SANTIAGO RAMIREZ (OFICIAL)

Diciembre ha pasado de ser el mes de la hospitalidad, el perdón, la solidaridad, para convertirse en lo que es hoy: los 31 días más capitalistas de todo el año.

Por: Santiago Ramírez Gutiérrez

Gracias a Ugo Buoncompagni, alias Gregorio XIII, quien perfeccionó el calendario juliano eliminando aproximadamente diez días de diferencia, hoy podemos decir, con argumentos válidos, aunque medir el tiempo es inútil, que estamos en diciembre. El mes del Redentor. Yo hubiera partido el tiempo no en el antes y después del nacimiento de Jesucristo, no, sino en el nacimiento de  Copérnico, quien representa el paradigma antidogmático eclesial, pero teniendo en cuenta que Ugo vivió en plena inquisición, fue la mejor decisión que pudo haber tomado, si la cuestión es la de permanecer vivo. Si damos abasto a ucronías, y el calendario hubiera sido como yo lo propongo, celebraríamos Nochebuena un 19 de febrero, y nuestra era, el próximo 2014, cumpliría con 541 años. 541 años desde que empezamos a desprendernos de la Iglesia. Un antes obscuro y desesperanzado y un ahora prometedor, pero que también tiende a la abyección.

Diciembre ha pasado de ser el mes de la hospitalidad, el perdón, la solidaridad, para convertirse en lo que es hoy: los 31 días más capitalistas de todo el año. Diciembre también es el mes más corto en cultura propia, pues en él estamos negando nuestra casta indígena para adoptar una celebración gringa fundada sobre una idea de otro continente, un continente que no conocía de nosotros hasta 1492 cuando Cristóbal Colón emprendió ese viaje hacia las Indias que ya todos conocemos. Ese fue la peor desgracia que nos pudo suceder: ser descubiertos por el imperio en pleno auge del catolicismo. Lo más lógico que podía ocurrir fue exactamente lo que pasó: fuimos saqueados y despojados, invadidos y colonizados; nos robaron todo, desde nuestra cultura hasta nuestro oro, pasando por nuestras especies de flora y fauna. ¡Colón fue el anticristo! De no haber sido por él, de seguro hoy estaríamos frente a una fogata profiriendo cantos y danzando alrededor del fuego en completa armonía con la naturaleza. No padeceríamos de ninguna inmundicia de las que tenemos que sufrir ahora. Es el mundo hipotético que quiero rescatar para vivir en él, así sea en algún trance onírico. Ahora la sociedad, y no solo hablo de la colombiana, tiene una perspectiva enfáticamente centralista en todas las cuestiones que traten el tema del Todopoderoso Dinero, sin percatarse de una periferia mucho más halagadora, apasionante, vivaz y todo lo contrario que reposa sobre el mercadeo, como lo es este mes, diciembre.

Pa’ que se acabe la vaina, como William Ospina, tengo para decir que si nosotros, los colombianos, dejáramos de sacralizar las sentinas que nos gobiernan e invaden; de una vez por todas intentáramos ganarnos otra insignia diferente a la del país de la coca; y desistamos de hacer altares culturales ajenos sobre nuestra etnia, podríamos decir que Colombia se ha trazado un camino repleto de lucro, el de la propia cimentación cultural.