La historia se hace con documentos escritos,
pero también puede hacerse, debe hacerse,

sin documentos si éstos no existen (…).
Con palabras, con signos, con paisajes

y con tejas. Con formas de campo,

con análisis de espadas de metal realizados

por químicos (…). En una palabra: con todo
 lo que siendo del hombre,

depende del hombre, sirve al hombre.

Lucien Febvre

 

Por Carlos Alberto León Agudelo

Las primeras páginas del libro Introducción a la historia de March Bloch inician con una interrogación: “Papá, explícame para qué sirve la historia”. Sin duda es una pregunta que ha rondado la mente de muchos pensadores y sobre la que a continuación realizamos algunas reflexiones.

El ser humano siempre ha sentido curiosidad por conocer qué ha sucedido en el mundo en el inminente trasegar del tiempo: ¿Cuáles son nuestras raíces? ¿Cómo era la vida de los indígenas en América antes de la llegada de los europeos? ¿Por qué fracasó el imperio romano? ¿Cuáles eran los medios de transporte en la Edad Media? ¿Qué pasó en la Comuna de París?, etc. Constantemente nos estamos indagando sobre el modus vivendi de una cultura en una época específica de la historia. Aunque la definición de historia resulta ambivalente, en las siguientes líneas haremos unas aproximaciones.

Iván Jablonka. Fotografía / La Tercera

El común de las personas ve en la historia solo un ordenamiento de palabras, una narración, un discurso; aunque ya Cicerón en el siglo I a.C. afirmaba que esta disciplina se encargaba de los hechos “importantes y dignos de recordarse”, es decir, que la historia se preocupaba por lo importante del pasado, donde los grandes acontecimientos: guerras, revoluciones, epidemias, etc., influían en los destinos individuales y colectivos de los seres humanos. Más allá de relatar hechos, ciertos períodos o personas memorables: papas, reyes, asesinatos, batallas, tratados, emperadores, etc., la vocación de la historia no cumplía el objetivo de reflejar lo real “lo más fielmente posible”, sino explicar la causa o el porqué de lo sucedido. De ahí la importancia de la microhistoria de Giovanni Levi y la descripción densa de Clifford Geertz, “(…) no es porque hagan una cosecha de detalles “verdaderos” (la vida de un exorcista piamontés, una riña de gallos en Bali, una correría para robar ovejas), sino porque revelan estructuras de significación”, apunta Iván Jablonka en Laëtitia o el fin de los hombres.

Sir David Cannadine. Fotografía / BBC

Otras visiones, otra Historia

Según el historiador británico David Cannadine en su libro ¿Qué es la historia ahora? es importante realizar una distinción entre la historia y la crónica; aunque las dos son relatos que parten de la realidad utilizando personajes, lugares, mapas, facsimilares de documentos, memorias, autobiografías, reportajes, etc., la primera tiene como propósito “(…) interpretar y comprender el pasado, de explicar las causas y los orígenes de las cosas en términos inteligibles”, mientras que la segunda, tiene el objetivo de “(…) la mera catalogación de los hechos sin ninguna intención de establecer conexiones entre ellos”; en otras palabras, mientras el cronista se conformaba con relatar el orden cronológico de un suceso, el historiador iba más allá e intentaba demostrar que una causa daba origen a otras.

Entendemos entonces la historia como una disciplina que estudia de acuerdo a unos principios y teorías los acontecimientos y sucesos que pertenecen al tiempo pasado y que son la base del desarrollo de la humanidad desde sus orígenes hasta el momento actual. En este sentido el objetivo de tal proyecto es ayudar a la sociedad humana a comprender el presente y moldear el futuro. La escritura histórica revive y explica las creencias y culturas que son muy distintas a las nuestras, “(…) y quizás añadiéndolas a la riqueza de la experiencia y el entendimiento humanos, y fomentando la tolerancia de las distintas culturas y sistemas de creencias en nuestro propio tiempo”, explica Cannadine.

Otras reflexiones en torno a la historia que nos parecen importantes retomar son las siguientes, tomadas de Jablonka:

Puede definírsela como “el espejo de la vida humana” (La Popeliniére), “una narración continua de cosas verdaderas, grandes y públicas” (Le Moyne), “lo que ha sucedido entre los hombres” (Leibniz), “el relato de los hechos tomados como verdaderos” (Voltaire), la realidad pasada (Beard), “los asuntos humanos del pasado” (Hempel), “el pasado, en cuanto se lo conoce” (Galbraith), la ciencia “de los hombres en el tiempo” (Bloch), la “ciencia del pasado, ciencia del presente” (Febvre). A la inversa, puede recordarse lo que la historia no es: una fábula, una requisitoria, una glorificación, una denuncia.

Por otro lado, el historiador alemán Juan Brom, en su texto clásico Para comprender la historia, afirma que la historia es “la indagación del pasado”, pero ¿qué indaga de ese pasado? Se habla de muchas cosas, entre ellas la historia de los animales, las plantas, la tierra, el vestido, los medios de transporte, etc. El elemento común en todas estas historias es la transformación o cambio que sufren estos objetos a través del tiempo y cuando se trata de los seres humanos de cómo estos se han relacionado con la comunidad de la que forman parte y cómo han sido sus formas de vivir. Cuando se habla de la función de esta disciplina se ha manifestado lo siguiente, citando a Brom:

Para Polibio, historiador griego del segundo siglo antes de nuestra era, se trata de allegar enseñanzas para el gobierno, ejemplos que fortalezcan la moral y ayuden a soportar las dificultades. Luciano, perteneciente asimismo al ámbito grecorromano, ve como única función de la historia dar a conocer la verdad. Ya en el siglo XX, Marc Bloch dice que la historia se inicia muchas veces como entretenimiento y curiosidad y se transforma en una ciencia que permite entender el pasado con el presente, ligando uno y otro.

Muchas veces se ha comparado la labor del historiador con la del detective o la del juez investigador. De hecho Robin George Collingwood en su libro Idea de la historia señala que la actividad científica inicia cuando un detective investiga “(…) quién ha matado a Juan Pérez” o un mecánico explica por qué el automóvil no arranca. El valor de la historia no reside en tal o cual período, tal o cuál personaje, tal o cuál fenómeno, tal o cuál resultado, sino en la calidad de preguntas que un investigador se hace. En cuanto es un razonamiento, la historia ejecuta operaciones universales: buscar, comprender, explicar, demostrar. Pertenece a todos y todo humano es apto para ella.

Jaime Jaramillo Uribe. Fotografía / Universidad del Rosario

Una definición nuestra

El padre de la Nueva Historia en Colombia, Jaime Jaramillo Uribe, en su “Prólogo: la historia y el historiador” definía esta disciplina como “(…) una forma de conocimiento del otro”, del ser humano que individualmente y en comunidad es el actor de las decisiones políticas, sociales, económicas y culturales que en últimas son parte de la historia. Conocer al otro implica entender sus creencias y formas de pensar, de ahí que el historiador recurra a una infinidad de fuentes como fotografías, cartas, memorias, papeles personales, vestidos, muebles, etc., con el propósito reconstruir las actitudes y la conciencia de un grupo humano. Resalta el historiador “(…) quien posee en verdad el sentido histórico, no puede imaginarse situaciones ni reconstruir atmósferas que no tengan apoyo en los hechos de la época, las situaciones y los procesos que trata de historiar y comprender”.

Desde esta mirada la historia consiste en tratar de comprender lo que hacen los hombres, explicando por qué lo digo, cómo lo sé, con qué pruebas, en qué contexto, etc., siempre basados en un razonamiento y una demostración.

Además, Jaime Jaramillo Uribe afirma que todo historiador no se debe desligar del sentido y sensibilidad artísticos, ya que por ejemplo un historiador del arte que quiere reconstruir la sensibilidad o los valores de un estilo de un artista no puede utilizar el mismo método que realiza un historiador de la economía para explicar la inflación, los impuestos o los estados financieros de un país. Otro elemento importante que añade es la función del lenguaje en el discurso histórico al señalar:

Casi podríamos decir que claridad y belleza se identifican en la prosa histórica y en la científica. En el caso del historiador como el del científico, de la claridad y el orden de los conocimientos la belleza aparece como resultado intrínseco. Donde hay fealdad generalmente hay confusión. Y viceversa, donde hay orden y claridad de los conceptos la belleza surge como producto natural. Ce qui se pensé bien, se exprime bien, decía Pascal. “Lo que se piensa bien se expresa bien”. No hay pues mala expresión para un pensamiento correcto, ni habrá belleza cuando se tengan pensamientos confusos.

Por otro lado, el historiador no se conforma con obtener datos e información, esto tan solo se constituye en un primer elemento de su labor. Una vez hallados los datos lo que hace es explicar los sucesos a los que se refieren, hallar sus mecanismos internos de causas y efectos. Es importante analizar los sucesos, observar cuáles son sus componentes fundamentales y luego volverlos a sintetizar; en ese sentido logrará encontrar relaciones causales que deberá corroborar con la práctica, con los acontecimientos reales, para confirmarla, modificarla o por el contrario desecharla.

A manera de conclusión, podemos afirmar que los historiadores no son meros espectadores o navíos vacíos a través de los cuales la verdad sobre el pasado es trasladada desde los documentos al lector sino individuos críticos que permiten interpretar el mundo, reconocer nuestra identidad, reflexionar en torno al presente, crear memoria y tener posturas frente a los acontecimientos.