Verdad paradójica pero cierta: el goce de leer disminuye, a veces, a medida que se
asciende en categoría de cultura.

 

Por: Alfonso Reyes

Las categorías de la lectura El goce de la lectura se define, como todos, por el recuerdo. Hay, entre aficionados y profesionales, diversas categorías de lectores. Para el profesional, la lectura puede llegar a ser un enojoso deber, como el teatro para el inspector de espectáculos o como para la cortesana las caricias. Erudito hay que ya se dispensa de leer y se recorre todo un libro buscando sólo las mayúsculas y, dentro de éstas, la letra A: es que se trata de «despojar» las citas sobre Ausonio. ¡Habladle a él de la amenidad de la lectura! Aquí, como en todo, el pleno goce se queda para el aficionado -este «nuevo rico» del espíritu-, para el amateur, que en portugués se llama, con una palabra fragante, el «amador».
Verdad paradójica pero cierta: el goce de leer disminuye, a veces, a medida que se
asciende en categoría de cultura. Veamos:

1.º Abajo está el sencillo pueblo. En horas robadas, el hombre humilde lee con
fruición, y se queda con la sustancia, con el asunto, nada más. Puesto a la prueba del
recuerdo, sólo ha conservado lo mejor. Él no sabe el nombre del libro ni el nombre del
autor. «¿Has leído -dice el hombre humilde- la historia de un caballero a quien se le
moría el caballo todos los martes?». Y de propósito pongo el ejemplo de un caballero,
para evocar así la época en que la gente era de veras aficionada a leer. O a que le
leyeran -lo cual tiene todavía más sabor- porque no conocía las letras. Entonces el libro entraba en la vida. Cuando el señor vuelve a casa, encuentra gimiendo a su mujer y a su servidumbre, junto al libro abierto. ¿Qué acontece? Nada: «Hase muerto Amadís». Hoy por hoy, el mejor templo de lectura está en esos talleres, esas fábricas de tabaco donde un hombre lee para cuarenta mientras los cuarenta trabajan.

2.º Aquí aparece el lector de medio pelo, creación de la enseñanza primaria
obligatoria. Ése ya recuerda los títulos de los libros, y aquí comienza a enturbiarse el
gusto. A esta clase pertenecen los que andan por los museos viendo, no los cuadros, sino los letreros de los cuadros. A este lector se le han olvidado las peripecias, conserva sólo el título. Sustituye la posesión por el símbolo. Ha leído algo que se llama Las dos ciudades, y junto al título, ha marcado una crucecita así en la memoria: X, para saber que le gustó, o una ruedecita así: O, para saber que no le gustó.

3.º Ahora, el semiculto, el pedante con lecturas, el anfibio, el del complejo de
inferioridad, el más atroz enemigo del prójimo, el que «pudo ser y no llegó a ser». Ése
se acuerda de autores, no de libros. Él ha leído «un Ferrero» muy interesante, y «un
Croce» que no lo era tanto. Y que no le hablen a él de Valéry donde está Henri Béraud,
de Juan Ramón donde está Villaespesa. A veces, el cronista profesional de libros se
recluta entre esta clase, mediante un leve proceso de especialización. Veinte repúblicas hermanas descargan todos los días sobre la playa del cuitado sus mareas de tinta fresca.
Las torres de libros por reseñar llegan ya hasta el techo. De repente, entra el «amador», radiantes los ojos, con un librito que lo ha deleitado y que, en su candor, se empeña en prestar a su amigo el cronista para que éste también pase un buen rato. Y el cronista lo mira con un rabioso disimulo de eunuco, condenado a vivir entre hembras que no disfruta.

4.º Y al último viene el bibliófilo, flor de las culturas. El que sólo busca ya en los
libros el nombre de editor, la fecha de la impresión, la justificación, el colofón, los datos de la tirada, el formato, la clase del papel, los puntizones y corondeles, los puntos, los cíceros y los cuadratines. O acaso, acaso sabe el muy pícaro que la edición fue detenida a los tantos ejemplares para corregir una errata de bulto; y entonces hay que desvivirse por encontrar un ejemplar con la errata, que vale muchísimo más. Y, por cierto, anda por ahí una célebre Biblia que luce, en una mayúscula opulenta, la imagen de una Leda palpitando entre las alas del cisne. Como esta Biblia fue quemada en su casi totalidad, hay que dar con un fugitivo que se haya salvado de la quema. ¿Qué decía la Biblia en aquel pasaje? Eso nunca lo hemos sabido: lo que nos importa es la Mayúscula. Al menos, esta última clase se salva por su cariño para la materia del libro: sin el amor de los objetos, se cae prontamente en la barbarie.

*Ilustración / Sonia Pulido