Jhonattan ArredondoG

Viajamos como piratas en la espesura de los sentimientos que vertiginosamente cambian todo. Y digo que cambian todo, porque una vez estamos navegando en ese mar, pronto nos damos cuenta de que es otra vestidura con la que se presenta el tiempo.

Por:  Jhonattan Arredondo Grisales

Es sencillo: cuando llega el amor, ha de acabar con todo. Es imposible resistirse ante esa fuerza que, aunque extraña, misteriosa y enigmática, la queremos ver transitar por nuestras vidas. Sus designios son inadvertidos, una moneda sin cara y sin sello, es decir, esa suerte no tiene embarcadero, es un puerto vacío a la sombra de nuestros pasos.

Basta con una mirada para que nuestros corazones empiecen a susurrarnos, a palpitar con anormalidad  y a decirnos que es el momento de ir más allá. Entonces, dejamos atrás nuestros miedos, empezamos a ser atrevidos, y tarde que temprano entablamos una conversación en la que nos jugamos todo por impresionar a la persona que se ha robado nuestros pensamientos. Hasta que ya no son conversaciones sino salidas al parque, al cine, a un restaurante, a un motel y a casa de sus padres… ¡Los compromisos! Las ataduras tanto de la carne como de las socio-culturales que, sin justa medida, secuestran nuestras almas.

Sin embargo, el amor no es un jardín lleno de rosas como lo pintan aquellos que ignoran sus demonios, sus pasajes oscuros, sus fisuras y demás querellas que poco a poco se llevan al olvido el encantamiento que en un inicio nos dejó inmersos en una burbujita; esa abstracción donde no existía nada más que dos corazones palpitando al unísono. No, no es así. El amor trae consigo un mar de adversidades que vienen ocultas, disfrazadas para que no las veamos a la primera. Imaginémonos si viéramos a sus malvados e insistentes querubines desde el inicio… Creo que saldríamos corriendo, huiríamos de ese universo tan complicado, tan indescifrable.

Pero, no es de preocuparse. ¿Qué caso tendría la vida, si conociéramos todo lo que nos depara el destino? No tendría ningún sentido. Asimismo sucede con el amor, nadie sabe su fin, su paradero; pero todos en algún momento de nuestras vidas, así sea por un breve instante, nos encontraremos con sus encantos; con sus hechizamientos. Nadie -absolutamente nadie-, está exento de su potestad, de envolverse en sus menesteres.

Viajamos como piratas en la espesura de los sentimientos que vertiginosamente cambian todo. Y digo que cambian todo, porque una vez estamos navegando en ese mar, pronto nos damos cuenta de que es otra vestidura con la que se presenta el tiempo. De hecho, sus olas nos llevarán siempre a diferentes playas… nunca serán las mismas. Y, aunque a los recuerdos no los engaña nadie, su fortuna será la de ser forasteros en los recovecos de la memoria.

El amor es una cosa de locos, un encantamiento del que pasamos al embrujo, y del embrujo pasamos a otra cosa de la que aun desconozco; pero es el viaje más bello que podemos realizar en nuestras vidas. Un viaje con caminos espinosos, difíciles en su gran mayoría, oscuros y dolorosos; sin embargo, es un viaje en el que también encontraremos los más variopintos paisajes.