La eliminación total y voluntaria de la negatividad, de lo conflictivo y del Otro, y la aparición de pequeñas historias asépticas, tan planas como las pantallas que invaden nuestras vidas.

 

Por: Antonio Gómez

El cine de Hollywood ha tenido más o menos dos etapas a lo largo del siglo XX, si se entiende este tipo de cine como una especie de diario íntimo del capitalismo contemporáneo.

Durante la primera mitad del siglo XX uno de los géneros predilectos de Hollywood era el Western. Gran parte de nuestros padres o abuelos tienen como referente a Clint Eastwood o la idea del llanero solitario, aquel personaje que intenta conquistar y hacer justicia en un territorio aún salvaje.

Es el objetivo central del capitalismo de esa época, es decir, insertar el espacio planetario a las lógicas de la economía mundial (colonialismo). Pero durante la segunda mitad del siglo XX, especialmente desde la década de los setenta, aparece otra idea: conquistar el tiempo. Es la época de los viajes espaciales, de la llegada a la luna, de calcular las distancias universales en “años luz”.

De repente, para conquistar el espacio de otros planetas (pues en el nuestro ya hay poco o nada por descubrir) se hace necesario dominar el tiempo, y casualmente, el cine hollywoodense empieza a utilizar una vieja idea literaria creada por el escritor H. G. Wells: la máquina del tiempo.

De ésta época son series como Doctor Misterio, la reciente Dark o películas como Volver al futuro, Terminator, Twelve monkeys o Interstellar, todas ellas con matizaciones y variantes particulares. Nuestro referente pasó de ser el llanero solitario que conquista el espacio al Marty McFly que conquista el tiempo.

Marty McFly, el protagonista de la trilogía de Volver al futuro, es el prohombre neoliberal por excelencia. Fotograma / Fox

Marty McFly, el protagonista de la trilogía de Volver al futuro, es el prohombre neoliberal por excelencia. Uno de los primeros de la pantalla grande. Esta aclamada serie de películas dirigidas por Robert Zemeckis y protagonizadas por el gran Michael J. Fox, retratan la vida de un hombre que se supera a sí mismo gracias a la invención del Doctor Emmet Brown: una máquina del tiempo.

McFly, que parecía que iba a terminar como su padre, o sea como un completo idiota eternamente maltratado por los Tannen, acaba sobreponiéndose a toda su historia familiar y personal y se convierte en un hombre exitoso. Coaching para las masas.

Es un individuo que se hace radicalmente a sí mismo, ya que viaja al pasado para ayudar a su padre a conquistar a su futura madre (porque su progenitor es tan tímido que no es capaz solo) pero también viaja al futuro para evitar que su hijo entre a la cárcel.

Es decir, pareciera que toda la historia familiar de los McFly estuviera destinada al fracaso, pero conquistar el tiempo es conquistar y derrotar cada uno de los condicionantes que moldean la vida de un individuo. Para McFly, gracias a la máquina del tiempo, no existe ni la historia, ni la biología, ni la sociedad. La utopía del neoliberalismo. El individuo que sólo se tiene como referente a sí mismo. Esta idea terminó permeando –en lo simbólico, cultural y político– muchos más ámbitos de nuestra sociedad además del cine.

Cuando Francis Fukuyama proclamó con euforia neoliberal el “fin de la historia”, refiriéndose al fin de los conflictos políticos tras la caída de la Unión Soviética, tenía en la mente ese mismo afán por conquistar el tiempo. De Marty McFly a las ideas de Fukuyama hay tan solo un paso.

El fin de la historia no es más que una pretensión de controlar el tiempo, viajar por él como se viaja por una carretera.

El fin de la historia no es más que una pretensión de controlar el tiempo, viajar por él como se viaja por una carretera. Volviendo a la trilogía de Zemeckis, recordemos que el aparato que hacía funcionar al DeLorean como una máquina del tiempo, era llamado por el Dr. Emmet Brown como “Condensador de flujo”.

Pues bien, ese era el sueño de Fukuyama, condensar ese flujo que llamamos Historia y solidificarlo hasta que fueran sus valores los que persistieran en el tiempo, que por supuesto, ya no sería tiempo sino eternidad.

De alguna manera Fukuyama tenía razón: la caída de la Unión Soviética marcó el “fin de la historia” pero no porque hayan finalizado los conflictos políticos, sino porque en el siglo XXI aparecerían las tecnologías digitales que provocaron el auge de los historiales (timelines).

Los de Facebook, Twitter, Instagram o Google, que no son menos conflictivos, pero que posibilitan gestionar nuestras historias personales de la manera en que Fukuyama quiso gestionar la historia global.

¿Terminé con mi novia? Borro cada foto o comentario que me la recuerde; ¿Hay un troll o simplemente alguien que con sus opiniones me fastidia? Lo elimino de mis contactos; ¿Veo porno? Abro una ventana de incógnito.

La eliminación total y voluntaria de la negatividad, de lo conflictivo y del Otro, y la aparición de pequeñas historias asépticas, tan planas como las pantallas que invaden nuestras vidas.

Paradójicamente, ahora que los soportes de la memoria se han vuelto masivos y cada persona puede consignar sus sueños, sus opiniones y su relación con el mundo en un aparato como el computador personal o el smartphone, precisamente en ese instante, la Historia se ha vuelto reversible, modificable, personalizable, incluso eliminable.

La Historia ha devenido en Historial. A nivel simbólico es la forma más efectiva en la que nos podemos sentir como Marty McFly, considerando que los viajes en el tiempo desde el punto de vista físico, son casi imposibles.