Nota: Editorial conjunto de La Cebra Que Habla y La Cola de Rata.

En Colombia hay suficiente evidencia para temer que de las palabras se pase fácilmente a los hechos.

Una amenaza de muerte es una situación atemorizante por el potencial que tiene de convertirse fácilmente en realidad. Este es un país donde hay sectores intolerantes en el que han caído muchos de sus ciudadanos: líderes sociales, jueces, activistas políticos, periodistas, sacerdotes y hasta futbolistas.

Entender las posiciones o situaciones que involucran al Otro distinto de nosotros muchas veces solo se concibe como la eliminación total de sus opiniones o acciones, lo cual conlleva a atentar contra la vida de los sujetos que han expresado y actuado de manera diferente a las convicciones de quienes finalmente terminan agrediéndolos.

En esta álgida contienda electoral, Colombia se juega su rumbo a través de la escogencia de visiones diferentes de nuestra identidad como nación.  Estamos presenciando un combate por el poder político, entre posturas antagónicas y radicalizadas de derecha e izquierda. Mientras tanto, el país que apenas ha despertado a la paz, pareciera oscilar entre uno y otro extremo, dubitativo e incrédulo.

Pero la paz, a pesar de las dudas, es un hecho por lo menos si se le toma como un principio de solución a la violencia que hemos padecido en las últimas décadas. Muchos quieren consolidar este camino que, aunque marcado por inequidad y tropiezos, consideran la vía para salir de nuestro atraso.  Otros, por el contrario, parecen clamar desde sus tribunas de uno y otro bando porque continúe la eterna pugna, se perpetúe la disputa y por mantener en el centro de las preocupaciones nacionales el constante odio hacia el Otro diferente: al líder social, al empresario capitalista, al de clase social popular o más alta, a las mujeres, a los homosexuales, a los que se movilizan en un medio de transporte distinto, a quienes profesan una fe diferente o no tienen ninguna.

El problema para nuestra sociedad es que quienes pretenden perpetuar el odio, el miedo y apuestan por mantener vivas las banderas de la guerra son más convencidos y actuantes, menos dubitativos, están más adoctrinados para seguir sin ningún tipo de cuestionamiento las consignas que, desde micrófonos y redes sociales, les lanzan sus líderes.

Particularmente en el mundo tecnológico en el que estamos viviendo, las redes sociales se han convertido en un campo de batalla, en el cual se vierte sin control toda la violencia que envenena a nuestra sociedad.  Estigmatizar, difamar, violentar, insultar, retar, amenazar, son algunas de las acciones cotidianas en esta nueva forma de “comunicación masiva” en la que quedamos instalados los humanos en el siglo XXI. Sin filtros para discernir entre opinión e información.

En medio de este panorama, turbulento y por momentos desesperanzador, se alzan las voces de intelectuales, líderes de opinión o periodistas y, sobre todo, de aquellos que apelan al humor como medio  para el cuestionamiento y el debate.

Entonces, la bala se cierne sobre el lápiz del caricaturista, en este caso Julio César González, “Matador”, para hacerle saber que hasta el humor está prohibido cuando la política se concibe como un dogma.

Las amenazas de muerte que ha recibido “Matador” son una muestra palpable de cómo los seguidores de una ideología consideran sagrados los postulados,convirtiéndose así en una secta, y de la forma cómo perciben a sus líderes. Para ellos, quienes los guían son mesías, investidos de la infalibilidad de quien posee verdades absolutas, las mismas que solo pueden ser reveladas a los fieles que los siguen sin permitirse ninguna reflexión crítica.

Muchos individuos actúan como si este fuese un país completamente tribal donde los derechos civiles están consignados solo en el papel, y el derecho a la vida es respetado solo en los estrechos límites de la tribu a la que cada uno pertenece.  Por fuera de ella, el Otro es considerado un enemigo, que puede y debe ser eliminado.

Nos quieren usurpar el derecho a pensar y sentir distinto. Ahora parecen querer arrebatarnos el derecho a la risa que es fruto de la inteligencia, como único alivio para una sociedad intoxicada por el odio.

Ante situaciones como esta, que atentan contra la libertad de opinión y la libertad de prensa, solo cabe decir un contundente no a los fanatismos y a la falta de tolerancia con quienes piensan distinto. De esta barbarie Colombia ha tenido suficiente y ya es hora de un contundente ¡Basta ya!