Los otros, al pie del muro, lloran; la última esperanza de sus vidas huyendo, la última esperanza de una vida mejor. No saben que la violencia, la que reina en el otro lado, la del derecho a existir, es aún más permisiva.

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Texto y fotografías / Julie Ducloux

Domingo, 29 septiembre/2019.

Un día normal en la frontera. No hay caravana hoy. Solo filas de personas que quieren ir al otro lado. La enorme bandera estadounidense flotando en el viento, enredada en alambre de púas, ondea con desdén. Algunas almas solitarias todavía deambulan dentro de esta tierra de nadie entre Tijuana y el muro en la entrada a San Diego. Del otro lado, se extiende la ciudad hasta donde alcanza la vista; hacia el oeste, el océano y el desierto; hacia el este, las asociaciones que luchan por los derechos humanos en los Estados Unidos dan vueltas y dejan agua en este desierto para aquellos intrépidos que intentan pasar de contrabando hacia la bandera estrellada. Solo las aves pueden permitirse este lujo.

Por el lado mexicano, la espera es larga y el ambiente se hace pesado. A medida que los funcionarios de aduanas se acercan, la tensión aumenta. Hay personas sonriendo con los dientes apretados. Los estigmas de estrés aparecen en la cara de algunos. Algunos pasarán sin problemas. Otros, seguramente separados del resto de su familia, serán relegados a los llamados campamentos temporales donde tendrán que justificarse una y otra vez y contar su historia una y otra vez.

El 31 de mayo, Donald Trump prometió aplicar impuestos punitivos a todos los productos importados de México, para obligar al gobierno mexicano a fortalecer su lucha contra la inmigración irregular. El 10 de junio, México responde después de este anuncio. Se han implementado medidas sin precedentes para fortalecer la aplicación de la ley para combatir la inmigración irregular. La Guardia Nacional se ha desplegado en todo el país, dando prioridad a la frontera norte. México también tomó medidas decisivas para desmantelar las organizaciones de contrabando y trata de personas. Los intercambios financieros son más importantes que la vida, aparentemente. Los acuerdos entre los dos países se están endureciendo. Los controles son cada vez más restrictivos para los solicitantes de asilo y las visas.

Los otros, al pie del muro, lloran; la última esperanza de sus vidas huyendo, la última esperanza de una vida mejor. No saben que la violencia, la que reina en el otro lado, la del derecho a existir, es aún más permisiva. La pelea no ha terminado, solo está empezando.