristianismo han resistido las inclemencias del tiempo porque sus metáforas y conceptos son las hojas de un árbol nudoso cuya raíz se nutre del “libre albedrío”, de la culpa, etcétera.

Le espera a la filosofía una transvaloración, la explicación pormenorizada de estas ideas y su posible trascendencia, pues la religión “es un conjunto muy complejo de ideas y de prácticas profundamente arraigadas en la vida, que no es suficiente con refutar”.

Para ello, como señala Zuleta, sería necesario trabajar en otros dos campos: “la interpretación y la transformación de las condiciones que la producen y la hacen necesaria”. En pocas palabras, “la ideología no sería tan fuerte si no tuviera una raigambre inconsciente”. Así resulta que el concepto de “libertad metafísica que el cristianismo sostiene es una manera de crear una base teórica al concepto de culpa, de premio y de castigo”.

Por consiguiente, concluye el autor, “la única superación efectiva concebible es la transformación de las condiciones que la producen y la hacen necesaria al funcionamiento y desenvolvimiento de las instituciones y de las estructuras individuales”.

Al margen quedarán –y esto ya lo escribió Platón en El banquete– el amor y el pensamiento, los únicos que son libres.