Los profesores de planta a 2018 en la Universidad Tecnológica de Pereira sumamos aproximadamente 297, los ocasionales 237 y los catedráticos 1.382. Lo anterior quiere decir que  solo 21.49 por ciento del total son profesores que participan de una contratación ceñida a unos procesos rigurosos, estipulados a través de  concursos y de resoluciones.

 

Por: Alberto Antonio Berón Ospina

El 11 de octubre de 2018 “Campus Informa” destacaba la XX convención de egresados y la invitación a votar en la elección de representante de estos mismos al Consejo Superior. Pero el día anterior acontecía algo que no alcanzó una pantalla inicial: en Pereira las calles se poblaron por una multitud consciente, ríos enteros de jóvenes, estudiantes, profesores, trabajadores.

De lo anterior existe una foto impactante del viaducto, abarrotado de manifestantes en un inmenso testimonio visual como talvez Pereira no había visto. Los que observaron o asistieron a esa marcha saben que fue algo por completo espontáneo, nacido de un sentimiento de justicia que corrió como pólvora y que fue capaz de movilizar a la población.

Toda esa muchedumbre marchó a nombre de una idea de lo público, entendido no como un lugar de apropiación clientelista y usufructo, sino como un lugar social abierto, legislado por el Estado, financiado con los recursos de la nación; una pequeña ciudad de estudiantes, profesores, administrativos. Entre las demandas de ese eufórico desfile había una que viene repitiéndose desde el 2001, el 2006, el 2011: más profesores de carrera.

Los profesores de planta a 2018 en la Universidad Tecnológica de Pereira (UTP) sumamos aproximadamente 297, los ocasionales 237 y los catedráticos 1.382. Lo anterior quiere decir que solo 21.49 por ciento del total son profesores que participan de una contratación ceñida a unos procesos rigurosos, estipulados a través de concursos y de resoluciones.

El resto, 78,51 por ciento, están regidos por criterios internos de la universidad. Todos esos catedráticos y ocasionales, indistintamente de sus títulos, su escalafón, su idoneidad, hacen parte de la actual multitud de la universidad pública, forjada laboralmente bajo el modelo del contrato semestral o anual. Esos mismos profesores atienden los pregrados, las 22 especializaciones, las 34 maestrías, los 6 doctorados de operación comercial.

La mayor parte de esos profesores que hoy laboran bajo esas condiciones, solamente conocen de oídas las condiciones de trabajo de la generación anterior. Que los nuevos estudiantes y profesores desconozcan las condiciones anteriores de la universidad pública, es ya una causa de lo que padecemos en este momento: amnesia.

Lo anterior conduce a que un estudiante de jornada especial, que puede llegar a pagar hasta cuatro millones de pesos por costos de matrícula, considere que eso es la normalidad de lo público. Lo que debería ser excepcional se hizo aceptable.

Con lo anterior se desea ejemplificar, la ausencia de una transferencia o trámite de la memoria pasada, lo cual termina produciendo que, para quienes laboran en la universidad de hoy, las condiciones del actual presente estén por completo naturalizadas.

 

Preguntas exploratorias

Panorámica parcial de la marcha universitaria del 10 de octubre de 2018. Foto / Cortesía

Proponemos, entonces, una serie de interrogantes que nos ayuden a salir del pesimismo: ¿cómo crear condiciones de conciencia en nuestros profesores y estudiantes de que la universidad pública no puede ser solamente un escenario de profesionalización?, ¿cómo mostrar que lo dominante no es solo la privatización total de la educación pública, sino también la mercantilización total de las conciencias de los seres humanos?

Para explicar la viabilidad de estos interrogantes recurriremos a dos consideraciones: la universidad de hoy puede definirse como la universidad de la “operación comercial” y que, precisamente, ese modelo es el que ha permitido una situación ambivalente: que la universidad todavía sobreviva y que, a su vez, la universidad pase de tener unas condiciones ontológicas de pública a unas condiciones meramente nominales de lo público, una especie de franquicia que opera como imagen externa, un marketing de universidad pública, aunque de público haya cada vez menos.

En este momento de la historia, el 50 por ciento del sostenimiento de la UTP es situado por el Estado, mientras el otro 50 por ciento lo pone nuestra universidad a través de operaciones comerciales. Con ese porcentaje se atiende a todo lo que requiere la institución.

La UTP es bonita porque recibe regalías, pero esas regalías no inciden en lo humano. El 50 por ciento de la operación comercial ha fortalecido la idea de que la universidad marcha muy bien, pues con ella se solventan los gastos, unos gastos más y más crecientes.

Pero eso es una fachada, debido a que semestre a semestre la operación comercial se consume lo público, dejando esta palabra convertida en solo un nombre.

Ilustremos la situación de una manera muy simple: en 1994 la UTP recibía 20 pesos para su sostenimiento. Con esos 20 pesos resolvía las necesidades de ese momento: pagó por ejemplo la salud de los estudiantes, los salarios de los administrativos y de los profesores.

Pero luego de la Ley 30 de 1992, con esos mismos 20 pesos la universidad debió empezar a sacar de allí dinero para “invertir” en aventuras educativas comerciales, lo cual condujo a que las matrículas de los estudiantes incrementaran su costo.

 

El otro como extraño

Cuando se escuchan las demandas de los jóvenes en el 2011 o en el 2006 o en el 2018 se podría tener la sensación de que son las mismas exigencias, y que el gobierno lo que hace cada cierto tiempo es aplazar el fin de la asfixia de la universidad pública.

Lo cierto es que esa realidad cada día pareciera más cerca. La reciente reforma tributaria que postró a los docentes más cualificados de la universidad colombiana bajo una tasa de impuestos elevadísima, hace parte de un ciclo que se inició con el engaño a los ciudadanos por parte de los fondos privados de pensiones que, en la actualidad, revientan su verdadera imagen, cuando muchos descubren cómo los salarios ganados con esfuerzo se reducen al mínimo, por haber confiado en entidades especulativas.

Todo esto hace parte de un fenómeno político y económico que ha estado allí desde los años setenta y que se conoce como modelo de economía de mercado neoliberal y que en la actualidad se muestra bajo el eufemismo del capital humano.

La consecuencia es que tanto en la universidad como en la vida cotidiana, descubrimos que somos objeto de nuevas maneras de dominación. Hoy experimentamos un profundo pavor por el otro, representado ese otro en el vecino, el colega quien siempre está bajo la sospecha de ser nuestro enemigo o competidor.

Ese exorbitante aislamiento favorece las formas de separación que hacen de los seres humanos sujetos más y más frágiles, más sometidos en su indefensión a las decisiones de las totalidades económicas.

Gracias a la tecnología nos auto-explotamos, figurando que estamos realizándonos como seres exitosos. La soberanía sobre nosotros mismos se ha perdido, en la medida que hemos pasado de ciudadanos a algoritmos cuantificables a través de criterios de evaluación y espionaje impersonales.

Por eso cuando en la UTP, ejemplo de este modelo, creíamos que los estudiantes y hasta los profesores estábamos por completo anestesiados, separados de la defensa de lo público y del bien común, la manifestación gigantesca, casi sin precedentes de la semana anterior, fue un verdadero ejemplo de dignidad moral, una verificación que la movilización colectiva puede generar formas de recuperación de lo público, de lo perdido.