La importancia de la literatura está entonces en su capacidad maravillosa para contradecir, en la riqueza de interpretaciones que da sobre un suceso, no es totalitaria, por el contrario, da nuevas luces sobre la única versión que en ocasiones da la historia.

 

Texto: Carlos Alberto León Agudelo

Ilustraciones:  Laura Assucena

“La novela es indispensable al hombre, como el pan”, dice Aragón en su prólogo a la edición francesa de La broma.  ¿Por qué?  Porque en ella se encontrará la clave de lo que el historiador –el mitógrafo vencedor–  ignora o disimula.

Carlos Fuentes

¿Qué ofrecen las novelas que no nos puede dar ninguna otra forma narrativa? ¿Cuál es el papel que cumplen en nuestra cultura? ¿Por qué los inquisidores españoles prohibieron que se publicaran o importaran novelas en las colonias hispanoamericanas? ¿Qué misterios revelan estas narraciones?

En primer lugar queremos señalar que las novelas se encargan de reinventar el pasado, ya que el ser humano siempre ha sentido la necesidad de saber de dónde viene, quiénes fueron sus antepasados y cuáles fueron los acontecimientos y transformaciones (a nivel cultural, político, económico, etc.) que vivió cada sociedad para construir su presente. En palabras de György Lukács, el pasado se convierte en la prehistoria del presente, ya que el hit et nunc -el aquí y el ahora- es el resultado de diferentes fricciones entre razas y culturas, de luchas civiles y de crisis filosóficas y religiosas. Eric Hobsbawn apuntaba lo siguiente en su texto Sobre la historia:

 

Todos los seres humanos somos conscientes de la existencia del pasado (definido como el periodo que precede a los acontecimientos que han quedado directamente registrados en la memoria de cualquier individuo)… El pasado es por tanto una dimensión permanente de la conciencia humana, un componente obligado de las instituciones, valores y demás elementos constitutivos de la sociedad humana.

 

Juan Gabriel Vásquez, citando al escritor alemán W. G. Sebald, afirma que la “(…) memoria es el espinazo moral de la literatura”, es decir, la arcilla, la materia prima con la que el escritor construye su obra. Y tiene razón, pues las grandes novelas evocan o recuerdan  hechos neurálgicos de nuestro pasado aunque resulten incómodos[1] o subversivos para las instituciones oficiales (Iglesia, Estado, etc.). Las novelas por tanto son sinónimo de rebeldía, de decir no estoy de acuerdo con lo que sucede o sucedió a mi alrededor.

Otra de las particularidades de las novelas es que le dan voz a aquellos que no tienen voz, ya que a lo largo de la historia hemos estado acostumbrados a una versión monológica de los sucesos, donde solo hablan los que vencen: reyes, héroes, políticos, etc.

Y lo que hace la literatura es darle rostro a la alteridad, en palabras del maestro Jaime Jaramillo Uribe a las “realidades microscópicas”, es decir, aquéllos que no pueden investigarse en los archivos oficiales ni en los documentos públicos. Por lo tanto, hombres y mujeres comunes y corrientes empiezan a ser tenidos en cuenta, comienza a ser reconocida su importancia en la construcción de la realidad humana.

Sondeo en las profundidades

El novelista mexicano Carlos Fuentes en su texto La nueva novela hispanoamericana ya recordaba que “El escritor es el portavoz de quienes no pueden hacerse escuchar, que siente que su función exacta consiste en denunciar la injusticia, defender a los explotados y denunciar la realidad de su país”.

Juan Gabriel Vásquez en su libro ya mencionado apunta a esa misma idea cuando afirma: “El papel de la literatura cobra importancia brutal: la literatura se vuelve el espacio donde cuestionamos esa narración monolítica, donde contamos la otra versión, nuestra versión”.

La importancia de la literatura está entonces en su capacidad maravillosa para contradecir, en la riqueza de interpretaciones que da sobre un suceso, no es totalitaria, por el contrario, da nuevas luces sobre la única versión que en ocasiones da la historia.

De acuerdo con lo anterior nos parece importante retomar las palabras del profesor Alejandro Alberto Mesa Mejía, que en su ensayo “La novela: relectura de la historia” expone:

 

Es la ventaja del discurso novelístico que permite abordar las verdades históricas a partir de perspectivas ético-estéticas que auscultan en lo evidente,  simple y aparentemente inocuo,  aspectos determinantes a la hora de desentrañar las falacias del texto hegemónico de la Historia. A la rigurosa documentación,  a la caza de entrevistas y testimonios de los testigos y protagonistas,  a la investigación periodística y a la pesquisa bibliográfica,  se suma aquí el papel creador de la imaginación. A través de ésta el discurso literario amalgama una serie de procedimientos escriturales que permiten concebir y recrear la historia desde otros ángulos:  desde la cercanía entre el narrador y la historia misma,  desde el compromiso con lo que se cuenta,  desde la subjetividad,  desde la región interior del sentimiento y la pasión, desde el antihéroe,  desde la persona común y corriente,  desde la cotidianidad,  desde un orden que discute la cronología logocéntrica, desde la confrontación de voces como juego polifónico,  desde lo más hondo del ser,  desde su propio lenguaje.

 

Por otro lado, el género narrativo ayuda a entender a la gente que nos rodea, a través de la lectura de estas obras podemos comprender a las personas que son diferentes a nosotros en religión, raza, género, origen nacional, etc., pero que comparten con nosotros los mismos problemas y oportunidades.

La literatura, con su capacidad de explorar el alma humana, muestra las vidas de la alteridad, de aquellas personas que a diario tienen una lucha tenaz y silenciosa para poder sobrevivir en nuestro mundo, porque se enfrentan a diferentes circunstancias que condicionan su vida como la guerra, la pobreza, la hambruna y la falta de educación.

Como lo afirma la filósofa Martha Nussbaum en El cultivo de la humanidad, leer y escribir novelas hará difícil que las personas nieguen “(…) el reconocimiento al pobre o al enfermo, a los esclavos o a los miembros de una clase social inferior”.

Finalmente, teniendo en cuenta lo señalado en los párrafos anteriores, debemos manifestar que la literatura cumple un papel fundamental dentro de nuestra sociedad, pues como lo ha escrito Carlos Fuentes: “El verdadero artista no refleja la realidad: añade algo nuevo a la realidad” y esto sólo se puede lograr apelando a las herramientas del hablante poético, que son el lenguaje y la imaginación; que transforma, imagina, crea y metaforiza el mundo.

Un género literario como la novela permite luchar, como lo llama Milan Kundera, contra el “olvido del ser”[2], podemos realizar una “exploración interior del ser”, logramos hacer un “estudio del alma humana”, como lo dice Vítor Aguiar E. Silva y como mejor lo expresó Italo Calvino: La literatura la debemos ver  como una “función existencial”.

Es decir, los escritores se encargan de hacer una exploración aguda y profunda de la sociedad, similar a la que realiza un arqueólogo cuando se enfrenta a unas ruinas antiquísimas, o las que realiza un buzo cuando se sumerge en las profundidades del extenso Ponto para poder develar las problemáticas existenciales que viven en el mundo las personas de carne y hueso.

 

Pie de notas

[1] Traemos como ejemplo al escritor turco Orhan Pamuk, ganador del premio nobel de literatura en el 2006 y quien en el 2005 en una entrevista con un periódico suizo “(…) pronunció una frase que iba a trastocar su vida durante los siguientes meses: “Un millón de armenios y treinta mil kurdos fueron asesinados en estas tierras, y yo soy el único que se atreve a hablar del tema”, según cita Vásquez. Al decir “estas tierras” Pamuk se refería, por supuesto, a Turquía; y el gobierno del país reaccionó invocando el artículo 301/1 del Código Penal y acusando a Pamuk de “denigrar públicamente la identidad turca”. La pena era de seis meses a tres años de cárcel; pero haber hecho las declaraciones en un país extranjero era circunstancia agravante, y ese tiempo podía aumentar en un tercio”. El mundo entero reaccionó contra el juicio. El escritor indio Salman Rushdie fue uno de los primeros en salir en defensa de Pamuk. Tras la intervención del PEN y de varios intelectuales de Turquía y Europa, el tribunal se basó en un tecnicismo para absolver al novelista.

Por otro lado, el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez apunta lo siguiente en su libro Viajes con un mapa en blanco: “Escribir novelas es el arte de convertir los recuerdos reales en recuerdos inventados…en buena medida, es cuando la literatura se dedica a recordar que resulta más incómoda, más subversiva y, por lo tanto, más fiel a su naturaleza…. Recordar molesta; son molestos lo memoriosos”.

[2] Recordemos que Martin Heidegger es quien primero introduce el concepto bellísimo: “el olvido del ser”, sólo que Milan Kundera retoma esta idea para mostrar el papel fundamental que ha desempeñado la novela en occidente.