La lucha por deshacernos de las asignaciones sociales y culturales desde las ideas hasta las palabras, desde la memoria hasta el cuerpo, es diaria y atraviesa los que somos, construimos y transformamos con las y los demás, porque después de la libertad estaremos nosotras y ya no las mismas condicionadas por el pasado sino unas más fuertes, más humanas, más reales.

Fotografías / Santiago Ramírez Marín – Texto / Maritza Palma Lozano

El pasado hizo su trabajo. Amaestró al amor, la palabra, el cuerpo, la libertad y el sexo. Lo hizo de tal manera que aún después de sentirme libre escucho murmullos en mis oídos que premeditan como podría juzgarme o reaccionar el otro. Me asusto porque después de la libertad estoy yo y lo que el pasado hizo conmigo.

No es tan sencillo como creerse libre de cadenas. No es tan sencillo como amar el cuerpo y reconocerse en el reflejo del fluido que corre desde la vagina hasta las piernas. No es tan simple como decirse ‘no tengo miedo’.

Crecimos escuchando que hay formas de ser mujer, formas de amar, formas de follar, formas de vestir, formas de vivir. Y sí, también hemos tenido la furia de desvirtuar, contrariar y enojarnos contra todos esos esquemas que nos dañaron la cabeza, nos cuadricularon los sentimientos y nos limitaron el vuelo. Pero aun así, tanto el canon como la rebeldía pasan factura y una manera acertada de explicar un poco esto es desde el capitalismo: las construcciones culturales de ser mujer han correspondido haciéndonos ver como objetos con valor de uso y con dueños.

¿Y saben cuál ha sido la peor parte? Las muertas que cargamos dentro. Digo las que cargamos porque cada mujer –o persona que se identifique como tal- humillada, acosada o asesinada nos pesa no solo por su propio dolor (o ausencia) sino también porque tememos que su muerte mañana podría ser la nuestra. Y las cifras sí son alarmantes, según la Fundación Feminicidios Colombia en el 2019 fueron asesinadas 260 mujeres y según Medicina legal entre enero de 2018 y febrero del 2019 fueron 138 ; esto, sin contar que, según esta última entidad, los casos de violencia intrafamiliar, presuntos delitos sexuales, violencia interpersonal y violencia de pareja, sumados, ascienden a 17.112 casos.

Ahora, esto significa que el pasado efectivamente condiciona mucho de lo que somos pero no nos determinará. La lucha por deshacernos de las asignaciones sociales y culturales desde las ideas hasta las palabras, desde la memoria hasta el cuerpo, es diaria y atraviesa los que somos, construimos y transformamos con las y los demás, porque después de la libertad estaremos nosotras y ya no las mismas condicionadas por el pasado sino unas más fuertes, más humanas, más reales y estaremos (estamos) juntas reconociendo nuestras particularidades y velando por una equidad interseccional que entiende no solo el género (en su diversidad más que en el binario hombre/mujer) sino también la raza y la clase social.

Pese a que no sea sencillo el caminar, es claro que no entraremos dócilmente en la buena noche, así que con amor “enfúrecete ante la muerte de la luz” (1).

Posdata: les quedo debiendo la parte donde les explicamos que el feminismo no quiere destruir a los hombres ni controlar el  mundo a su antojo haciéndolos padecer abusos y venganzas. Mientras, acá les compartimos el registro de la marcha del 8 de marzo en Pereira (Colombia).

(1) Poema de Dylan Thomas.

Después de la libertad