Desobediencia

La democracia no se agota en las instituciones y la desobediencia civil es una expresión más de la participación ciudadana.

 

Por / Damian Rodríguez Vera*

Recientemente, en los medios de comunicación, como también en boca de ciertas figuras políticas, se comentaba a modo de escándalo el llamamiento que hizo Gustavo Petro a la desobediencia civil. Llamamiento que para muchos políticos –sobre todo de derechas–  no tiene presentación ni perdón.

A la luz de los recientes escándalos en los que se ha visto el presidente de la república Iván Duque, el senador de la Colombia Humana convocó a la ciudadanía con el objeto de ir en contravía de algunas medidas tomadas por el gobierno nacional en estos tiempos de pandemia, como también y, principalmente, desconocer a Iván Duque como presidente.

Las críticas no demoraron en llegar desde distintos sectores, rememorando aquellos aires de pirómano que en el pasado le fueron asignados por el Centro Democrático, como también el hecho de reducir aquellas declaraciones a una simple movida en el tablero para las venideras elecciones presidenciales.

En todo caso, aquellas palabras se convirtieron en el exordio de la prensa nacional, donde tertulianos y políticos ponían bajo su propio juicio el concepto de desobediencia civil como también la idea de desconocer a Iván Duque como presidente.

Así entonces, se hace crucial presentar una serie de consideraciones, unas con el ánimo de desmentir ciertos planteamientos, otras con el ánimo de argüir las causas que impulsaron el llamado a una desobediencia civil.

Lo primero que se debe desmentir es la idea de que la desobediencia civil proviene exclusivamente de Petro y de las filas del petrismo; el uso de la desobediencia o, al menos su llamamiento en nuestro país, ha demostrado que no procede de algún matiz político en específico.

La derecha, por ejemplo, sí que la ha convocado más de una vez y para distinto fines; lo hizo María Fernanda Cabal contra la Corte Suprema de Justicia en el año 2012, lo hizo Salud Hernández en el año 2014 contra el Congreso y su propuesta del voto obligatorio, lo hizo Álvaro Uribe contra los Acuerdos de La Habana e, incluso, el hoy presidente de Colombia, Iván Duque, aducía en el 2016 que la resistencia civil es un acto no violento y pedagógico.

El problema, entonces, no es la desobediencia civil, sino quién la convoca. Para la derecha está bien si ellos o quien esté afín a sus lineamientos políticos alzan la bandera de la desobediencia, pero la repudian o estigmatizan si proviene al otro lado de la orilla.

Desconocer a Iván Duque como presidente no obedece a un acto de campaña mediática para los venideros comicios presidenciales. Sería un error deambular en las pantanosas aguas que los medios de comunicación disfrazan bajo una burlesca primicia de campaña electoral.

No es la primera vez que el partido del Centro Democrático y sus candidatos presidenciales se han visto contra las cuerdas por escándalos en sus campañas. No deberíamos olvidar que en el año de 2014 el entonces candidato presidencial Oscar Iván Zuluaga estuvo vinculado con dineros de la multinacional Odebrecht para financiar su campaña presidencial.

Evento que ante la justicia brasileña –pues a pesar de las pruebas el Consejo Nacional Electoral (CNE) decidió archivar la investigación aquí en nuestro país– Luiz Mameri reconoció haber aportado cerca de un millón y medio de dólares a la campaña del candidato del Centro Democrático.

Por lo tanto, no sería ni sospechoso que en los comicios presidenciales del 2018 la historia se repitiera una vez más.  El asunto es que, el retorno de este péndulo viene cargado de más corrupción.

La candidatura de Iván Duque ha sido, según lo informa La Silla Vacía, la campaña electoral cuyo monto de gastos ha sido superior a sus precedentes candidaturas en las elecciones que se han realizado años atrás.

Con una suma de 27 mil millones de pesos –una alta inversión que denota el temor de ciertas élites económicas y políticas a perder nuevamente la presidencia durante otros cuatro años– Iván Duque recibió el apoyo de un magnate del vecino país de Venezuela, Oswaldo Cisneros, quien aportó en el 2018 300 mil dólares a través de la filial CNE Oil & Gas S.A.S.

El problema es que, en este país, donde la justicia le hace honor a los galimatías, aquellas donaciones que se realizaron al partido del Centro Democrático pasan virtualmente desapercibidas como lo que realmente son. La financiación extranjera para apoyar a la campaña al candidato Iván Duque es un hecho ominoso que ensucia la democracia en este país.

Y como colofón, la elección de Iván Duque no puede estar más manchada por corrupción e ilegalidad. El pasado del narcotráfico y el paramilitarismo sigue siendo un espectro que ronda en las toldas del uribismo.

El escándalo de dineros del difunto narcotraficante Ñeñe Hernández para financiar la campaña de Iván Duque en Cesar y la Guajira sigue estando vigente, por más diatribas que puedan hacerle a los periodistas que han destapado este episodio en el país.

El problema es que las instituciones competentes para realizar las respectivas investigaciones son objeto de sospecha e incredulidad. Un CNE que actúa  más de las veces como bancada de partido y que archiva investigaciones a pesar de tener pruebas contundes, no es muy confiable que digamos.

Y aún más recelo nos genera el hecho de depositar nuestra confianza en un Fiscal que abiertamente se ha declarado como amigo de Iván Duque y en quien recae el peso de investigar a su íntimo amigo por la posible financiación electoral por parte narcotraficantes.

Finalmente, hay que sacarnos de la cabeza la vetusta idea de que la democracia tiene su forma más acabada en la democracia representativa, una democracia liberal que cada vez más hemos advertido su desgaste y que sobreagua crisis en crisis.

La democracia no se agota en las instituciones y la desobediencia civil es una expresión más de la participación ciudadana. Un instrumento político cuya vigencia se hace más latente cuando las instituciones están cercadas por la corrupción o cuando quieren cercenar las voces de la inconformidad a como dé lugar. La desobediencia civil en estos tiempos de crisis no sólo es legítima, sino también necesario.

*Estudiante de Sociología. Facebook: Damian Rodríguez Vera. Twitter: @damian_rv.

Instagram: damianrodriguezvera