En el país del Sagrado Corazón, por allá en el año 1900, en plena guerra de los Mil Días, el Monseñor Ezequiel Moreno Díaz, canonizado por Juan Pablo II, clamaba desde el púlpito: “…matar liberales no es pecado”.  Más de un siglo después, José Miguel Narváez, hoy convicto por las chuzaDAS y con proceso en fallo condenatorio por el asesinato de Jaime Garzón, dictaba cátedra a los paramilitares tituladas: “Por qué es lícito matar comunistas en Colombia”.

 

 

 

Izquierda: José Miguel Narváez, subdirector del DAS durante el primer gobierno de Uribe. Derecha: Monseñor Ezequiel Moreno Díaz

 

Por: Alexandra García

Hoy, cuando medio país se levanta con el pecho preso en la garra del temor por la barbarie que apenas comienza, la otra mitad escupe en la honra de los fallecidos. Eran disidentes de las Farc, narcotraficantes, raspachines, delincuentes, o, peor aún, ‘comunistas’. El ministro de Defensa Luis Carlos Villegas, el mismo que adjudicó la muerte de casi 300 líderes a ‘líos de faldas‘, restriega sal en la herida al afirmar, sin presentar prueba alguna, que la coordinadora de la campaña de Colombia Humana, Ana María Cortés, estaba siendo investigada por vínculos con el clan del Golfo.

En el país en el que una cebra arcoíris es una señal del Apocalipsis, el ‘No matarás’ del Génesis viene con una larga lista de condiciones y restricciones. A pesar de que la pena de muerte fue abolida oficialmente en Colombia en 1910, se ha seguido aplicando de manera expedita y sin juicio previo. La sentencia se aplica por igual sea el crimen robarse un celular, cultivar coca, no pagar una deuda, militar en un partido político de izquierda, reclamar las tierras de las que te desplazaron, u oponerse a la destrucción del medio ambiente. La vida es sagrada únicamente ‘in utero’, especialmente si al crecer tienes más tierra en las uñas de las manos que bajo tus pies.

Lo que pasa hoy en Colombia parece una postal del medioevo. Según el sociólogo Sinisa Malesevic (2013) ,

No hay duda de que gran parte del mundo pre-moderno habitaba un universo moral diferente donde algunas formas de violencia intragrupal no sólo eran toleradas sino completamente justificadas. De hecho, la era pre-Ilustración utilizaba la violencia como un mecanismo social para demarcar las diferencias grupales y las jerarquías sociales. (p. 279)

Creo que no tengo que argumentar que la Ilustración no ha terminado de llegar a un país en el que en el vigésimo quinto aniversario del asesinato de Andrés Escobar, errar un penalty es motivo de amenazas de muerte. En esa Colombia feudal en la que las empleadas domésticas tienen ascensor directo a la cocina y sus habitaciones son apenas más grandes que un closet de escobas, matar a todo aquel que ose retar el status quo es completamente legítimo.

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Fotografía / Revista Hola

Esa es, en mi opinión, la causa de todas las violencias, las que se escriben con mayúscula y las que todavía minimizamos porque ocurren entre cuatro paredes. Ejercemos la violencia sobre el niño, la ama de casa, el trabajador, la secretaria, la mujer trans, el delincuente, el sindicalista y la líder social porque es una manera de aferrarnos al poco o mucho poder con el que podamos contar. Y nos atribuimos ese derecho porque partimos de la base de que somos superiores a los demás, tal vez no a todos, pero por lo menos a un grupo. Alguna vez un gringo me comentaba, entre la sorpresa y la burla, el comentario que una doña de la alta sociedad le había hecho al confesar él su cuna de clase trabajadora: “Un estrato 6 en Colombia equivale a un estrato 3 en Estados Unidos”.

Nos independizamos de los españoles, pero mantuvimos la estructura social que nos impusieron intacta. El ejército independentista repartió el país de manera inversamente proporcional a la cantidad de melanina en la piel. La constitución de 1886 no contiene la palabra ‘igualdad’ ni una sola vez. La del 91, por el contrario, 21 veces. Estoy convencida de que la escalada de la violencia a partir de los 90 se debió, al menos en una pequeña parte, a la reacción de las élites ante la nueva constitución. Tutelas, libre desarrollo de la personalidad, hijos ilegítimos en colegios católicos, guerrilleros en el congreso: todas estas aberraciones requerían refundar el país, volver a los viejos tiempos en el que cada quien sabía donde estaba su lugar.

¿Y cómo apaciguamos la conciencia sin mancharnos las manos en el río de sangre? Construimos un universo paralelo en el que el oxímoron ‘ejecución extrajudicial’ se convierte en ‘falso positivo’, ‘ajuste de cuentas’, ‘líos de faldas’, ‘buenos muertos’. No ‘asesinamos’: ‘damos de baja’. O simplemente los muertos brotan de la tierra, ‘los dejan las masacres’ o ‘caen en operativos’.

Sin embargo nos rasgamos las vestiduras cuando ‘los malos’ son los que matan, sin importar en este caso la ocupación de la víctima. En la masacre de La Gabarra, Santander en el 2004, las Farc degollaron a 34 campesinos. Al presidente de la época, no le importó que no estuvieran recogiendo café.  Graciano, sobreviviente de la carnicería de Bojayá, no tuvo que agregar a su dolor el escarnio de ser acusado de pertenecer a un grupo ilegal. Santiago, quien no alcanzaba dos años de edad, no contó con tal suerte. Fue destrozado a machete en San José de Apartadó junto a su familia por un crimen que ni siquiera tenía edad de cometer. Tal vez si decimos que a los líderes sociales los está asesinando las Farc, el país marcharía en bloque a rechazar los homicidios.

Siempre pienso en Colombia como el Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Hay un país elitista, racista, misógino, homófobo y con un profundo desconocimiento de los derechos de los discapacitados. Es posible que en ese pedazo de tierra bendecido por la naturaleza y condenado por la avaricia, los buenos no seamos más.

Pero hay también otra Colombia. La madre comunitaria, el presidente de la junta de acción comunal, la maestra que trabaja con las uñas, el médico, el reciclador, los indígenas, los afros, las artistas, la trabajadora social que escucha a las víctimas, el periodista que arriesga todo para exponer la verdad, la multitud que se vuelca a las calles vestida de arcoíris. Por esa Colombia: la que no vio nacer a mi hija, pero la acoge con los brazos abiertos; en la que el aire siempre está lleno de música y el sabor de las frutas te queda tatuado en las papilas; a donde siente que pertenece  y, con sus cinco años, no entiende cómo pudimos alejarnos tanto; por ese terruño al cual amo como a un padre alcohólico, que te destroza y te abraza, te ilusiona y te engaña, te siembra esperanzas para luego decepcionarte una vez más, seguiré haciendo lo poco que está a mi alcance: votar a conciencia y escribir estas líneas.

Bibliografía

Malešević, S. (2013). Forms of brutality: Towards a historical sociology of violence. European Journal of Social Theory, 16(3), 273-291. doi:10.1177/1368431013476524