AUTORRETRATOS EN CUARENTENA

Rodrigo Grajales, el hombre que perdió su sombra

Rodrigo se desvaneció en la penumbra hasta ser impalpable por ausencia o por falta de costumbre. En sus autorretratos late la fantasmagoría.

 

Escribe / Diego Hernández Arias | Fotografías / Rodrigo Grajales

 

El aspecto exterior de un hombre es un retrato de su interior,

y el rostro una expresión y revelación de la totalidad de su carácter

A. Schopenhauer

 

—Todas las fotografías son memento mori—, advirtió Susan Sontag en uno de sus eruditos ensayos. En efecto, la fotografía da cuenta de la temporalidad, pero también de la disolución del tiempo; es testigo de la despiadada ausencia. Por su parte, la selfie —sostiene Gilles Lipovetsky—, me demuestra que yo no me basto para mí mismo y que requiero de la aprobación de los demás. De ahí que en la actualidad sea natural que una persona deba elegir entre un buen número de autorretratos para actualizar su perfil y que opte —la mayor de las veces— por la foto que se tomó accidentalmente, “la más espontánea” a su parecer, así se trate de la imagen que menos lo represente o favorezca. Por alguna extraña razón, ese perfil casi desconocido le resulta atractivo y en el mejor de los casos, puede cobrar mejor atención y reacción en las redes. Posiblemente esa posición no ha sido ensayada frente al espejo. Es quizás otro yo que surge como una entidad oculta y se abre ante sus ojos de forma mágica.

Hablando de selfies, la última vez que me pasé por el Instagram de Rodrigo Grajales, terminé evocando la famosa historia del escritor francés Adelbert von Chamisso, en la que un personaje, Peter Schlemihl, decide vender su sombra a un misterioso hombre de gris, quien a cambio le entrega una monedera infinita, la famosa bolsa de Fortunato. Para este caso particular, el profesor Grajales canjeó su sombra a cambio de 365 autorretratos a blanco y negro. Fue poseído por la selfie y parece que lo diabólico, lo sobrenatural y hasta lo siniestro, también fueran rasgos que el docente universitario asimiló para retratarse a diario en este período de encierro, locura —según él— y simulación de “nueva normalidad” que todos atravesamos.

A Rodrigo Grajales lo sedujo el retratar la cualidad fantasmal de las cosas. De ahí que, en su última entrega, nos haya acercado a otros planos para conferirle importancia no sólo a su rostro, su lampiño pecho o su no-presencia: su sombra [acaso lo más íntimo que poseemos]. Uno de los aciertos del profesor Rodrigo ha sido que, en vez de transmitir emociones y neutralizarlas a través de la fotografía, ha terminado por estetizarlas, comprendiendo aquí la estética no desde lo bello artístico de Hegel sino desde la complejidad; la funcionalidad de los objetos; la emotividad y comunicabilidad del paisaje doméstico que celosamente eligió para sus capturas. En últimas, su proyecto se trata de una exploración visual independiente que dio como resultado la proyección de su propia subjetividad manifestada en sus alteridades.

A Rodrigo Grajales lo sedujo el retratar la cualidad fantasmal de las cosas.

La inquietud que nos surge a muchos de sus seguidores en redes sociales es si a Rodrigo lo apresó el narcisismo o si él vio en la fotografía un móvil para despersonalizar su relación con el mundo. Independiente de la respuesta, interesa la fascinación, en cuando no fetiche, por retratar la poesía de la cotidianidad que él mismo descubrió y celebró. Salía de su casa a perseguir tanto formas geométricas vibrantes del estilo de la escultura Palíndrome del artista Omar Rayo, como fondos más triviales tipo postes de electricidad; ventanas que dejaban entrever helechos; iglesias góticas, murales y esculturas o sencillamente habitaciones oscuras. Cabe apuntar que, en una serie de sus fotos vacacionales, también incluyó las arrugas del paisaje: montañas rocosas, colinas empinadas, caminos de herradura y pequeñas cascadas o nacimientos de agua.

Aunque a simple vista su propuesta se puede leer como un consumismo estético, la galería de Rodrigo apuesta más por ser una producción en la que reside una poiesis oculta. El artista plástico confirma y dilata —mediante el zoom y la microscopía— la experiencia del confinamiento, sobredimensionando sus alcances. Por tal motivo, empleó símbolos alusivos a la muerte, la degradación, la inactividad humana y el absurdo de la existencia, en aras de advertir la futilidad del mundo material [vanitas].

En vez de luz artificial, Rodrigo se decantó por la luz natural para reflejarse en su sistema de sombras. Extrajo lo fantástico del mundo físico y lo presentó de forma alegórica mediante cristales, cadenas, telas traslúcidas, alambres, cinturones, hilos y otros accesorios de dudosa procedencia. Su trabajo da cuenta de cómo lo real y lo fantástico se yuxtaponen. En sus apreciaciones sobre la fotografía y el cine, Edgar Morin atribuye a la imagen cualidades fantásticas y arguye que, antes de obtener la foto o fotograma [materia] siempre está el encuadre, la iluminación, la precisión focal, la composición, el ángulo [proceso químico]. Cine y fotografía esconden en su genética experimentaciones científicas, en principio, asociadas a la magia y a las religiones ancestrales, luego —bajo una óptica menos premoderna—, cuadros que producían sensaciones fantasmagóricas por sus visiones difusas y el uso de los efectos especiales de la época.

En este sentido, algunas de las fotografías de Grajales dejan de captar la verosimilitud y se convierten en imágenes oníricas [técnica propia de los pintores del paisajismo romántico] en las que merced del plano subjetivo, dejamos de observar su cuerpo y nos disponemos a apreciar lo que contemplan sus ojos: estanques, nidos o el firmamento. El esfumarse de un par de sus autorretratos hizo pensar que, por momentos, Rodrigo se sintió una piedra, una flor o un pájaro. Es como si su lente se desdoblara para instaláramos en su mirada y situarnos frente a secretos que ignoramos.

Uno de los epígrafes que describe su ebriedad simbólica es el que corresponde a Fernando Pessoa, quien en su obra Plural de nadie poetizó: «Siento que no soy nada sino la sombra de una silueta invisible que me espanta». En su intento por deconstruir la imagen prefabricada y el formato convencional del autorretrato, hace ya un año, Grajales se puso en la tarea de desconfigurar su imagen —taxonomizarla, según él—, volverla trizas para despontencializarla de toda idealización y presentarla con un collar de miseria. Fue un proceso que le implicó lágrimas, desesperación e incluso paranoia al tratar de pensar a diario la imagen que representara fielmente su drama.

Gracias al uso de las máscaras, su capacidad expresiva —dramatismo, sensibilidad y conmoción— y la destreza para emplear los objetos que tenía a su alcance, el artista plástico entró en un juego simbólico que dio como resultado un álbum digital de apariencia mortuoria: un cementerio de miradas. Él mismo nos acercó a un hombre noctámbulo que envejecía lentamente por inanición o por miedo. Rodrigo se desvaneció en la penumbra hasta ser impalpable por ausencia o por falta de costumbre. En sus autorretratos late la fantasmagoría.

Rodrigo Grajales, el hombre que perdió su sombra