¿Habrá algo más convencional, aburrido y simplón que un pino de centro comercial? Vi una vez una forma cónica cubierta de granadillas, preciosa y costosa. Qué falta de originalidad en las guirnaldas y coronas.

 

Por / Andrés Calle Noreña

Muy respetables los gustos, pero ¿a quién se le ocurre adornar un pino en Colombia? ¿Desde cuándo se volvió el motivo central de la decoración de casas, instituciones y centros comerciales?  La canción dice: “arbolito de Navidad que siempre florece los veinticuatro”. Pero no, los pinos no florecen, no tienen frutos (aquí no se dan bien los piñones, como en otras latitudes), en ellos no anidan pajaritos, ni vuelan mariposas, no zumban abejas. Un bosque de pinos es un monasterio de silencio. No tiene rastrojos ni casi nada crece debajo de su fronda.

Aquí tenemos gualandayes, cámbulos, búcaros, caracolíes, chanules y dindes, o guayacanes, ocobos, floridos, coloridos. Además, tenemos piñones de oreja, samanes, ceibas, robles, cedros, hermosos y coposos. En Colombia tenemos árboles en el más amplio plural. Palmas, que no son árboles, sino estípites. Guaduales que son herbáceas. Cactáceas. Musgos, líquenes. Si decimos montes, éstos no significan colectivos de árboles sino de muchas plantas diversas, con diferentes nombres. Por curiosidad, busquen en la RAE todas las acepciones que existen de la palabra “monte”.

Como algo propio y único, aquí tenemos la palabra “montañero”, como sustantivo y adjetivo. Además, hay bosques húmedos, entre neblinas, y secos. De diversas alturas, desde las tierras bajas, hasta en la montaña.  Con copas que sobresalen en un dosel, y otros casi como rastrojos. Con muchas luminosidades, desde los más oscuros y cerrados, hasta los abiertos y ventosos. Hay unas selvas que pasan largos periodos inundadas y hay otras donde la lluvia sigue cayendo por días, tamizada.

Los indígenas de la cultura Sinú adornaban las ceibas de los enterramientos con campanas de oro y cascabeles. Ahora nos atraen las baraturas de brillo, fibras sintéticas y sonsonetes de computador. Pero cuándo se les ocurrió traer pinos y menos los de plástico. Aquí tenemos el pino romerón o chaquiro (Retrophyllum rospigliosii. Familia: Podocarpaceae), pero déjenlo quieto que apenas se está recuperando de las talas. Que se les ocurran pencas con cáscaras de huevo en las puntas, o chamizos con algodones y churumbeles de latón.

¿Habrá algo más convencional, aburrido y simplón que un pino de centro comercial? Vi una vez una forma cónica cubierta de granadillas, preciosa y costosa. Qué falta de originalidad en las guirnaldas y coronas. Qué bonito cuando fabricamos o compramos, artesanías con frutos, fibras, corozos, pepas, cogollos, espigas, hojas, locales (que no sean de devastación de bosque, sino de cosechas, de podas planeadas, diseñadas, de productos de agricultura), que hacen parte de economías regionales, hechas por manos de campesinos, de desplazados y ojalá de ex combatientes, esto sí es una fiesta navideña.

Aquí tenemos el verde de todos los colores, de Aurelio Arturo, de Morada al sur. En cambio, el verde pino es el mismo, hasta de lejos y de cerca, eso no cambia. He visto pinos tiesos, en una gran plazoleta, rodeados de árboles nativos y vivos, qué exabrupto.

Pero, ¿no puede haber adornos que no sean copiados de un invierno del norte o del sur? Tener árboles de Navidad de caja, chinos, sintéticos, y, para más señas, que sean pinos, es un desacierto en este país de bosques, de palmares y guaduales, de cativales, de manglares, cardonales, sphagnales, de líquenes y musgos.

Ustedes verán si les siguen regalando la plata a las cadenas de importaciones. Qué pereza pinitos navideños. Qué maravilla tener tantos árboles y tantas culturas, en Colombia, para convocarnos, a la frescura de sus sombras, a celebrar en Navidad, en todo el año, a dar gracias y a reencontrarnos con la gente que aviva la esperanza.