Nuestro tema es diferente, la embriaguez y la fiesta son la excusa para cerrarnos al mundo, a los otros. Se bebe para marcar las fronteras que nos separan de los demás; la fiesta es una excusa para no encontrarnos y el licor un medio.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Siempre es necesario tomar distancia de las personas, las palabras, los hechos y las festividades que nos rodean; colocar entre paréntesis la vida. Y así tener otra mirada de este diciembre que avanza entre las aglomeraciones, el frenesí por comprar y el impulso por beber licor.

Las fiestas en Colombia están enmarcadas entre la alegría, los excesos, la melancolía y la muerte. No sorprenden los cadáveres en los días de la madre, en realidad desconcierta cuando no se oye de algún muerto; tampoco resulta extraño ver un herido después del triunfo de la selección de fútbol masculina.

En esa lógica las fiestas decembrinas no son la excepción; detrás de estas fiestas es normal encontrar las cervezas, el ron, el aguardiente o algún hombre maltrecho, así es lícito preguntar: ¿qué busca el colombiano al embriagarse?

Diciembre es el mes de las alegrías y reconciliaciones, la fiesta que da por terminado un año. Que mejor ocasión para dar un “borrón y cuenta nueva”, como dice el dicho popular.

Entonces se prenden los equipos de sonido con un bajo que retumba y no permite escuchar la música, que es sólo vibración. El sonido de los instrumentos se pierde bajo las ondas de aquel bajo que choca con los oídos; la música ensordece, nadie puede hablar o escuchar, solo queda bailar o tomar.

El alcohol es el medio a través del cual el colombiano se cierra sobre sí mismo, anula la posibilidad de encuentro con el otro; niega la virtud de toda fiesta, a saber, un perderse para encontrarse consigo y los demás.

De manera paralela Baudelaire, en uno de sus poemas en prosa –el número 33 de El spleen de Paris– invita a la ebriedad: “De vino, de poesía o de virtud, de lo que queráis. Pero embriagaos”. Aquel poeta maldito no hace un manifiesto del alcohólico; por el contrario, sabe que la embriaguez puede ayudar a comprender el mundo.

Salir de las fronteras del yo para ver todo el horizonte que se abre ante nuestros ojos. Por ello es indiferente el medio con el cual nos embriagamos, puede ser: un poema, una conversación, una caminata, un ron… lo importante es: ¡estar ebrios del mundo!

De ahí la amistad cómplice entre el licor, el pensamiento y el arte. Tanto pensadores como artistas se han valido de la embriaguez para sondear las profundidades del mundo y del ser humano.

No hay que olvidar que esta amistad se ha dado en términos peligrosos, porque en ocasiones estos hombres y mujeres han caído en los abismos del conocimiento. La embriaguez, en este caso, además de ser apertura, es un salto al vacío.

Nuestro tema es diferente, la embriaguez y la fiesta son la excusa para cerrarnos al mundo, a los otros. Se bebe para marcar las fronteras que nos separan de los demás; la fiesta es una excusa para no encontrarnos y el licor un medio.

Al beber se tiene la ilusión de un nuevo comienzo que permita dejar atrás los fantasmas que deja el año que desaparece. Sin embargo, aquellos fantasmas no se evaporan como el humo, siguen allí habitando en cada uno.

No vale perder el juicio, llorar, gritar, cantar… a pesar de ser movidos por el alcohol no podemos borrar el pasado.

Se espera, en el fondo, que el licor anule todo, el pasado, las aspiraciones y el mundo. No obstante, al estar embriagados se termina por encarnar aquel espejo que se niega a diario.

Sale a la luz aquel sujeto lleno de temores y deseos ocultos que no puede realizar. Por ello es tan recurrente aquella voz que dice: “ese no era yo”, después de la resaca. En realidad, esa es el verdadero ser, un sujeto lleno de pasiones inútiles.

La embriaguez a la que se lanza el colombiano tampoco permite conectarse con el otro, porque cualquier gesto o palabra es una ofensa que puede terminar en la muerte.

El otro es una amenaza y la embriaguez agudiza esa intuición que la razón mitiga en la cotidianidad. En sobriedad se es precavido con los demás, desconfiado; ebrios se está a la ofensiva, prestos a la batalla.

El colombiano toma licor para refugiarse en las cárceles imaginarias, se halla en una paradoja, quiere abrirse al mundo y a los otros, pero la historia le ha enseñado a desconfiar. Sólo queda beber y esperar.