Si alguien conoce todo, y no conoce este lugar, no conoce la ciudad, pues al infierno en Pereira se llega desde cualquier lugar; pero al cielo, al cielo, solo hay un camino y queda en Providencia.

 

Por: Diego Firmiano

 

“Todo hombre es el fracaso de un ángel”

José María Pemán

 

 

En Pereira hay muchas maneras de llegar al infierno. Solo hay que dirigirse a Providencia, al distrito geográfico donde habitó durante mucho tiempo el poeta maldito, Héctor Escobar, para encontrarse en los albores del hades, la gehena, o el fuego fatuo de la narrativa más oscura de nuestro papa local.  Hay otro infierno más escolar y lúdico en la Calle 36 entre Cra 9 y 10.  Un lugar de contradicciones, como el ideado por Dante, mezcla de drogas y ejercicio corporal, deporte y cavas de skinhead, amores furtivos y solitarios melancólicos.  

El primero es grato para el espíritu, ya que no se necesitan monedas para pagarle a Caronte y navegar por el Estigia, sino el valor del espíritu para leer la metafísica baudelariana de Escobar; el segundo es un inframundo más psicodélico, de viajes trashumantes y elevaciones espirituales. Pero el cielo… ¿dónde queda el cielo en Pereira? Para fortuna de los buscadores de paraísos terrenales, el cielo en Pereira queda en el mismo lugar donde reposa el infierno: en Providencia.

No hay fórmulas de salvación, ni hay mapas para llegar allí, solo da testimonio de ese paraíso un bello edificio, que si hablara recitaría las más bellas poesías de Byron, o las más eróticas narraciones de Fougeret de Mombrón.  El cielo queda en un cuarto piso, al que he llamado “la casa de las muñecas”. En su dintel no hay ninguna inscripción como la leída por Dante antes de entrar en su infierno, ni es una sociedad llamada “Julliete o Justine”. No hay libros como soñaba Borges, ni olores metarracionales como idee, sino un espacio abierto de grandes ventanales, minimalista, compuesto de un sofá, un cuadro del viejo arte minoico de torear, y una cama persa, lo necesario para habitar eternamente en ocio, arte y descanso.

Tres mujeres custodian el lugar. De día son ángeles y de noche diosas. Son dos aulétridas, vestidas de color purpura y evadánico, color revelado por medio de arcanos secretos a sus iniciados.  Una de ellas se llama Pirallis, la otra Parene y la menor Sigea. Sus nombres están registrados, tienen cédulas. Allí cualquier sentimiento humano, cualquiera, coincide en cuanto alguien se acerca a ellas.  Si con este menage a trois se habla de virtudes, pronto terminarán convencidos de que la moral, la justicia y el orden que le da sentido a la sociedad, son ficciones. Pero al hablar de erotismo, de erotismo, surge un halo resplandeciente de realidad que enardece la imaginación buscando realizarse en el deseo; ese deseo donde el prisionero busca la felicidad y la encuentra en ese bello cielo.

Si alguien conoce todo, y no conoce este lugar, no  conoce la ciudad, pues al infierno en Pereira se llega desde cualquier lugar; pero al cielo, al cielo, solo hay un camino y queda en Providencia.