Pero de allí a aceptar que busca cambios trascendentales para la población colombiana hay una distancia tan antagónica como los intereses que representan uno y otro de los personajes protagonistas de este texto.

 

Por: Carlos Mario Marín Ossa

Desde mediados del año 2018 –en plena campaña presidencial– se intensificó en Colombia un debate con visos ideológicos, pero mayormente políticos, entre los sectores que se supone no pertenecen a la política tradicional –los alternativos y de izquierda– debido a las posiciones que defendían dos de los candidatos en contienda: Sergio Fajardo y Gustavo Petro.

Ninguno de los dos es perfecto, como tampoco los son sus propuestas o sus seguidores y seguidoras.

Pero sus orígenes, su trayectoria de vida y sus posturas ante la historia del país, sus gentes, problemas y necesidades, son bastante opuestas. Diría, ampliamente diferentes. Es decir, su postura y práctica política son bastante diferentes.

El debate se ha dado entre quienes se precian de tomar posturas políticas frente a los asuntos del país y quienes son señalados como “tibios” porque dicen instalarse en el centro del espectro  político ya que según expresan, no es bueno polarizar, o lo que es lo mismo, no toman posición, aunque dicen que “ser tibios” es su posición.

Y aquí hay que diferenciar muy bien a los protagonistas de sus seguidores: “radicales” unos, “tibios” los otros. Porque no son lo mismo los radicales seguidores de Gustavo Petro, que el personaje que lidera dicha posición. Tampoco son lo mismo los tibios seguidores de Sergio Fajardo, que el hombre que ven como el líder de sus ideas. No son lo mismo, porque no tienen ni la historia de los líderes ni conocen la información que estos si manejan.

A esta altura, ya pueden ir sospechando que me identifico con el sector de los radicales en lugar de hacerlo con los tibios. Aprovecho para destacar que Ángela María Robledo también es líder de los radicales, entendiendo radical como el concepto de tener en cuenta la raíz, el fondo de las cosas, los cambios y no los paños de agua –tibia, por supuesto–.

Siendo la Política una ciencia que tiene que ver con la organización de las sociedades y su gobierno, es claro que para que ello sea es necesario tomar decisiones. Por lo tanto, hay que tomar partido ante los eventos, las propuestas, las ideas; y ante todo, frente a la realidad para modificarla.

Por esta razón, quienes no toman posición, están de acuerdo, cómodos con la realidad. Y ello se puede dar en razón a la costumbre de la obediencia ante las estructuras del statu quo o en razón que dicho estado de las cosas favorece sus intereses.

Por el contrario, tomar posición –tomar decisiones– es buscar cambios en la realidad de las cosas. Esto se busca, porque no satisface nuestros intereses dicha realidad. Y lo lógico es que el ejercicio de la política satisfaga los intereses y necesidades de la sociedad, lo cual no ocurre en Colombia, en donde sólo son satisfechos los intereses de una minúscula porción de la población.

Gustavo Petro nace en un municipio humilde del departamento de Córdoba, en una familia humilde. Con el esfuerzo propio de quienes no nacen con la fortuna de las élites, estudia, trabaja y sale adelante. Ingresa a la guerrilla del M19 como decisión ante la injusticia que ha visto y ha vivido.

Incursiona en la política institucional con las posturas propias de quienes provienen de las mayorías de la población menos favorecida económica y socialmente. Plantea tocar estructuras injustas, lo ha hecho como gobernante y ha pagado los costos de enfrentarse a la élite. No es ni ha sido su propuesta la más radical. No es perfecto él ni su propuesta.

Sergio Fajardo nace en Medellín, municipio del rico y próspero Antioquia, que desde épocas coloniales se convirtió en territorio de poder, opulencia y opresión. Mucho del poder político y de los privilegios de las castas conquistadoras, coloniales y económicas de la nación tienen asiento y reproducen el modelo y la cultura en la antigua provincia de Antioquia.

Fajardo proviene del seno de una familia acomodada y su genealogía es la trama de castas políticas y económica que han gobernado y gobiernan a este país. Es un hombre que ha estudiado, trabajado como docente y que ha incursionado en la política institucional con posturas socialdemócratas, propias de su extracción social, que sirven y son funcionales al establecimiento.

Basa mucho de su propuesta en la educación –asunto harto importante, quien lo niega– pero sin tocar las estructuras que impiden el desarrollo de la misma como espacio social de crítica, análisis y cambio. Ha tenido cuestionamientos de detractores políticos de su misma clase, en materia de negocios, y por parte de los sectores populares a quienes ha gobernado, por cuenta de sus presuntos nexos y alianzas con estructuras criminales de ultraderecha.

Lo cierto es que los círculos genealógicos a los que pertenece tienen documentados nexos oscuros con la historia más cuestionada del departamento antioqueño.

Tanto Fajardo como Petro son producto de las condiciones históricas en que nacieron, crecieron y se formaron. Cuando uno charla con cualquiera de los dos, se encuentra con personas inteligentes y amables. Con seguridad deben ser buenos padres, buenos esposos, buenos hijos, buenos hermanos. Estoy seguro que Uribe  también debe querer a sus hijos, como seguramente sentía Tirofijo respecto de los propios.

Pero el asunto de la política y de los intereses va más allá de estas situaciones de los afectos. Como le ocurrió a los troyanos que recordaron que debían fundar Roma, y partieron del reino de los tirios, que deseaban mantenerse en el sitio en que se encontraban atendiendo cómodamente a los primeros.

Y aquí, Gustavo Petro representa los intereses de la mayoría de los colombianos y de las colombianas que conforman los sectores populares como también de las clases medias, que, al igual que él, han buscado prosperidad con base a su esfuerzo y trabajo. De estos sectores proviene.

Reitero que no es perfecto, como tampoco lo fueron Bolívar o Gaitán; pero en este momento histórico es quien, al lado de Ángela Robledo, interpreta mejor los intereses de las mayorías nacionales y se la juegan por ellos con el reconocimiento de millones de compatriotas.

Sergio Fajardo representa los intereses de las élites, porque de allí proviene. Sus formas son más indefinidas y sutiles, su “tibieza” parece moderación con propósito de unir, pero los intereses antagónicos no se pueden unir. Comprendo que es lógico y hace parte de su “derecho de nacimiento” el disfrutar de los privilegios que ha tenido.

Pero de allí a aceptar que busca cambios trascendentales para la población colombiana hay una distancia tan antagónica como los intereses que representan uno y otro de los personajes protagonistas de este texto. No es tampoco perfecto, como no lo son Uribe ni Vargas Lleras, o como no fueron López Michelsen o Turbay Ayala.

Entonces, mucha diferencia existe con base en la historia, el contexto, en los intereses y en los argumentos de la ideología política entre “radicales” y “tibios”.

Y caemos entonces en los partidos o sectores políticos organizados o no, en donde ambos han apoyado su participación electoral y el desarrollo institucional de sus programas.

Llegamos al interior de la Coalición Colombia y de Colombia Humana.

Pocos saben la realidad en torno a la cual nace la propuesta de la Coalición Colombia. La idea la plantea Claudia López a Sergio Fajardo y a Jorge Robledo. Los tres como precandidatos de sus respectivos movimientos y partidos políticos.

El programa debía integrar los elementos económicos, sociales y políticos que se encontraban por fuera del ideario de unidad del Polo (mucho más social, como producto del acuerdo de los sectores fundacionales del partido), pues tanto Fajardo como López no están de acuerdo con tocar las estructuras del modelo colombiano, por ejemplo en asuntos de tanta injusticia como educación y salud.

Los mecanismos para dirimir la candidatura oficial de la CoCo (coalición que termina aceptando oficialmente el Polo, aunque no se acata en la mayoría de los sectores y regiones, como es ya sabido) se plantean inicialmente a través de una consulta (que se realizaría en la fecha de elecciones parlamentarias, y gustaba a Robledo merced a su reconocimiento como Senador y a la estructura partidaria, militante y de activistas con que cuenta el Polo) o a través de una encuesta (mecanismo que prefería Fajardo, ya que su imagen y el concurso de las encuestadoras, más cercanas a sus círculos, le aseguraban el triunfo).

Una tercera opción surgió a través de un mecanismo mixto ponderado, es decir, encuesta y consulta. Esta opción fue rechazada por Fajardo. El tiempo límite para elegir eran las elecciones parlamentarias. Pero en diciembre de 2017, Claudia López citó nuevamente a Fajardo y a Robledo, reunión en donde notificó al Senador del Polo acerca de su decisión de apoyar la aspiración presidencial del exgobernador de Antioquia. Ella sería proclamada luego como candidata a la Vicepresidencia de la República por la CoCo.

Son estas las razones por las cuales hubo rechazos amplios en los sectores de base de los dos partidos que oficialmente integraron la CoCo. Además de un programa que en amplios contenidos negaba la historia de lucha del PDA y la propuesta de cambio de su plataforma.

Y es la explicación que refuta los argumentos de Daniel Samper Ospina y otros, cuando plantean que como “tibios” siguen una propuesta sin caudillismos y de construcción colectiva.

Por su lado, Colombia Humana, que como cualquier proceso político tiene contradicciones (no antagónicas en este caso), logró crecer como un movimiento espontáneo en movilización, la cual se dio en torno a una plataforma de cambios que congregaban los anhelos de la población excluida y afectada en su bienestar por el modelo actual, así como por la convocatoria de un personaje que ha gobernado para esta población y ha generado algunos cambios para otorgar mayor justicia social tangible, enfrentando a las estructuras del establecimiento.

La elección meditada de Ángela María Robledo acertó en una mujer que sin el protagonismo mediático de otras mujeres, en la práctica se comprometió en su ejercicio parlamentario con la defensa de los intereses de la Colombia profunda y con los cambios estructurales que esta reclama.

La gente se movilizó espontáneamente, y quienes apoyaron desde un comienzo la propuesta, atendieron al clamor popular en lugar de atender la dirección de unos pocos.  El desarrollo de la contienda mostró que los demás candidatos se fueron apropiando de la propuesta y del discurso de los candidatos de este sector.

Es cierto que los sectores alternativos, progresistas y de izquierda se deben unir para tener posibilidades de alcanzar el poder institucional en las elecciones territoriales de octubre de este año. Pero esa unidad debe amalgamar intereses mayoritarios, lo cual es virtualmente imposible cuando estos son antagónicos.

Una cosa es converger intereses que beneficien a todas las partes comprometidas, y otra sacrificar los intereses de unos en favor de los intereses de otros. La democracia, la transparencia y la construcción colectiva deben ser más que discursos bonitos que venden bien en los medios de comunicación del establecimiento, y convertirse en realidad, en conducta.

No se puede luchar contra la corrupción (base del discurso de los “tibios”) sin tocar las estructuras de la injusticia. La corrupción no es el origen de los males, es la consecuencia de un modelo de exclusión e injusticia.

Entonces, con elementos de juicio respecto al origen de los candidatos presidenciales, de las actuaciones de sus fórmulas, de los alcances de sus plataformas, de los intereses que defienden, de la atención a la voz del pueblo, es que tomo partido en favor de los “radicales” y en contravía de los “tibios”. Los tibios famosos comparten el origen de su cuna y por ende sus intereses de clase.

Para acceder al poder hay que tomar decisiones, generar cambios. La tibieza, aunque no lo comprenda, vota a favor de los de siempre.